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DRAMATURGIA Y NARRATIVA DE LA MEMORIA
BLOG DE IVAN VERA-PINTO SOTO
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23 de Noviembre, 2015    General

DRAMATURGO POR CONVICCION

DRAMATURGO POR CONVICCION

Iván Vera-Pinto Soto

Magíster en Educación Superior

Dramaturgo

 

Desde la década de los 70 mi trabajo escénico ha estado centrado, preferentemente,  en las temáticas del teatro social y popular. En ese contexto, nació  “Coruña, la ira de los vientos” (2007); obra que, por un lado, me allanó el camino para plasmar en la literatura dramática mi manera de pensar, sentir  y ver la realidad del norte de Chile y, por otro lado, me permitió rendir un sincero tributo a aquellos trabajadores que ha comienzo del siglo pasado entregaron sus vidas por conseguir una sociedad más justa e igualitaria.

 

Esta primera creación surgió producto de una novela que llegó a mis manos: “Los Pampinos”, (1956) de Luis González Zenteno. Al leer su argumento me impactó la vida de sus protagonistas: Carlos y Timona. Dos obreros y luchadores sociales que se amaron intensamente en un clima tenso y funesto, como aquel que se vivió en plena crisis de la industria salitrera chilena. Un amor que incluso fue capaz de ampliar la relación de pareja por merecer la utopía de un mundo mejor.

 

A partir de este feliz encuentro con la literatura iquiqueña, comencé acercarme al Teatro de la Memoria; movimiento que rescata, pone valor y difunde aquellos episodios de la historia de nuestros pueblos, muchas veces olvidados o encubiertos por las letras oficiales. De esa manera, comencé, con mucha ansiedad, a redescubrir algunos personajes e hitos asociados a nuestra identidad regional y, también, otros temas hermanados con muchas imágenes que en algún momento cruzaron mi existencia e imaginario personal. Entonces, con una celeridad asombrosa, vinieron nuevas creaciones que nacieron de la reelaboración de experiencias transmitas por diferentes fuentes y fragmentos ajenos – mixtura de realidad y ficción – con el propósito de despertar, idealmente, tanto en el lector como en el espectador, una actitud crítica y reflexiva. Sin descanso ni letargo, logré parir otros entrañables hijos literarios: “Bolero de sangre” (2008), “El último cuplé del emperador” (2008), “La siniestra del señor De Lara” (2009), “La pasión del sastre” (2009), “Llegó con tres heridas” (2010), “Delirio” (2010), “El despertar” (2010), “Recuerdos atrapados en un ataúd” (2011), “Entre ánimas y fantasmas” (2011),  “La última batalla” (2011), “Antología de la Memoria (2012) y “Obras de la Memoria (seis obras inéditas -2012)

 

Debo reconocer que para escribir teatro, adopto la misma postura que Kant denominó “sujeto trascendental”. En otras palabras, ausculto la realidad, luego, construyo y estructuro las creaciones desde mi mundo subjetivo, unido siempre a la historicidad de una cultura determinada. Es decir, invento a partir de mi discurso interno, sin dejar de lado mi  realidad cultural. Por supuesto, que el inventar historias no es sólo para mí un ejercicio literario, sino también un instrumento para coadyuvar al cambio de la realidad objetiva. Al respecto, Mario Benedetti, en su obra “Pedro y el capitán” (1979), propone: “Recuperar la objetividad como una de las formas para recuperar la verdad”. No obstante, como el teatro no es ciencia, tengo que pensar que mi observación sobre la realidad se ve influenciada eventualmente por mis intereses y pasiones.

 

En ese escenario, mis obras están matizadas con acontecimientos históricos y políticos que a veces trastoco, intencionalmente, en tiempos y lugares para moldear dramáticamente un pasado no muy lejano que aún golpea nuestras vidas. Por lo demás, siempre me ha sugestionado contar o inventar historias. En lo posible historias que contengan personajes que planteen con espontaneidad y verdad, sus problemáticas existenciales y sociales; sus reivindicaciones e idearios democráticos, libertarios y humanistas que sustentaron descarnadamente, especialmente,  en épocas de crisis y brutal injusticia social.

 

Sin embargo, a medida que avanzo en esta expedición creativa, me fascina la idea de encontrar nuevas formas para develar la realidad, pues temo que ella no es tal como parece; muchas veces los soportes ideológicos y los sentidos nos suelen jugar una mala pasada. Por esta razón, apuesto elaborar una visión artística distinta a la realidad, incluso, a la misma historia. Una propuesta estética que trascienda la mera reproducción de la realidad para convertirse en ideal asilo de la imaginación.

 

Confieso que cuando escribo mi mente vuela a la infancia en mi precario barrio; inasible espacio donde nos reuníamos con los muchachos en ociosas jornadas a jugar o a inventar increíbles cuentos para despertar nuestra lúdica imaginación y, también, – sin pensar -  para cambiar ingenuamente  la levedad de nuestras pequeñas existencias. Probablemente, me sentiría gratificado como inventor si esa misma sensación provocara en  algún lector cuando se entrometa en los entretelones de estas ficciones verdaderas.

 

No hay duda, escribir teatro es una locura y una aventura, porque nunca no sé sabe qué pasará con el retoño que engendras; es – como lo dijo Jorge Díaz, en su Antología de la Perplejidad (2003) – “lanzar mensajes de náufrago en una botella a una pecera que es el escenario. ¿Llegarán a alguna parte? El mar aéreo de los teatros tiene muchas corrientes submarinas que alcanzan todos los puntos de la rosa de los vientos” (pp: 26) Íntimamente,  espero que algo bueno ocurra en las mentes y en los corazones de las personas, porque si no mi trabajo será como una travesía por el desierto, sediento y herido…

 

Tal como señalaba el célebre autor mexicano Usigli, quien tome la decisión de dedicarse al campo de la dramaturgia debe cumplir con tres requisitos básicos: “disposición, volición y vocación”. La disposición se expresa en la capacidad de sobrepasar a su propia generación. La volición, se entiende como la voluntad de querer ser dramaturgo, enfrentando con coraje todos los riesgos sociales que ello implica. Finalmente, la vocación, es la actitud que se manifiesta en la acción permanente de escribir y escribir teatro. El objetivo del dramaturgo es estudiar al hombre y su conducta. Este deseo de auscultar los conflictos humanos, en algunos casos, está vinculado a una carencia personal, quizás, en lo personal, algún trance remoto me ha colocado en estos años en la postura de observador del comportamiento en sociedad.

 

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publicado por goliath a las 13:18 · Sin comentarios  ·  Recomendar
 
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