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TEATRO DE LA MEMORIA
BLOG DE IVAN VERA-PINTO SOTO
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22 de Abril, 2011    General

OBRA TEATRAL "BOLERO DE SANGRE"



BOLERO DE SANGRE

 

(2008)

 

(Fue lo que pudo haber sido y no fue)

 

 

PERSONAJES:

 

 

ARTURO: 60 años

RUBELINDA: 58 años

CAROLINA: 25 años

HERIBERTO: 26 años

GUITARRISTA 1: No tiene edad

G UITARRISTA 2: No tiene edad

 

 

 

 

(La acción transcurre en un espacio indefinido. La atmósfera es fantasmagórica. Algunos muebles de lo que fue una cantina. Al empezar la obra   se escucha un saxo triste interpretando el bolero de Bobby Capó “Poquita Fe”; luego la melodía se fusiona con la voz  y el sonido de las guitarras, ejecutadas por dos hombres vestidos rigurosamente de negro y de expresiones dramáticas. En la penumbra se divisan las siluetas de  los  demás  personajes.  Al  terminar  el  tema  musical  los guitarristas se miran lúgubres, enseguida de sus bolsillos sacan grandes pañuelos y secan unas imaginarias lágrimas. Dejan sus guitarras en una mesa y levantan unas copas de vino, con ellas se dirigen al público y beben después de cada intervención).

 

 

ESCENA I: LLANTO DE COCODRILO.

 

 

GUITARRISTA 1: Esta noche estamos reunidos para conmemorar un año más de la desaparición de la cantina con más tradición en este puerto, me refiero a “Poquita Fe”.

 

GUITARRISTA 2: “Poquita Fe”, nombre que repiquetea a triste esperanza y manipulada caridad.

 

GUITARRISTA 1: Y aunque el tiempo pase y convierta en polvo los recuerdos, tengo la certeza  que desde los escombros volverá a surgir ese viejo rincón donde muchas veces borrachos salimos a perseguir la madrugada.

 

GUITARRISTA 2: Porque usted debe saber que quien pierde la fe ya no puede perder más.

 

GUITARRISTA 1: Estas viejas añoranzas que arden en melancolía, siguen su camino  con  la  perversa  intención  de  removernos algún  enrollado recuerdo y así hacernos llorar a “moco tendido”.

 

GUITARRISTA 2: Y no olvide que en la fe no hay espacio para la desesperación ni el llanto de cocodrilo.

 

GUITARRISTA 1: Por  esta  apasionada  aspiración  de  querer  ver  lo que no existe, mi corazón se reanima  y vuelvo esta noche a encontrarme con aquella cantina en donde el hígado no existía y el humo era libre.

 

GUITARRISTA 2: (Mira al otro) Compañero, parece que hay demasiada congoja en este vino y resaca de todo lo bebido.

 

GUITARRISTA 1: Tienes  razón,  las  copas  nos  hacen  resurgir  sepultadas historias escritas con sangre, con tinta sangre del corazón.

 

GUITARRISTA 2: Cualquier  palabra  más  que  digamos  es  igual  a  estar ausente.

 

GUITARRISTA 1: Es mejor disfrutar en silencio los brumosos sueños que cuelgan  de  la  pared  del  recuerdo.  Compañero,  en  esta hora de la ceniza es necesario buscar un pecho fraterno. ¿Bailamos?

 

GUITARRISTA 2: Sí,  bailemos.

 

(Bailan.  Se  vuelve  a  escuchar  en  saxo interpretando el bolero “Poquita Fe”. Se va extinguiendo la luz del cenital).

 

 

ESCENA II: ENGAÑOS Y DESENGAÑOS.

 

 

(Se da la luz. La atmósfera del bar es irreal. Carolina se encuentra junto a Arturo, quien mantiene la mirada vaga en el horizonte, sentado en una mesa).

 

CAROLINA: Don Arturito, usted como siempre tan puntual  para llegar a su cita.

 

ARTURO: Por supuesto, si tú me dices ven lo dejo todo. Si tú me dices ven será todo para ti.

 

CAROLINA: (Ríe) ¡Qué buena labia tiene!

 

ARTURO: Esta es la ruta que estaba marcada. Sigo insistiendo en tu amor que se perdió en la nada.

 

CAROLINA: Siga esperando no más.  Usted  sabe  que  aún  muerta sigo casada, así por lo menos dice mi madre. Aunque debo confesarle que en vida me hubiera gustado haber tenido un compañero romántico y florido para hablar. Lamentablemente estuve amarrada con un tipo bruto que nunca estuvo a mi lado.

 

ARTURO: No te quejes, por lo menos él tenía un sueldo seguro y ayudó a tu madre. En cambio para qué me sirvió a mí ese romanticismo añejo. Para nada. Carolina, recuerda que en esos tiempos todos vivían con  el alma fría. Lo único que les interesaba era el dinero. Tal vez ellos murieron antes que nosotros y ahora están en el infierno. Ellos no tenían corazón porque se les había terminado desde hace tiempo el deseo de amar.

 

CAROLINA: Don Arturo, esa ausencia de amor también la viví en carne propia.

 

ARTURO Probablemente también te diste cuenta que sin un amor la vida no se llamaba vida. Sin un amor el alma vive derrotada, desesperada en el dolor, sacrificada sin razón. Sin un amor no tenemos salvación.

 

CAROLINA: Siempre me acuerdo que usted mucho hablaba del amor. Pero después que su mujer lo dejó, nunca más lo vimos con otra pareja.

 

ARTURO: No me hables de aquello que me trae malos recuerdos. Ahora, en este rincón de muertos, menos necesito de la compañía de una mujer. Únicamente me basta mis dos fieles amigos: el vino y los boleros (Canta).

 

LA PUERTA

 

Luís Demetrio

 

La puerta se cerró detrás de ti

y nunca más volviste a aparecer.

Dejaste abandonada la ilusión

que había en mi corazón por ti…

 

(Rubelinda le hace una señal a Carolina  para que  le traiga algo de comer a Arturo. Carolina asiente).

 

CAROLINA: Don Arturito, arriba el ánimo, no se me ponga triste como antes. Le traigo de inmediato algo rico para que coma y calle (Sale).

 

ARTURO: (Soliloquio)  Pasaron  desde  aquel  ayer  ya  tantos años, dejaron en su gris correr mil desengaños (Al darse cuenta que no hay música, grita) ¡Qué pasa con “Los Inolvidables”!. ¿No van a seguir cantando?

 

RUBELINDA: Don Arturito ya no existe “Los Inolvidables”. Hace mucho tiempo que desaparecieron. Quién sabe dónde estarán.

 

ARTURO: Pero recién los escuché cantar “Poquita Fe”.

 

RUBELINDA: Es el eco que nace de estas paredes angustiadas. Son las voces de las almas pérdidas que nos acompañan en nuestra última morada. (Ambos se miran con resignación). Pero no se preocupe aún me queda algunos discos de boleros que no los devoró el incendio. ¿Qué quiere escuchar?

 

ARTURO: A  ver,  tiene  algún  disco  del  inmortal  José  Alfredo Jiménez.

 

RUBELINDA: Creo que sí.

 

(Busca en una maleta y saca un disco. Va y lo coloca en un tocadiscos antiguo. Se escucha el tema “Pa´ todo el año” José Alfredo Jiménez. Carolina  vuelve con un plato de comida y lo coloca en la mesa de Arturo).

 

CAROLINA: Don Arturito aquí tiene la especialidad de la casa para que picotee. Como siempre está como usted le gusta: frito con el aceite quemado de un año.

 

ARTURO: (Sonríe) Gracias. Total en el patio de los callados la comida chatarra ya no me puede hacer mal...

 

(Carolina se ríe y sale de escena. Rubelinda se acerca a la mesa de Arturo con un libro de contabilidad medio quemado)

 

RUBELINDA: Don Arturo, no le molesta que le haga compañía, aquí se está más cómoda.

 

ARTURO: (Toma un diario) Está en su casa, doña.

 

(Rubelinda le sirve vino a Arturo. Mira el libro de contabilidad. Silencio breve. Los diálogos de ambos personajes no estarán conectados en esta escena).

 

RUBELINDA: ¡Aquí está la madre del cordero!  ¡Está más claro que el vino tinto! Estas deudas fueron la causa que terminaron por volverme loca.

 

ARTURO: (Lee)  Sin  discursos,  pero  con  muchos  recuerdos fue despedido en la tarde de ayer  Arturo Martínez, popular cantante de boleros de la bohemia de este puerto.

 

RUBELINDA: En  esos  días  estaba  desesperada. Los  intereses  de  la financiera sepultaron mis últimas ilusiones.

 

ARTURO: (Lee) Ante familiares, escritores, pintores, músicos, amigos y antiguos parroquianos de la desaparecida cantina “Poquita Fe”, el diácono realizó un breve acto litúrgico que concluyó con las estrofas del canto yo les resucitaré en el día final.

 

RUBELINDA: La culpa de todo la tuviste tú viejo de mierda. Me dejaste empeñada  hasta  mis  sacros  huesos.  Al  final no  pude responder a los compromisos y “Poquita Fe” se fue a la mierda.

 

ARTURO: (Lee)  Fue  un  acto  simbólico,  porque  la  cremación se realizará después que la  autorice un juez.

 

RUBELINDA: Desgraciado, te hiciste famoso por mujeriego y viciosos jugador.  Puteaste  tanto  o  más  que  Daniel  Santos.  Y de pronto, en una noche traicionera, te dio el ataque al corazón. Y ahí quedaste más tieso que Tutankamón. Tu muerte fue de un solo tiro, como un disparo certero de un francotirador de Al Qaeda.

 

ARTURO: (Lee) Quienes  le  vieron  en  las  últimas  semanas lo consideraron   como   un   ser   solitario   y   tímido,   que últimamente presentaba fuertes síntomas de depresión e incluso rasgos de un trastorno más severo.

 

RUBELINDA: Fueron diez años de agonía y de huelga de hambre contra el mundo. Fue un tiempo de quijotadas y de sacrificios. De pactos y negociaciones con el demonio para evitar la catástrofe. Además, todas las noches no podía dormir, tenía pesadillas por las deudas y por haber permitido que mi hija perdiera la virginidad con ese “viejo verde”.

 

ARTURO: (Lee) Su decisión de quitarse la vida, ingiriendo una copa de veneno, fue recibida con asombro entre sus amistades. Algunos cercanos comentaron que en vida fue un cantante frustrado  y  un  hombre que  sufrió  un  duro  desengaño amoroso.  Esta  situación  se  agravó después  de  perder  a sus mejores amigos en el terrible siniestro ocurrido hace algunos meses atrás en la cantina “Poquita Fe”, recinto ubicado en el populoso barrio portuario.

 

RUBELINDA: Viejo, te quería como a nadie te ha querido. Te adoraba ciegamente como a Dios; te burlaste de mi amor y de mi vida, te reíste de mi llanto por tu amor. (Con rabia) Fui tu fiel compañera, prostituta y paño de lágrimas. Te di mi vida y  para qué: para sufrir sólo tormentos.

 

ARTURO: (Deja el diario y proyecta al vacío) Quiero que sepas mujer que es imposible seguir viviendo de esta manera; yo te agradezco con toda el alma tu noble empeño y te prometo sentirme fuerte cuando digas que no me amas, que es para otro tu corazón.

 

RUBELINDA: (Proyecta al vacío) Juro quitarme la vida para olvidarte, pero  prometo  resucitar  en  tres  días  más,  porque  hay amores que se vuelven resistentes a los azotes masoquistas y a las balas pérdidas.

 

(De la sombra aparece el Guitarrista 1, porta un cáliz).

 

GUITARRISTA 1: (Con unción apostólica) Hermanos: Soy el oficiante mayor de esta misa del olvido. Suministro el brebaje embriagador para expiar las culpas escondidas y corregir los cuerpos más torcidos de la vida. Perdono los pecados, sin imponer más penitencia que el recuerdo eterno de lo perdido. Tomad y bebed, esta es mi sangre sagrada.

 

(Invita a beber a ambos. El hombre  lo hace con devoción y ella con placer. Aparece el Guitarrista 2 y canta en tono sacro “La Copa Rota”, de José Feliciano).

 

RUBELINDA: (Bebe) Licor mío, sangre de mi Dios, asesina a todas mis soledades y desengaños.

 

ARTURO: (Bebe) Licor mío, llévame a morir entre siluetas que no puedan caminar derechas y que balbuceen idioteces.

 

GUITARRISTA 1: Hermanos: En  este  templo  donde  nacen  los  mitos  y los  héroes,  quiero  que  se  reconcilien  con  sus  antiguos fantasmas y pesadillas.

 

ARTURO: (Mira a la mujer) Mujer impía: Te pido que te estrelles en mi carne viva con la avidez suicida de un Kamikaze, para que te quedes hundida en mis osamentas pérdidas.

 

RUBELINDA: (Mira  al  hombre) Viejo cornudo: Quiero que  en este rincón infinito, en esta cantina donde mueren los valientes y también los otros, seas el antropófago de mi dolor. No olvides que el canibalismo es la forma más sublime del amor. Por eso ven, no esperes más. Muerde mi boca y mi lengua envenenada para acabar con mi sufrimiento.

 

(Ambos se besan con dolor).

 

GUITARRISTA 1: Ahora hermanos, vayan en paz, les absuelvo en nombre de Chivas Regal y el espíritu de Bacardi. Amén.  

 

(La luz se extingue).

 

 

ESCENA III: PIEL ARDIENTE.

 

 

(Se ilumina otra área. Heriberto se encuentra en ropa  interior. Carolina busca algunas ropas entre varias cajas).

 

HERIBERTO: ¿Es necesario que me quede así en pelota?

 

CAROLINA: Por supuesto, aquí hay tanta ropa que tienes que probarte todo. Recuerda que los mozos siempre deben lucir limpios y ordenados.

 

HERIBERTO: Bueno, si tú lo dices, así será.

 

(La muchacha le pasa un pantalón al joven)

 

CAROLINA: A  ver  pruébate  cómo  te  queda este pantalón.

 

(El se coloca el pantalón y ella le cierra la cremallera).

 

CAROLINA: Se te ve bien el “paquete”.

 

HERIBERTO: Te gusta aprovecharte de la ocasión.

 

CAROLINA: ¿Por qué lo dices?

 

(La joven busca entre las cajas otra prenda de vestir).

 

HERIBERTO: Es que no te da vergüenza mirar y tocarme.

 

CAROLINA: Y qué nuevo voy descubrir de lo que ya conozco.

 

HERIBERTO: ¿Y cómo sabes?

 

(El muchacho le roza con su mano el trasero a la joven).

 

CAROLINA: (Enojada)  ¡Mierda!  Cometiste  un  grave  error. ¡Toma!

 

(Le aprieta con la mano los genitales al joven).

 

HERIBERTO: (Grita) ¡Aaaaay! ¡Chucha me cagaste el cabeza de ajo!

 

(El muchacho cae sobre las cajas).

 

CAROLINA: El trabajo que te dimos no incluye toqueteo. Este no es un café con piernas. Sólo yo puedo tocar. (Como ve que no se levanta por el dolor se acerca preocupada). ¡Levántate! Además  de caliente  eres  más  gritón  que  corneta  de cumpleaños… (El  muchacho se  sigue  quejando  de  dolor) ¡Cresta, parece que la embarré! Disculpa… ¿Te apreté muy fuerte?

 

(Le ayuda a levantarse, pero él la toma de los brazos y la lanza sobre sí mismo. Se inicia una lucha lúdica. El la besa y la acaricia. Ella al principio lo rechaza y luego cede).

 

CAROLINA: (Irónica) ¡Qué exquisito tu aliento! Hueles a muerto de siete días.

 

HERIBERTO: Tal vez más. Parece que me estoy descomponiendo por dentro.

 

CAROLINA: Sin abrir la boca, bésame, con un beso enamorado, como nadie me ha besado. Pero no la abras, por favor…

 

(Se besan en los labios. Ella le pasa la lengua por todo el rostro. El se excita. De pronto ella lo muerde en el cuello y escapa. El la sigue. Carreras por el salón. Ríen y juegan. Aparece Rubelinda).

 

RUBELINDA: ¡Carolina! ¡Carolina!

 

CAROLINA: ¡Qué  pasa! 

 

(Heriberto  queda  estático.  En este pasaje el joven es invisible para Rubelinda).

 

RUBELINDA: ¿Dónde te metiste? Te estaba llamando desde hace rato.

 

CAROLINA: No  pasa  nada.  Usted  sabe  que  aquí  en  estas sombras es muy fácil perderse. Bueno, la verdad…Estaba buscando un vestuario para Heriberto.

 

RUBELINDA: (Irónica) Así  que  estabas  buscando  un  vestuario para Heriberto. Pero si él ya no existe. Sácalo de tu tonta cabeza. Deja en el nicho esos extraños juegos eróticos del pasado. Además,  estemos  donde estemos,  no  olvides  que  estás comprometida más allá de la muerte con el hombre que una vez nos salvó la vida. Incluso en estas circunstancias debes comportarte como una digna señora, casada por la santísima iglesia católica. Pero, no sé lo que tienes en la  “mollera”,  nunca  entiendes  mis  consejos. Tu viciosa promiscuidad te persigue por todos lados, eso seguro lo heredaste de los genes paternos.

 

CAROLINA: No me venga a comparar con el sinvergüenza de mi padre que me  dejó  botada  en  mis  primeras  menstruaciones y  mucho  antes  que  tuviera  mis  mejores experiencias sado masoquistas.

 

RUBELINDA: De tu padre no  voy  hablar  ni  una  sola  palabra. Bien chamuscado está en el infierno. Pero yo no me sacrifiqué para  criar  a  una  puta  de  mala  muerte.  Así  que  mucho cuidado con las palabras que escupas al aire, porque todo lo que digas puede ser usado en tu contra. Ahora ponte de inmediato cubos de hielo en tu sapo encantado y no te  muevas  de  mis  faldas.  (Grita, sin  ver  a  Heriberto). ¡Heriberto! aborto de monasterio de abadesas, escúchame: Antes de seguir molestando a Carolina, dedícate mejor a limpiar los baños del mundo, deben  relucir insípidos como un trasero Mormón.

 

(Rubelinda sale de escena. Carolina sigue a su madre. Antes de salir le pasa la mano por los genitales de Heriberto que sigue estático).

 

CAROLINA: ¿Cómo está la cabecita de ajo?

 

(Ríe a carcajadas. Se va la luz).

ESCENA IV: AUNQUE ME DUELA EL ALMA.

 

 

(Rubelinda, bebe amargada una copa de vino. Ingresan los guitarristas y se sientan a su lado).

 

GUITARRISTA 1: ¿Qué le ocurre mamita?  ¿Por  qué  tiene  esa  cara  de funeral?

 

GUITARRISTA 2: ¿Está amansando recuerdos con alcohol?

 

GUITARRISTA 1: ¿Es el jote negro efervescente de carroñera que se le fue a la cabeza?

 

GUITARRISTA2: ¿Está haciendo un hoyo negro de su propia realidad?

 

GUITARRISTA1: ¿Está paladeando el vómito del último trago?

 

GUITARRISTA2: ¿Está en trance con los viejos fantasmas de amor que la persiguen?

 

RUBELINDA: ¡Están hablando puras güevadas! Ustedes no saben lo que representa para mí este boliche. Es toda una vida de trabajos y sacrificios. Si lo hubieran visto cómo era en sus mejores épocas. Aquí venían los “pijes”, hombres de billete largo. Era la cantina  más respetada de este puerto. Aún recuerdo  que   los  clientes  me  llamaban cariñosamente “mamá Rube”. Eran otros tiempos, otros tiempos...

 

GUITARRISTA 1: Tiempos para contener el aliento.

 

GUITARRISTA 2: Tiempos para beber y engañar nuestros pobres destinos.

 

GUITARRISTA 1: Tiempos  para  soñar  con  la  tristeza  amarga  del primer trago.

 

GUITARRISTA 2: Tiempos para curar heridas de amores imposibles.

 

GUITARRISTA1: Tiempos de copas vacías con huellas imborrables del ayer.

 

GUITARRISTA 2: Tiempos que ya no existen.

 

GUITARRISTAS 1: Tiempos malos, tiempos buenos. Otros tiempos.

 

(Suena un metalófono, emulando a un programa radial. El Guitarrista 1 adopta la postura de un locutor conduciendo un concurso).

 

GUITARRISTA1: Doña Rubelinda me escucha.

 

RUBELINDA: Sí, lo escucho.

 

GUITARRISTA 1: Primera pregunta de nuestro concurso: Dígame quién es el autor de esta canción…

 

GUITARRISTA 2: (Canta) Reloj no marques la hora, porque mi vida se acaba…

 

RUBELINDA: ¡Roberto Cantoral!

 

GUITARRISTA 1: ¡Muy  bien! Nuestro  programa “Seducción  Latina”, le entregará como premio diez discos compactos que reúne 200 canciones que no tuvieron éxito en los 100 años de historia del bolero.

 

RUBELINDA: Gracias, me servirán para ambientar la cantina en el día de los muertos.

 

GUITARRISTA 1: Y aquí va la segunda pregunta: ¿Cuál es el título de esta canción?

 

GUITARRISTA 2: (Canta) Mujer si puedes tú con Dios hablar, pregúntale si…

 

RUBELINDA: ¡Perfidia!

 

GUITARRISTA 1: ¡Sensacional! Se ganó una exclusiva colección del Reader’s Digest,  con  la  agónica  voz  de  Javier  Solís,  grabada precisamente en sus últimos días en la Clínica Santelena.

 

RUBELINDA: Gracias,  la  pondré  cuando me acuerde de mi marido.

 

GUITARRISTA 1: Y vamos a la última pregunta. Si responde correctamente se ganará un servicio mortuorio integral, incluido un responso con boleros remasterizados por Luis Miguel.

 

RUBELINDA: ¡Eso si que no! Juro por la estaca del conde Drácula que no podría escuchar  su  pedante  voz,  pronunciada  por  sus  dientes separados.

 

GUITARRISTA 1: Es extraño que no quiera ganar a este tótem mediático. Déjeme decirle que el paquete incluye sus yates, aviones, viajes, novias e hijo legítimo.

 

RUBELINDA: No insista, soy escrupulosa. Le confieso que su canto me provoca una náusea de nueve meses y un parto sietemesino. ¿Podría cambiarme el premio?

 

GUITARRISTA 1: ¿Y qué prefiere?

 

RUBELINDA: Deseo los bigotitos recortados de Pedro Infante.

 

GUITARRISTA 1: Entiendo, usted se identifica con el símbolo de la rectitud y el trabajo del mexicano pobre pero honrado. Está bien, como nos ha caído simpática le pagaremos, incluso sus deudas con el Fondo Monetario Internacional, si contesta acertadamente.

 

RUBELINDA: Estoy preparada  para la prueba  final. Le aseguro que puedo, incluso, responder estoicamente el interrogatorio más aberrante de Villa Grimaldi.

 

GUITARRISTA 1: Mucha atención. Por favor, cante, sin titubeo ni pausas, la canción cuyo autor nos cuenta la vida de un joven enfermo de tuberculosis, quien comprendió que el amor por una joven era imposible y tenía que actuar inmediatamente ante lo sano y hermoso de ese mismo amor...

 

RUBELINDA: (Canta)

NOSOTROS

 

Trío Los Panchos

 

Atiéndeme, quiero decirte algo,

que quizás no esperes, doloroso tal vez...

Escúchame que aunque me duela el alma,

yo necesito hablarte y así lo haré…

 

(Suena el metalófono y se corta abruptamente el canto).

 

GUITARRISTA 1: Fue tal su desesperación por darle un poco de dignidad a su vida y a su hija que intentó todo para salir adelante.

 

RUBELINDA: Rezaba todas las noches. Me encomendaba a todos los santos.

 

GUITARRISTA 1: Daba pensión, lavaba ropa ajena, vendía dulces y helados; incluso, hasta aceptó más de alguna ayuda interesada de hombres de paso.

 

RUBELINDA: Y  aunque  parezca  esto  un  guión  de  rancia  película mexicana, puedo asegurar que la vida para una mujer sola y que tiene únicamente sus manos para trabajar, es más dura que todo lo que la ficción pueda inventar.

 

GUITARRISTA 1:   Aún   me   parece   estar   viendo   la   imagen  de mamá Rubelinda, soñando con un imaginario amor que nunca llegó a tener.

 

(Se escucha de una radio antigua la voz de los Panchos, interpretando el tema “No Me Quieras Tanto”, de Rafael Hernández. De la sombra aparece el Guitarrista 2, superponiendo su voz al del disco y baila con la mujer. De pronto la canción es interrumpida por sonidos de ambulancia, policía y bomberos).

 

GUITARRISTA 1: (Voz de locutor). Extra, extra, extra. Interrumpimos nuestra transmisión  para  darle  a  conocer  que  en  el  populoso barrio “El  Triángulo  de  las  Bermudas”,  se  produce  en estos instantes un gigantesco incendio. Llamado de comandancia para todas las compañías de bomberos de la ciudad…

 

(Rubelinda grita de dolor y su cuerpo se contrae en el suelo como un ovillo. La música queda pegada como un disco rayado. La luz se extingue).

 

 

ESCENA V: TORTURAS DE AMOR.

 

 

(Carolina está sentada en el suelo de la bodega, fumando droga. La luz es tenue. Entra Heriberto, enciende la luz y la sorprende. Ella esconde la droga).

 

HERIBERTO: ¿Qué estás haciendo?

 

CAROLINA: (Turbada) Qué te importa.

 

HERIBERTO: (Se  burla)  Qué  te  importa. ¿Quieres  que  te  traiga tu ataúd?

 

CAROLINA: No pasa nada.

 

HERIBERTO: Podemos conversar...

 

CAROLINA: (A la defensiva) ¿Para qué?

 

HERIBERTO: Tal vez de algo sirva.

 

CAROLINA: No  me  vengas  con  sermones  dominicales, ni  hostias vaginales, que ya me las he comido todas (Se levanta para irse). ¡Chau!.

 

HERIBERTO: (La toma del brazo) Ven, hablemos.

 

CAROLINA: (Provocativa) ¿De qué quiere hablar el lindo?... ¿Quiere que le apriete otra vez el “cabecita de ajo”?

 

HERIBERTO: ¿Por qué eres así?

 

CAROLINA: Porque me gusta y punto.

 

(Otra vez intenta salir. Heriberto la vuelve a tomar fuerte de los hombros. Forcejean. Ahora ella lo abraza y besa).

 

HERIBERTO: Deja esa porquería, es por tu bien.

 

CAROLINA: (Agresiva) Si es por mi bien, entonces tendré que dejarlo todo: la pasta base, el alcohol, el boliche, a la vieja, a mi marido, al “consolador”, el chat, a Dios…

 

(El muchacho le tapa con su mano la boca suavemente a Carolina).

 

HERIBERTO: Te acuerdas que así nos conocimos.

 

CAROLINA: (Ríe) Sí. Y a los pocos días hacíamos el amor a toda hora y sin condones. Teníamos relaciones en cualquier lugar y ocasión.

 

HERIBERTO: Sí, me acuerdo. Fue muy cómico hacerlo en aquella mesa donde alguna vez se había sentado un presidente.

 

CAROLINA: Más  gracioso  fue  cuando  hicimos  el  amor  en  la vieja bañera. Tú te metiste primero y quedaste con las rodillas en las orejas y el periscopio intentando asomarse. Y yo, en cambio, quedé con el culo encima del tapón y con la llave del agua en la nuca. Y entonces empezamos a movernos desenfrenadamente. Y empezó la marejada (Hace sonido guturales imitando al mar agitado). Aquello parecía tormenta perfecta.

 

HERIBERTO: Y te  acuerdas  de  esa  noche  que  estábamos atendiendo clientes.   De repente nos miramos y nos pusimos calentones.

 

CAROLINA: Y terminamos haciendo el amor en el baño.

 

HERIBERTO: (Ríe) Me acuerdo que tu pantalón no te bajaba, entonces te quitaste los zapatos para quedarte desnuda total.

 

CAROLINA: Todo fue muy rápido, pero excitante. Con la emoción perdí de vista los zapatos. Después encontré uno, pero el otro no lo encontraba por ninguna parte.

 

HERIBERTO: Y  tú  no  querías  salir  así  del  baño. Después  de  mucho buscar encontramos tu zapato.

 

CAROLINA: En el fondo del wáter (Ríen). Éramos unos locos. Nos deseamos infinitamente.

 

HERIBERTO: Fue un amor de carne viva y ardiente.

 

CAROLINA: Gracias a tu insaciable “cabeza de ajo” dejé la droga.

 

HERIBERTO: (Ríe) Gracias a tu “conejita calentona” me  bañé  una  vez por semana.

 

CAROLINA: (Ríe) Teníamos el mismo sentido de humor.

 

HERIBERTO: (Ríe) Sí, estúpido e infantil.

 

CAROLINA: (Pensativa) Cuántas anécdotas pasamos.

 

HERIBERTO: ¿Por qué te quedaste pensativa? ¿De qué te acordaste?

 

CAROLINA: Es que me vino a la mente la acostumbrada imagen tuya: fría y distante. No sé por qué después de hacer el amor te ibas mentalmente de mi lado.

 

HERIBERTO: Tenía temor que tu madre nos descubriera.

 

CAROLINA: ¿Era eso verdaderamente?

 

HERIBERTO: Con sinceridad, no lo sé. Pero, te juro que no tenía nada que ver con tu cuerpo, ni tu piel, ni tus pechos, ni los rollitos de tu vientre y menos con el olor penetrante de tu sexo. Lo que pasaba era que mi mente estaba en otra parte, en un eterno viaje. Me sentía un joven enamorado de la vida y deseaba volar como un pájaro por todo el mundo.

 

CAROLINA: Por eso te dejé ir. Aunque te quería como la arena quiere a su playa, no podía cortarte las alas. Además, no te olvides que yo estaba casada con un hombre invisible.

 

HERIBERTO: Nunca  olvidé  tus  poéticas  palabras  en  la  despedida: Arráncame la piel de tu piel a besos.

 

CAROLINA: (Sonríe) Eso lo aprendí de un bolero. Lo que no supiste es que después de tu partida cayó la desgracia en “Poquita Fe”.

 

HERIBERTO: Al tiempo lo  supe.  Acuérdate  que del  incendio fui testigo directo.

 

CAROLINA: Después vinieron los días negros.

 

(Se produce un cambio brusco de luz y de intención. Arturo irrumpe violentamente y arrastra a Carolina de los cabellos. La mujer no emite ninguna voz de dolor. Heriberto, se convierte en otro torturador. Trae un bidón grande de agua y le hunde la cabeza a Carolina en el líquido).

 

ARTURO: Quiero  que  desaparezcas  de  inmediato  de  mi  mente. Que te vayas de mi lecho y de mis sueños. Que no cantes nunca más en tu ventana ni te me presentes desnuda en las  noches  de  sábanas  húmedas.  ¡Perra  callejera!  Aún

recuerdo  tu  voz  angelical  que  me  decía  que  se  podía estar enamorado de varias personas a la vez, y de todas con la misma pasión, sin traicionar a ninguna, porque el corazón tiene más cuartos que un prostíbulo. Y yo te creía. Por tu culpa me convertí en un vagabundo de la noche que  te  buscaba  desesperadamente  entre  putas, chulos, alcohólicos, dementes y nómadas desamparados. Y terminé convertido en un monstruo crucificado de cabeza por mis mejores amigos. Por eso vuelvo noche tras noche para asfixiarte, para que nadie vuelva a suspirar por ti, para que nadie quiera mirar tu cuerpo de hembra ninfómana (Grita). ¡Para que nunca más la historia vuelva repetirse!

 

(Arturo cae llorando al suelo. Transición. Heriberto levanta Arturo, lo sienta en una silla y le amarra las manos en el respaldo del mueble. Ahora, Carolina, se transforma en torturadora y Heriberto en su ayudante. La mujer se acerca a Arturo con un instrumento eléctrico).

 

CAROLINA: (Provocativa) Mi precioso amor, quiero que comprendas que todo lo que te haré es un acto patriótico y Dios sabe que es para bien del país.

 

ARTURO: (La  mira  desfalleciente) Comprendo,  pero  quiero que sepas que tú eres la culpable de todas mis angustias y todos mis quebrantos; llenaste mi vida de dulces inquietudes y amargos desencantos.

 

(Carolina, le acaricia el cuerpo a Arturo con el instrumento eléctrico).

 

CAROLINA: Mi tesoro, estarás aquí durante dos años y medio en cautiverio. A lo mejor nunca seas acusado de ningún delito. Pero igual serás torturado, humillado y violado. Finalmente, te expulsaremos del país y te quitaremos la ciudadanía.

 

ARTURO: Aunque  me  envíen a Guantánamo,  estoy  dispuesto  a quererte hasta enloquecer, de rogar por ti, de llorar por ti, sin poder dormir, sin poder comer…

 

CAROLINA: Termina con esa cursilería plagiada y dímelo todo, antes que  llegue  el  guatón  y te  trate  sin  piedad.  ¿Cuál  es  tu nombre?

 

ARTURO: Arturo Martínez.

 

CAROLINA: ¿Edad?

 

ARTURO: 60 años.

 

CAROLINA: Estado Civil.

 

ARTURO: Cornudo.

 

CAROLINA: ¿Profesión?

 

ARTURO: Cantante de boleros.

 

CAROLINA: ¿Especialidad gastronómica?

 

ARTURO: Pastel de venas cortadas, con cebollas finamente picadas.

 

CAROLINA: ¿Sabes cuál es el olor del bolero?

 

ARTURO: No, no sé…

 

CAROLINA: Este es el olor del bolero (Hunde la cabeza de Arturo en sus senos)…Rico ¿no? Ahora cuéntame todo.

 

ARTURO: No puedo. Por única vez no daré ningún nombre, ninguna dirección, ningún número de teléfono. Tú no existes. No eres real. Eres sólo mi alucinación.

 

CAROLINA: Así que no soy real… Me vas a obligar a provocarte desgarros musculares, castraciones, pinchazos, ahogamientos, quemaduras, violaciones,  privación  de  sueños,  cortes  y descargas eléctricas.

 

(Le da una señal a Heriberto para que traiga otro instrumento de tortura. El joven trae una soga para colgarlo. Carolina se la coloca en la cabeza de Arturo. Se produce un corte de luz).

 

CAROLINA: ¡Mierda! ¿Qué pasa con la luz?

 

HERIBERTO: Parece que fue un corte en todo el sector.

 

CAROLINA: ¡Maldición!  Justo  cuando  iba  llegar  al  orgasmo  más deseado.

 

ARTURO: Mi vida, disculpa, parece que en el bolsillo izquierdo de la chaqueta conservo la linterna chica que me regalaste para mi cumpleaños. 

 

(Carolina  revisa  la  chaqueta,  saca  una linterna y alumbra el rostro de Arturo).

 

CAROLINA: Gracias amor, se nota que me amas, aún conservas mi más preciado obsequio.

 

ARTURO: Además esta luz es mucho más intima.

 

CAROLINA: Bueno, acabemos de una vez por toda con este folletín latinoamericano. Y ahora te exijo que hables sin parar, sin respetar ninguna coma, ningún punto y ninguna luz roja. ¡Vamos!... ¡Apúrate mierda! Mira que las pilas de la linterna no son de alcalina.

 

ARTURO: (Habla vertiginosamente) Nunca tuve un trabajo seguro. Viví haciendo “castillos en el aire”. La única vez que tuve la oportunidad de  grabar un disco los productores se rieron de mí. Me dijeron que tenía la voz gastada, que los temas estaban pasados de moda, que no tenía buena imagen y que mejor me fuera a cantar a los microbuses. Qué idiota, pretendía ser igual que Pedro Infante, un hijo del pueblo convertido en estrella. Y mira cómo terminé, en una cantina de mala muerte, esperando a un Godot que nunca llegó. Sufriendo una larga agonía propia de los peores dictadores.

 

CAROLINA: (Susurra al oído de Arturo) Eres un buen niño. Los has dicho todo y sin remordimientos. Ahora puedes bailar, por primera y última vez, desnudo en este desierto solitario, luego tu historia será sepultada en las tumbas clandestinas de Pisagua.

 

(Surgen los guitarristas y cantan melosamente “Voy  a  apagar  la  luz”,  de  Armando  Manzanero. Arturo comienza a sacarse su ropa y queda en calzoncillos. Baila con su sombra reflejada en una pared. A la mitad del tema se  escucha  sólo  las  guitarras  mientras  dicen  sus  textos  los guitarristas).

 

GUITARRISTA 1: Arturo, no habrá multitud, ni guardias de honor en tu funeral.

 

GUITARRISTA 2: Y nadie te recordará año a año con una misa pomposa.

 

GUITARRISTA 1: No tendrás un monumento al pie de tu tumba.

 

GUITARRISTA 2: Jamás Warner Music organizará un homenaje internacional para recordarte.

 

GUITARRISTA 1: Ni siquiera te llevarán flores al cementerio.

 

GUITARRISTA 2: Y lo peor de todo: tu nombre jamás figurará en Google.

 

ARTURO: Adiós mundo cruel, adiós. ¡Qué vida más oscura! Nunca tuve la suerte de poder inventarme un personaje y que éste quedara en la memoria histórica de toda una generación.

 

(Para la música en seco. Los guitarristas sacan unas pistolas con silenciador y le disparan a quemarropa. Cae Arturo).

 

GUITARRISTA 1: Por lo menos has muerto con la imagen de un desdichado e indefenso cantor de cantina, mezcla rara de dandy y frágil poeta.

 

GUITARRISTA 2: ¿Crees tú que murió por una causa buena?

 

GUITARRISTA 1: No sé. Eso lo sabrá solamente él, y hasta es posible que ni él lo sepa.

 

GUITARRISTA 2: Trágicamente murió anoche en el Tibiritabara, cuando tenía para largo rato de vida. Lo mató un chulo celoso.

 

GUITARRISTA 1:   No. Murió envenenado por una prostituta.

 

GUITARRISTA 2: No. Lo mató un sicario en Colombia.

 

ARTURO: (Se levanta) ¡Mienten, mienten y mienten! El hijo de puta no ha muerto todavía. Volvió para cantar, como prometió Mac Arthur.

 

(Vuelven a dispararle y cae definitivamente).

 

GUITARRISTA 1: ¡Idiota!  Ese  desgraciado  de  Mac  Arthur  nunca  fue bolerista.

 

(La luz se extingue).

 

 

ESCENA VI: LOS BORRACHOS NUNCA MIENTEN.

 

 

(Se ilumina un área en donde está el guitarrista 1. Habla con voz aterciopelada de locutor radial. Un bolero se escucha de fondo).

 

GUITARRISTA 1: Es la medianoche. La hora del romanticismo. La hora del bolero. Voy a apagar la luz para pensar en ti y así dejar volar mi imaginación. Con estas letras de bolero comenzamos nuestro  programa radial  “De  corazón  a  corazón”.  Esta es la cuna de desengaños, amparos para amores eternos, eco  de  lamentos  y  recuerdos,  lúcida  radiografía  de nuestros  vaporosos  sentimientos,  de  nuestros  fracasos y  arrepentimientos. 

 

(Se  ilumina  una  mesa  donde  están Arturo y Rubelinda, ambos borrachos).

 

ARTURO: Vamos,  cuéntame  en  confianza  tus  pecados. ¿Somos amigos, no? Además, estamos solos. No hay nadie.

 

RUBELINDA: Es que las paredes hablan.

 

ARTURO: Aquí no hay paredes. No hay nada. Esta cantina sólo existe en nuestra imaginación. Yo no existo, tú no existes, él no existe, nosotros no existimos. Estamos solos con nuestras conciencias.

 

RUBELINDA: Es que no sé por dónde empezar.

 

ARTURO: Por el comienzo siempre, viejita.

 

RUBELINDA: Me cuesta un poco.

 

ARTURO: Todo  en  la  vida  siempre  cuesta  al  principio. A ver,  te ayudo. Por qué no comienza por tu primera regla, por tus primeros “polvos”, por los cigarrillos que fumabas en el baño a escondida, por las revistas pornográficas que circulaban en tu escuela, por tus amores platónicos con los profesores, por tu primera prueba de amor...

 

RUBELINDA: ¡Santo  Dios!,  de eso  hace  mucho  tiempo. Ya  ni me acuerdo. Eso es parte de la prehistoria.

 

ARTURO: Entiendo tu pudor. Sé que a tu edad es difícil confesar toda la verdad. Anímate, estamos solos. Ningún “opinólogo” se enterará de lo que digas.  Tu vida no aparecerá en esos matinales televisivos enredosos.

 

RUBELINDA: Está bien…De niña trabajé en la calle para ayudar a la casa...

 

ARTURO: ¡Qué bien!

 

RUBELINDA: Aunque nací pobre no era viciosa...

 

ARTURO: ¡Bendita seas entre todas mujeres!

 

RUBELINDA: Pero a los quince años dejé de ser virgen. Y ahí vino el aborto, los golpes y el  encierro (Se queda en silencio).

 

ARTURO: Vamos mujer, sírvete más vino para que te llenes de coraje (No se ha dado cuenta que la botella está con corcho) ¡Por la cresta! Se acabó el vino…

 

RUBELINDA: ¡No, pues! ¡Sáquele el corcho a la botella!

 

ARTURO: ¡Cresta!  ¡Corcho  maricón!  Rube, no  creas que estoy borracho, no. Por favor, sigue contándome de tu vida que me excita más que la línea caliente o los sitios Web de sexo fuerte.

 

RUBELINDA: Me acuerdo cuando entré a refregar pisos en “Poquita Fe”, todos los días veía al hombre del terno blanco y zapatos de charol.

 

ARTURO: Ese tenía la pinta de cafiche.

 

RUBELINDA: Cuando lo vi por primera vez me derretí completa. Usted sabe la carne es débil. A los pocos meses me convertí en su amante.

 

ARTURO: Parece  que  aquí  viene  la  mejor  parte  de  este dramón “chanta”.

 

RUBELINDA: Pero claro, como soy una mujer de principios, pensé si he de entregar mi cuerpo y mi alma que sea  a alguien que Dios me dé hasta  la victoria final.

 

ARTURO: ¿Lo querías?

 

RUBELINDA: Sí, lo quería. Fui siempre su  fiel esposa. Llevé sus golpes y machucones  con mucha dignidad...

 

ARTURO: ¡Qué imbécil!

 

RUBELINDA: Y una noche, con su hediondez a ron y perfume de puta, se fue para el infierno.  Y ahí quedé más sola que Penélope.

 

ARTURO: Pero tenías a Carolina, tu hija.

 

RUBELINDA: Carolina, fue la cruz que me dejó el viejo. Al principio empezó a faltar al colegio y después a tener sus encerronas con la droga en la bodega. Me acuerdo que tenía que echar desodorante y prender inciensos para que no oliera  el negocio a esa porquería.

 

ARTURO: Así que andaba en malos pasos.

 

RUBELINDA: Ahí  mismo me  dije: Rubelinda, tienes que salvar a tu hija. Entonces  no le  di  más  vuelta  al  tema y  la  casé  con  el minero. No me interesó si estaba enamorada o no. Total el viejo andaba caliente con ella y en la cama todo se arregla.

 

ARTURO: Pero, tú sabes que sin amor el alma muere derrotada, desesperada en el dolor,  sacrificada sin razón.

 

RUBELINDA: Entiéndame, tenía que salvar a la muchacha y al negocio. No tenía otra solución. Alguien debía asumir las deudas que me dejó el viejo.

 

ARTURO: ¿No te dio vergüenza lo que hiciste con tu hija?

 

RUBELINDA: Ahora recién me doy cuenta de la tremenda maldad que le hice. El minero después que se cansó de comerse la fruta se convirtió en el hombre invisible. Nadie supo dónde se fue.

 

ARTURO: (Irónico) Yo creo que el minero era mago. Se echó sus “polvos” con la muchacha  y desapareció.

 

RUBELINDA: (Solloza) Ese es mi peor pecado. El viejo me pagó un montón de billetes y luego si te he visto no me acuerdo.

 

ARTURO: Nunca es tarde para pedir perdón.

 

RUBELINDA: No, eso no. Cómo yo le voy a pedir perdón a Carolina.

 

ARTURO: ¿Por qué no? Acaso los padres no pueden pedir perdón a sus hijos por alguna falta cometida.

 

RUBELINDA: Debí haberle hecho caso a mi horóscopo.

 

ARTURO: Nada de orgullo tonto ni filosofía barata. Vas a ir donde Carolina y le vas a decir: hija perdón, la cagué…

 

RUBELINDA: Ya no hay remedio. Ya todo acabó. No se puede volver el tiempo atrás.

 

ARTURO: (Se acerca a la mujer y le da una bofetada en la mejilla) ¡Cobarde!

 

RUBELINDA: (Devuelve otra bofetada) ¡Cornudo!

 

(Arturo va a devolver la bofetada, pero la mujer le toma la mano firmemente. Se miran y se abrazan con fuerza. Ella llora).

 

RUBELINDA: ¡La cagué!

 

ARTURO: ¡La cagaste!

 

GUITARRISTA 1: (Con  voz  de  locutor) Amigas y amigos, el bolero es sentimiento,  frustraciones, sueños no realizados, amores imposibles, engaños; en fin, vivencias y bilis de la vida. Esta fue una edición de su programa  profundamente sentimental “De a corazón a corazón”…

 

(Se extingue la luz).

 

 

ESCENA VII: EL ULTIMO SUICIDIO.

 

 

(Heriberto y Carolina están en la intimidad en una ambiente irreal. Los guitarristas interpretan solamente en guitarra un bolero).

 

HERIBERTO: Tenemos que despedirnos y espero que sea a perpetuidad.

 

CAROLINA: Sí,  así  es  más  seguro.  Pero  ahora  no  quiero flores, ni mocos, ni lágrimas y menos palabras poéticas que se las lleva el viento. Sólo quiero tu última esperma anidada en mis entrañas.

 

HERIBERTO: Mi esperma y mi sudor estoy dispuesto a dejártelos porque para   mí,  sinceramente,  son   secreciones   incomodas. También te puedes quedar con el rosario de mi madre y todo lo demás.

 

CAROLINA: ¿Y adónde te voy a encontrar?

 

HERIBERTO: Tal vez en las noches, detrás de cualquier barra de un bar.

 

(Va a besarla, pero ella lo detiene con un suave gesto y le da una bolsita de caramelos).

 

CAROLINA: Toma, para que no me olvides y siempre tengas un buen aliento.

 

HERIBERTO: Gracias, guardaré tus caramelos junto a mis dientes de leche,  bajo la almohada.

 

CAROLINA: Recuerda que si tienes un hondo penar, piensa en mí.

 

HERIBERTO: Y tú si tienes ganas de excomulgar, piensa en mí.

 

CAROLINA: Piensa en mí, cuando beses a tu mascota.

 

HERIBERTO: Cuando llores por la muela del juicio, también piensa en mí…

 

CAROLINA: Mi amor, yo sé que volverás cuando amanezca y escuche el despertar de los buitres.

 

HERIBERTO: Volveré cuando te vengan tus dolores de colón.

 

CAROLINA: Mi amor, que cursi somos.

 

HERIBERTO: Somos ridículamente cursi. A mí me encanta serlo.

 

CAROLINA: Mi tío, Agustín Lara, siempre decía: Cualquiera que es romántico tiene un fino sentido de lo cursi y no desecharlo es una posición de inteligencia.

 

HERIBERTO: Tu  tío  Agustín  era  otro  cursi,  igual  que  nosotros. (Le besa las manos) Amor, no prolonguemos más este final, porque  corremos  el  riesgo  que  los travestís, feministas, beatos y anarquistas que están observándonos se aburran de nosotros.

 

CAROLINA: Tienes  razón: Los  desenlaces  y  la  vida  son  un simple suspiro que se van como los espejos al carajo. Pero, antes que partas quiero pedirte un gran favor.

 

HERIBERTO: Dime.

 

CAROLINA: Ayúdame a sepultar la inventada biografía de mi madre.

 

HERIBERTO: No puedo involucrarme en esa historia. ¿Por qué no llamas mejor a un panteonero o a un mercenario?

 

CAROLINA: Te  aseguro  que  será  una  muerte  limpia,  sin huellas  ni dolor, tal como  ella siempre lo deseó.

 

(Se siente una sirena de barco).

 

HERIBERTO: Mi amor, no puedo, ya es la hora, la barca tiene que partir.

 

CAROLINA: Por favor, será el mejor recuerdo que me puedas dejar. Ayúdame a silenciar a mi madre de una vez por toda en el jardín del edén.

 

HERIBERTO: Mi amor, las muertes nunca son limpias. Además, la prensa inventará que yo soy el principal sospechoso.

 

CAROLINA: Te lo suplico. Hazlo por ese criminal amor que siempre nos hemos prometido compartir.

 

(La muchacha besa a Heriberto apasionadamente. Ella le vuelve a pedir ayuda con el gesto. El niega con la cabeza).

 

CAROLINA: Está bien, comprendo, no te involucraré en nada. Sólo te pido que seas un testigo protegido y si te llaman a declarar, no te preocupes, irás con el rostro encapuchado como el comandante Marcos. Espera. No te vayas.

 

(Antes que le responda el joven, Carolina sale de escena corriendo. Vuelve a sonar la sirena del barco. Heriberto se pone nervioso, no sabe si salir o quedarse. Vuelve Carolina arrastrando una tina de baño con ruedas, en ella viene Rubelinda, rodeada de velas y con una copa en la mano. Le siguen en cortejo los guitarristas, interpretando en un coro trágico la primera parte del bolero “Noche de Rondas” de Agustín Lara. Se detienen los personajes y adoptan la postura de funeral en silencio).

 

RUBELINDA: (Bebe y canta)

 

ME EQUIVOQUE CONTIGO

 

José Alfredo Jiménez

 

Qué triste realidad me has ofrecido.

Qué decepción tan grande haberte conocido.

Quién sabe Dios por qué te puso

en mi camino. Me equivoqué contigo,

como si no supiera que las más grandes penas

las debo a mis amores.

Me equivoqué contigo, después de tantos años,

de tantas amarguras y tantas decepciones.

 

 

GUITARRISTA 1: Mamá Rubelinda: Te vas sin  mentiras, sin verdades ocultas, sin recuerdos, sin rencores y sin culpas.

 

GUITARRISTA 2: Te vas con las inmortales deudas, el mal trago y tu cuerpo postrado.

 

GUITARRISTA 1: De tu mano sin fuerza caerá la copa sin darte cuenta y ahí quedarán borrachas tus antiguas utopías.

 

RUBELINDA: (Habla como una oradora política) Pero antes de mi muerte, quiero que todo el mundo sepa que el bolero es un canto suicida, homicida, parricida,   fraticida,  matricida, feticida  y germicida. Es un lamento de cornudos y boludos. Es una fosa común llena de fragmentos de mujeres: labios, bocas, cabellos, corazones, manos y ojos. Es un mundo extraño en donde todas las mujeres somos a la vez vírgenes y putas; santas y  malvadas. ¡Escuchadme!  ¡Mujeres  unidas  del mundo! No se dejen engañar por los conocidos boleros embaucadores y calentones. No permitan que les metan…

 

(Los guitarristas le tapan la boca con sus manos y ponen sus pistolas en la cabeza para que no siga hablando).

 

GUITARRISTA 1: Y ahora, Rubelinda, vas  a  ocultar  tu  amargo  dolor bebiendo este néctar: Cianuro Light, con cero colesterol.

 

(Carolina toma la copa de Rubelinda y le echa un polvo en ella).

 

CAROLINA: Madre, te ruego fortaleza y resignación. Esta muerte es mucho más digna que tu pobre existencia.

 

(Le da de beber a su madre. Rubelinda comienza a cantar el tema “Yo quisiera que el mundo acabase”, de S Lima, pero cae fulminante en la tina de baño).

 

GUITARRISTA 2: Carolina, esta es la carta que tu madre dejó para ti. Me pidió que cuando muriera le cumplieras su último deseo.

 

CAROLINA: (Abre la carta y lee) Préndeme fuego si quieres que te olvide. Méteme tres balazos en la frente. Haz con mi corazón lo que tú quieras. Y después por amor, declárate inocente.

 

(Guitarrista 1 le pasa su pistola a la joven. Carolina la toma y le da tres disparos a su madre. Silencio. Luego todos toman  las velas y encienden la tina que arde en llamas. Se escuchan unas sirenas de autos policiales y ambulancia. Heriberto ante esa violenta escena escapa asustado).

 

GUITARRISTA 2:  Fue  un  extraño  deseo  que  nunca  Carolina  se  atrevió  a cumplir.

 

GUITARRISTA1: Sin embargo, inexorablemente, el fatal desenlace ocurrió. Nunca se supo quién lo hizo y  por qué misteriosa razón.

 

(Arturo entra  a escena en silla de ruedas y con una linterna en mano. El ambiente está lleno de humo y fuego. Explora el espacio. Los demás personajes están parados como espectros).

 

GUITARRISTA 1: La  policía  al  llegar  al  lugar  del  siniestro encontró totalmente destruido el bar. “Poquita Fe”, ubicado en el conocido barrio “El Triángulo de las Bermudas”.

 

GUITARRISTA 2: Calcinados se hallaron los restos de dos mujeres. Se supone que  corresponden  a  la  dueña  del  negocio, Rubelinda Morales y de su hija, Carolina Sepúlveda.

 

GUITARRISTA 1: En estado de gravedad quedó una tercera persona. Se trata de  Arturo  Martínez, quien  se  encuentra  de  acuerdo  al informe médico fuera de riesgo vital.

 

GUITARRISTA 2: Algunos vecinos aseguraron que antes de comenzar el fuego se escucharon varios disparos y vieron escapar a un joven.

 

GUITARRISTA 1: Aún  no  se  tiene  clara  las  causas  que  provocaron este terrible drama que enluta…

 

(La voz se pierde de manera ininteligible. Arturo se detiene y hunde su cabeza en sus manos. Sonido  de  saxo triste. Luego levanta la  cabeza. Transición. Proyecta al infinito).

 

ARTURO: ¡Dios mío! ¿Dónde están mis amigos? Quiero volver a vivir en “Poquita Fe”, mi viejo rincón del alma. Quiero nuevamente encontrarme con “Los  Inolvidables”,  esos antiguos  cantores  populares (Ilumina  con  la  linterna un área). Ya no están… ¿Dónde estará mamá Rubelinda?...Todo  está  quemado…

 

(Se cubre la cabeza con sus manos. Pausa. Luego levanta el rostro iluminado y saca un celular de su chaqueta, marca un número).

 

ARTURO: Aló, aló…hablo con la línea amiga. Buenas noches,  quiero comentarle  una   situación  muy  grave... No, no, por favor, no necesito ninguna charla porno con jovencitas discretas que satisfagan mis fantasías. Tampoco quiero a conejitas de play boy, ni a Bayron complaciente, ni a ninguna sirenita sensual con la cola paradita. No se haga el gracioso. Por favor, sepa usted jovencito que mi ex esposa es Opus Dei, oleada y sacramentada. Ella defiende de  los  límites  morales  del  país…  ¡No, no,  no!  ¡Cállate mierda!  ¡Por  la  grandísima  reputa!  Quiero  decirte que no están “Los Inolvidables”… Sí, huevón, desaparecieron. Y  también  desaparecieron  la  mamá  Rubelinda,  su  hija y  todos sus amigos… Sí, todos, todos desaparecieron… No sé, a lo mejor los quemaron, los  hicieron volar del mapa (Pausa)  Sí,  huevón.  Claro  que  estoy  alterado…  ¿Qué dices?... Qué pregunte de su paradero en la Comisión de Derechos  Humanos  ¡No  me  vengas  con  pendejadas!...Qué  podría  intentar  invocar  al  espíritu    del  “guatón” Romo o a sus tenebrosos amigos de seguridad para que me digan qué hicieron con mis compañeros… ¡Ándate a la mierda! (Corta. Piensa). Es posible que tenga razón. Posiblemente los acusaron de subversivos, los mataron y los lanzaron al mar… Quizás nunca existieron. Acaso fueron un mito, un paradigma destruido o un cuento lacrimógeno, inventado por un puto bolero. Tal vez,  fueron remordimientos paridos en nuestra pobreza pueblerina. ¡Mierda! (Pausa) Posiblemente en noches oscuras como ésta ya no valga la pena volver a exhortar a ningún muerto. A lo mejor sea preferible cantar. Sí, eso, cantar, aunque sea con la voz desgastada por el tiempo. Cantar porque la vida es una herida absurda. Hoy, como ayer, las tristezas nos asaltan en cualquier encrucijada de la vida y es por eso que sentimos la  irresistible  necesidad  de  cantarles  un sentido  bolero. Sí, un bolero irracional y de sangre, de tinta sangre del corazón.

 

(Se escucha el bolero “Poquita Fe”, interpretado por un saxo triste. Arturo proyecta al infinito y canta. Al fondo se ve una sombra de una mujer que baila sola).

 

 

 

 

 

TELON

 

 

 



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