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DRAMATURGIA Y NARRATIVA DE LA MEMORIA
BLOG DE IVAN VERA-PINTO SOTO
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08 de Mayo, 2011    General

OBRA TEATRAL: ETERNAL (RECUERDOS ATRAPADOS EN UN ATAÚD Y ENTRE ANIMAS Y FANTASMAS)



 

 

Eternal

 

Recuerdos atrapados en un ataúd

Entre ánimas y fantasmas

 

 

Teatro de la Memoria

 

 

De Iván Vera-Pinto Soto

 

 

Registro de Propiedad Intelectual No 202621

 

 

 

 

 

 

 

 

A los hombres y mujeres que siguen vivos en la memoria de sus pueblos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A modo de prólogo

 

 

La muerte en Chile

La muerte fue un fenómeno notorio característico del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX en Chile, tanto que algunos describen al país como “una tierra de guerra”[1] y una tierra de enfermedades frecuentes y muertes prematura, más que cualquier otro país del mundo (Allende 1939: 38). Chile, al igual que otros países latinoamericanos, sufrió varias guerras. Se pueden contabilizar un gran número de conspiraciones, revueltas, motines, tres guerras civiles y dos guerras con Perú y Bolivia[2] y la masacre mapuche[3], con miles de muertos como resultado. Sin embargo, la muerte sigue oculta, se dice muy poco o nada de ella, cómo la enfrentaba la sociedad y las familias involucradas, de lo único que se comunica es sobre los héroes mitificados, que como verdaderos dioses no le temían a la muerte y ponían sus vidas al sacrificio patrio. Por el contrario, miles de sacrificados murieron, desaparecieron en el silencio y el olvido total, especialmente indígenas, campesinos, obreros y soldados.  

En el siglo XX, entre 1902 y 1908, hubo 200 huelgas. La represión cobró cientos de vidas. En 1903 hubo aproximadamente 100 muertos en Valparaíso, con ocasión de la huelga de los estibadores de la Pacific Steam Navegation Company. En 1905 hubo 200 víctimas en Santiago, con ocasión de la Huelga de la Carne. Luego tuvo lugar la matanza contra los trabajadores de Antofagasta en 1906, en la Plaza Colón; posteriormente la Matanza de la Escuela de Santa María, en Iquique (1907); en 1920 una matanza en la Federación de Magallanes con 30 muertos; la matanza de San Gregorio (1921); la matanza de Marusia (1925); la matanza de Ranquil (1934); la matanza del Seguro Obrero en 1938; la huelga de la micro en 1957; sin contar los más de tres mil detenidos y desaparecidos durante el gobierno militar (1973-1989).

Así a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, la muerte rondó y su poder fue más monstruoso que nunca, pero fue una contradicción porque se ocultó la muerte. La historia, ha sido de las pocas ciencias sociales que ha develado en cierta forma este fenómeno monstruoso. Al respecto Eduardo Dévez, incluso tiene un libro muy alusivo al respecto: “Los que van a morir te saludan”. Se ha constituido en un clásico de consulta obligada sobre la Matanza de la Escuela de la santa María (1907). Al respecto nos señala: “En Chile de esa época poco se hablaba de la muerte de la existencia. La muerte generalmente fue vista desde el progreso, desde el ensanchamiento de la vida y no desde el escepticismo”[4]. Otro historiador Sergio González en otro libro que también alude a estas tragedia en un sugerente libro, Ofrenda a una Masacre (2007)[5] referido a un execrable itinerario ritual que fue consumado en un holocausto obrero, inmolado en el altar del capital. 

Algunos antropólogos han destacados los efectos que la llamada pacificación, más bien genocidio, tuvo entre los mapuches[6], no así entre los obreros del salitre o la guerra del Pacífico. El genocidio judío tuvo consecuencias impresionantes entre los filósofos judíos,  quienes han sido enfáticos en reflexionar sobre la muerte[7], también dejó huellas indelebles en la memoria de la muerte entre los mexicanos, sobre todo de la Revolución[8]. No obstante los muertos pobres de la guerra del Pacífico y del salitre han muerto dos veces: murieron físicamente y memorialmente. Nadie se acuerda de ellos.

Sin embargo, ha sido la literatura quienes se han encargado de hablar de la muerte, aunque no han dado voz a los muertos sencillos, pero ha descrito la muerte como una realidad inexorable que llevaba a los pobres por miles de distintas formas: las condiciones horrendas del trabajo, las condiciones adversas del desierto, las escasez de recursos básicos y las masacres en las protestas. Son estas experiencias horrendas que Sabella llega a decir que “la pampa fue fábrica de fortunas y muerte” y Teitelboim que “la pampa fue asesinada en la ciudad”.

 

Iván Vera Pinto: Eternal.

El autor haciendo honor al vanguardismo del teatro como espacio por antonomasia de la protesta, pero esta vez no sólo la muerte es presentada como una protesta contra la vida, el autor le da voz a los muertos para que protesten contra los vivos. Los muertos adquieren conciencia, incluso extrema, peligrosa para los patrones del capital y los patronos de la patria. 

            En la primera parte del libro: “Recuerdos Atrapados en un Ataúd”, se trata de dos personajes centrales un soldado joven y un obrero adulto mayor. Ambos dieron su vida, uno por un objeto esencia como es el pan y otro por un objeto inventado como es la patria.

El joven no sólo describe la “muerte segura” en la guerra, sino que además va adquiriendo conciencia en el diálogo que mantienen con el avezado obrero. Las brutalidades de la guerra transforman la vida en un campo de batalla donde todos son enemigos, y los enemigos civiles son humillados, especialmente las mujeres y niños, por ello dice “los gritos de muertes resonaban por todas las partes”. No obstante la muerte no tiene connotaciones de nadismo, es más bien el recobrar “nuevas fuerzas y nuevos sueños”.

Mientras que el obrero anciano tienen una visión más aciaga de la vida. Porque la guerra es una quimera para sacrificar los pobres y para ello inventan la patria. Mueren los soldados doblemente pobres; pobres soldados y soldados pobres, pero mueren en el olvido. No obstante el pero mal de los pobres es no darse cuenta de que son “la eterna carne de cañón en todos lo países”. 

Tanto a los soldados como a los obreros salitreros, destacados por Vera-Pinto, les pasó aquello que señaló Herbert Marcuse: “creen morir por la clase y muere por las gentes del partido. Creen morir por la Patria y mueren por los Industriales.  Creen morir por la Libertad de las personas y muere por la Libertad de los dividendos. Creen  morir por el Proletariado y mueren por su Burocracia. Creen morir por orden de un Estado y muere por el Dinero que lo sostiene. Creen morir por una nación y mueren por los bandidos que la amordazan”[9].

Vera-Pinto, con habilidad hace protestar los muertos; representa la muerte como una realidad totalmente distinta de la visión romana de la Parca o de la calavera con guadaña del cristianismo medieval. La muerte es una gélida fémina virginal “de rostro hermoso, serena, que refleja paz y sabiduría”; una novia próxima a entrar a su tálamo, ataviada de un eterno albor. Vera- Pinto en un discurso cuasi etopeya permite a la muerte cambiar su imagen infausta cuando la muerte dice: “me carga esa visión diabólica que tienen de mí, cargando una guadaña, como si la muerte fuera una cosecha”. De esta manera se produce una ruptura, pasando de la concepción medieval con la metáfora vendimia a la metáfora nupcial. Incluso se produce un dilema entre las auto representaciones de la muerte personificada, frente a las representaciones dadas por el obrero, quien enumera distintas imágenes, aludiendo al carácter sórdido.

Un aspecto culmine se da cuando la muerte dice: “sólo quién conoce la verdad sobre la muerte puede comprender la vida”. En estas reflexiones se deja ver la concepción idealista sobre la muerte inaugurado por Platón en su texto de Fedón, pasando por Agustín de Hipona, Pascal y el existencialismo, donde a la muerte no se le atribuye connotaciones horrendas, sino una realidad inexorable con la cual hay que aprender a convivir, y cualesquiera sean las creencias de la vida posterrena, sea la existencia de conciencia o de inconciencia, no hay porque temerle.   

En el segundo capítulo, “Entre Ánimas y Fantasmas”, tiene como protagonista a un mito universal “la novia”, pero en este caso es la  “Novia de Azapa” y también aparecen en escenas la muerte y un ferroviario. En este diálogo, Vera- Pinto nos presenta la experiencia de la muerte pero desde una visión realista. En donde se hace una crítica a las creencias y ritos mortuorios que conducen al lucro, es el rédito con el dolor, en donde entran en escenas la magia y la religión dos instituciones que compiten desde tiempos inmemoriales con las creencias de las personas, pero también se critican a los “negociantes de la muerte” que se aprovechan del sentimiento culposo de los vivos, especialmente los familiares.

Son muy interesantes los inicios reflexivos de la novia cuando comienzan sus divagaciones sobre la vida recurriendo a la metáfora estelar. Es una protesta de la novia cuando la representan como asesina. Pero a su vez se la representan con un rol ambiguo que linda entre la perfidia y la magnimidad, sobre todo cuando las personas recurren a la nigromancia para hacer usos de sus dotes. En realidad esto no es nada más ni menos, que el poder que las creencias populares le asignan a los muertos, algo también tan primitivo como la misma muerte. Pero es interesante, las palabras que Vera- Pinto pone en boca de la novia, cuando ella cataloga a los mercaderes del óbito, como “cafiches de la muerte”; “negociante de la muerte”. Lo que muestra también la ambigüedad de la muerte: la pérdida de un ser querido pero la ganancia de los proveedores de enseres fúnebres y necrológicos, especialmente la Iglesia, quien tiene el monopolio de la administración de los bienes legítimos de ritualidades mortuorias. Pero también entra en la crítica los mismos familiares del difunto, quienes, de forma inmediata, inician la lucha por la distribución de los bienes dejado por el fallecido. Lo significativo es cuando la Novia logra redimirse de su destino fantasmagórico.  

El ferroviario también tiene un aporte desmitificador de la muerte en este diálogo, sobre todo cuando presenta una descripción homérica de la muerte, cuando dice “ni con Dios ni con el Diablo”. Del mismo modo, Vera- Pinto, pone palabras en boca de este protagonista, cuando crítica las distintas intenciones de los asistentes velatorios y funerarios, así como el trato que el cadáver recibe. Las reflexiones de este protagonista se parecen a “La Amortajada” de María Luis Bombal: un cadáver que tiene conciencia de su propio velatorio. Interesante, también resulta, cuando el ferroviario apela a exequias más austeras, ya que las ostentosas son vistas más “vanidad de los vivos” que necesidad de los muertos, que en última instancia propician las ventas de la industria funerarias. Otro aspecto significativo que el protagonista le asigna a la muerte, es la vieja concepción griega de vincular eros y thanatos, la muerte y la eroticidad, algo que para muchos puede parecer deleznable y necrófilo, pero es una tradición tan legitima como la atribución casta de los muertos. No obstante, el ferroviario destaca que esa es su realidad, una especie de proyección de la vida, porque concluye diciendo que “la muerte sigue siendo un misterio”.   

En este dialogo, igualmente Vera- Pinto, le asigna voz a la muerte quien se autopercibe como ubicua, panóptica y dictatorial. Es notoria la influencia en el autor cuando la muerte se considera como lo real, en consecuencia la vida una ilusión, pero también epicureano, materialista si se quiere, cuando concluye que la muerte es “un espacio incierto…y el cuerpo flota en el vacío”.  

De esta manera, Iván Vera-Pinto, nos entrega una obra fresca, renovadora y subversiva sobre las representaciones de la muerte, el morir, los muertos y los espacios postmorturios. La muerte es más bien el espacio de la conciencia prohibida y desmitologizada, donde todos los valores supremos son puestos en cuestión. Una muerte así pronto sería asesinada por los ideólogos del Estado, del capital o de la religión oficial, quienes cultivan los mitos paternos y maternos, porque ya no habría suficientes ingenuos para dar su vida por valores tan baladíes, sino otros valores considerados supremos por el propio individuo.

Miguel Ángel Mancilla

Sociólogo

Palabras del autor

 

Hace muchísimo tiempo, cuando dormía tranquilo en mi cuna, a la muerte la vi llegar sigilosa y discreta a mi hogar. Era la madrugada de un día de invierno; cerca del muelle de pescadores, el cual lucía iluminado por las luces de los numerosos barcos pesqueros que abundaban en este puerto.

Aún recuerdo que pasó por mi lado, sin siquiera saludarme. No creo que lo haya hecho por arrogante; quizás, yo era tan pequeño que no me alcanzó a ver. Estoy casi seguro que esa fue la razón por la cual prefirió acercarse con celeridad al lecho de mis padres. Con mis ojos medio abiertos, la divisé serena e inexpresiva. Luego, me percaté que desde un rincón del dormitorio observaba la escena de los dos cuerpos abrazados tenazmente por el amor o, tal vez, por el miedo de perder la fugaz felicidad. En la penumbra de la habitación, se sentó suavemente en la cama de mis progenitores y, al parecer, recién se dio cuenta de mi presencia, pues me hizo un leve gesto con su mano para que siguiera durmiendo tranquilo.

En esa época, no sabía quién era esa misteriosa y enigmática figura que se entrometía, sin pedir permiso a nadie, en los sueños de la pareja y en mi cándido mundo. Fue en ese instante que la conocí en plenitud, con todo su poder. Preste atención en sus manos las que se extendieron hacia el corazón de mi progenitor y acallando con una suave caricia el ritmo de su pulso y respiración. Al poco rato, una luz de velador se encendió y mi madre al observar a mi padre helado y tan blanco como su camisón de dormir, ahogó su grito de dolor en el pecho ya sin vida.

Al pasar los años me di cuenta que su presencia no era una mera casualidad, pues su visita en casa de familiares y amigos se hizo continúa y rutinaria. Casi siempre su llegada causaba sucesos trágicos y conmovedores entre las personas afectadas. Durante largo tiempo en mí no causaba pavor ni aprensión alguna. La veía muy lejana y ajena a mi existencia. Sin embargo, un conjunto de eventos personales vividos, me llevó a reflexionar con mayor seriedad y acuciosidad sobre su papel y  significado en el proceso de mi vida.

Al percibir que los minuteros de mi reloj interno avanzan con mayor rapidez, me doy cuenta que para hablar de ella se necesita generar dos condiciones básicas: La primera, despojarse de todo aquello que es insustancial y trivial. Y, la segunda, sentirla como una fiel amiga que nos acompaña en los decesos dialécticos que acontecen en nuestras breves o largas existencias.

Cuando escribo estas dos piezas escénicas, a las cuales uno bajo el título de “Eternal”, lo hago con la misma mirada clara e inocente de ese niño que advirtió a la muerte, sin las angustiosas interrogantes existenciales de los adultos. Tal vez, al crear estas historias, tengo la pretensión de adoptar la misma actitud de un brujo de una tribu que señala que: sin una visión clara de la muerte, no hay orden, no hay sobriedad, no hay belleza.

Emulando a los chamanes, confieso que siempre he deseado volver a ver a la muerte muy cerca, con el fin de tener un conocimiento más profundo de ella y también para tener el valor de dejar todo lo estúpido e innecesario de mi vida.

Considero que la muerte no es una adversaria, por el contrario, ella nos da la vida y nos reta a que seamos hombres comunes o corrientes o brujos. La diferencia es que los brujos comprenden los secretos de la vida y la muerte y los hombres, en general, no.

No tengo duda que la muerte es una gran maestra que nos saca de nuestro estado inconsciente y nos abre la verdad de la vida y el universo. Ella, continuamente, acostumbra a susúrranos al oído la siguiente frase: “Tienes que vivir la vida, aquí y ahora, sin dejar tareas inconclusas, pues no sabemos que llegará primero, si la muerte o el próximo día”.

Lamentablemente, en esta sociedad se nos educa bajo una visión pesimista de la muerte. Es por ello que cuando la sentimos próxima nos consume la angustia y el terror continúo, ya que pensamos que vamos a perder todo aquello que con tanto esfuerzo nos ha costado conseguir; sin apreciar que es el respeto y el amor por todo y todos lo más valioso que debemos mantener en nuestro espíritu eterno.

Difícilmente, nuestros padres y maestros, están capacitados para enseñarnos el camino de ida y el de vuelta; para advertirnos que lo que pensamos que es importante no lo es tal; para hacernos reflexionar que aquello que parece que no vale nada, es, quizás,  lo más trascendental y sagrado.

¿Qué sucede después de la muerte? Esta es una pregunta que siempre se ha hecho el hombre en toda su historia. En lo personal, no lo sé. Posiblemente de algo me enteré cuando llegué mi hora. La verdad que mi postura agnóstica y escéptica me hace dudar de algunas ideologías fundamentalistas que existen sobre el tema. Creo que ser escéptico es saludable, hace pensar, hace dudar y en la duda está la razón. Por otro lado, el agnosticismo me permite ser consciente de nuestro límite, nuestra finitud y lo que trasciende o no después de la muerte.

No obstante, en el plano de la ficción teatral, recreo la muerte súbita de algunos personajes vinculados con nuestra identidad regional y “coqueteo” con algunas concepciones que señalan que la muerte no es un fin, sino una puerta para otra vida. Es posible que cuando ella llegue a nosotros nos traslade a un espacio incierto: casi onírico; donde nuestros cuerpos flotaran ingrávidos en el vacío. Puede ser un lugar previo a la vida, o podemos estar en un sitio donde desaparecemos al fin; un territorio casi cósmico donde sólo subsistirán nuestras energías, como polvos de estrellas. Es posible que en algún momento esta postura sea incluso científicamente comprobada o, por el contrario, simplemente sea otra creencia más inventada por el hombre. En lo personal, me rebelo contra la verdad absoluta y contra el conocimiento sin límite.

Ahora bien, para este texto escogí a cuatro personajes que están ligados a nuestra historia regional: Un obrero, protagonista de la Masacre de la Escuela Santa María de Iquique, un soldado de la Guerra del Pacífico, la “novia de Azapa” (leyenda de Arica) y un ferroviario, víctima de un accidente de la antigua Compañía de Ferrocarril Salitrero. A través de estos actores históricos exploro, reflexiono y me aproximo al tema central, tomando como soporte sus particulares visiones y aristas vivenciales que marcaron sus propias historias.

En último lugar, el lector es libre a pensar lo que quiera de lo que dicen los personajes teatrales de estas obras. Ellos son los únicos responsables de sus juicios y no representan necesariamente el pensamiento de su creador.

 

El autor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



“Todo pasa y todo vuelve, eternamente gira la rueda del ser. Todo muere, todo reflorece; eternamente se desenrolla el año del ser. Todo se rompe, todo se reajusta; eternamente se edifica la morada del ser”

 

Friedrich Nietzsche

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mis sinceros agradecimientos a todas las personas que contribuyeron con su valioso aporte a la realización de este nuevo proyecto teatral: Miriam Salinas, Patricio Rivera, Lautaro Cáceres, Jeannette Baeza y Miguel Ángel Mancilla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Eternal

 

Recuerdos atrapados en un ataúd

Entre ánimas y fantasmas

 

 

“La muerte es una vida vivida.
La vida es una muerte que viene.”
Jorge Luis Borges

 

 

De Iván Vera-Pinto Soto

 

 

 

 

 

 

 

 

Las dos obras que componen este texto  pueden ser representadas en un solo espectáculo o por historias separadas.

 

RECUERDOS ATRAPADOS EN UN ATAUD

 

 

Personajes:

 

Soldado: 27 años

Obrero: 70 años

Pianista: Sin edad

 

 

(Al comenzar la representación, se ve en el fondo de la escena una reproducción del cuadro “El triunfo de la muerte”, del pintor flamenco Pieter Brueghel, el Viejo. La atmósfera es surrealista. En el centro hay cuatro ataúdes negros, acomodados en diferentes niveles y posturas. Desde lo alto del escenario cuelga una vieja lámpara con grandes velas encendidas. Complementa la escenografía una mesa que tiene forma de sarcófago, alta y con ruedas y, dos sillas antiguas, con respaldo tipo lápida. Desde los féretros surgirán los personajes. De espalda al público está una mujer; interpreta en piano una melodía evocadora. Viste con una túnica blanca que deja traslucir ligeramente su cuerpo. Colgado a sus hombros, lleva un liviano manto blanco que se extiende hasta su cintura. Su cabello es negro y largo. Durante el desarrollo de la pieza, ella irá creando diferentes ambientes con la música de piano. La mujer interviene con comentarios, pero los demás personajes no la escuchan ni la ven. Se abre la tapa de un ataúd y surge la figura de un hombre de avanzada edad, vestido de traje negro, camisa blanca y sin corbata. Se despereza, como si despertara de un largo sueño. Pausa. Se abre la  cubierta del otro ataúd contiguo y asoma un joven; viste desastrosamente de soldado de la Guerra del Pacífico. Tiene una notoria mancha de sangre en su camisa, a la altura del pecho. Hace algún ejercicio con su cuello y respira profundo.  Ambos lucen rostros muy pálidos. Se miran y hacen una venia amistosa con sus cabezas)

 

PIANISTA: (Mira de reojo. Sonríe maternalmente) ¡Mmm!... Despertaron dos de mis adorables amigos.

 

OBRERO: Compañero, ¿cómo está?

 

SOLDADO: Lleno de vida. ¿Y usted?

 

OBRERO: Descansando en paz.

 

SOLDADO: ¡Tengo sed!  

 

PIANISTA: ¡Los muertos tienen sed; los vivos culpa!

 

OBRERO: Espere, compañero. Aquí tengo algo bueno para la sed.

 

(Saca del ataúd una botella de vino)

 

OBRERO: ¿Qué le parece este vinito?... Un compadre sabía que me gustaba el “tintolio” y colocó esta botella dentro del ataúd (Ríe).

 

SOLDADO: (Sonríe) Por lo que veo el vino es su mejor amigo.

 

OBRERO: (Sonríe) Compañero, no olvide: La penicilina cura a los enfermos; el vino resucita a los muertos.

 

(Ríe y le pasa la botella)

 

SOLDADO: (Ríe) ¡Salud por la vida! (Bebe)

 

OBRERO: ¡Salud por la vida! …

 

PIANISTA: ¡Salud por la muerte!

 

SOLDADO: (Devuelve la botella) Gracias.

 

OBRERO: Dicen que el vino es bueno para matar las penas.

 

(Sale del ataúd y estira su cuerpo)

 

SOLDADO: Las nuestras ya están muertas.

 

(Sale del ataúd y estira su cuerpo. Cojea de una pierna)

 

OBRERO: En eso estamos de acuerdo. Las penas son para los vivos. ¡Salud, compañero! (Bebe)

 

PIANISTA: ¡Vino y muerte; no hay nada más fuerte!

 

SOLDADO: ¡Salud!... ¿Cuántos años lleva por aquí?

 

OBRERO: Más o menos, 30. ¿Y usted?

 

SOLDADO: Le gano. Llevo más de 100 años.

 

OBRERO: (Se asombra) ¡No le creo!

 

SOLDADO: Es cierto.

 

OBRERO: ¡No se le nota!. Se ve muy joven.

 

SOLDADO: Nací en el siglo XIX.

 

OBRERO: ¡Mira el rotito! A pesar de los años, se conserva bien.

 

SOLDADO: Es cierto; me siento tan joven como cuando salí de mi tierra, un día de primavera de 1879.

 

OBRERO: ¡Ah! …Eso fue por los tiempos de la Guerra del Pacífico. ¡Harto tiempo!...  Cuénteme un poco de su vida. Tengo todo el tiempo del mundo.

 

SOLDADO: Bueno…Le cuento que me fui en tren al norte con mis compañeros de arma. Recuerdo que todos cantábamos (Canta) 

 

"Tambores y clarines, me obligan a marchar

De mí amada prienda me voy a separar,

Por eso ya no quiero amar más en la vida,

Adiós Patria querida me voy a  separar"

 

SOLDADO:(Sonríe) Parecía que marchábamos a una fiesta. Envalentonados, nos repetíamos: Nadie puede morir mientras no le llegue la hora ni aunque ande dentro de las balas. Felices comíamos y bebíamos en cada estación y puerto que parábamos. Íbamos a luchar por la Patria.

 

PIANISTA: (En sorna) Viajaban felices, pero no sabían que iban a la guerra como van las reses al matadero.

 

SOLDADO: Yo era un joven fuerte; hijo de pueblo. Venía de Caldera y amaba el mar y a mi madre.

 

OBRERO: Me imagino que era como tantos otros jóvenes que se ganaban el pan con mucho esfuerzo y penurias.

 

SOLDADO: Le cuento que después del desembarco en la costa de Tarapacá, la cosa comenzó a ponerse  fea al internarnos por el desierto.

 

OBRERO: El desierto es muy bravo.

 

SOLDADO: Usted lo ha dicho. Allí nos encontramos con inmensos arenales que nos hacían perder el rumbo. A veces, nos dábamos cuenta que en vez de caminar para delante, íbamos para atrás. El árido e interminable desierto era también la desolación de nuestro batallón perdido.

 

OBRERO: El desierto nortino lo conozco como la palma de mi mano. Sé que es muy terrible perderse allí.

 

SOLDADO: Entonces sabrá que en el día hace un calor infernal y en la noche el frío es brutal, por eso teníamos que dormir enterrados en la arena. Al amanecer, lamíamos los rifles para saciar un poco la sed con el rocío de la camanchaca.

 

OBRERO: ¿Y no tenían algún vinito, una agüita?

 

SOLDADO: Nada. Ni vino ni agua…Nos quemaba el estomago, así que buscábamos piedras pequeñas para ponernos en la boca y  tener saliva, pero ni siquiera habían piedras para todos.

 

OBRERO: Por lo visto estaban jodidos.

 

PIANISTA: El desierto es una tierra de leyendas y de aromas que evocan fantasmas. Cuando lo abraza el sol, es una hoguera encendida.

 

SOLDADO: Déjeme mostrarle algo…

 

(Se saca un zapato y el calcetín; luego muestra el pie desnudo. Cae arena del calzado)

 

SOLDADO: Mire, aún tengo marcas en mis pies hechas por ampollas.

 

OBRERO: ¡Chupalla!... Todavía le quedan las cicatrices y arena en los zapatos.

 

SOLDADO: La arena se mete en todas partes, cubre todo… ¡Imagínese! Apenas podíamos caminar, sedientos, cojeando y con ataques de diarrea. Además, el riesgo permanente del asalto enemigo nos llevaba, incluso al delirio.

 

(Se coloca el calzado)

 

PIANISTA: La incertidumbre es muy dolorosa; la muerte, en cambio, es placentera.

 

SOLDADO: Cuando estábamos perdidos tenía mucho miedo de volverme loco.

 

PIANISTA: ¡Todos estaban locos en esa época!

 

SOLDADO: Medios vivos o medios muertos, entrábamos en combate.

 

OBRERO: Compañero, usted fue a luchar,  porque era pobre y tenía que sacrificarse por los ricos.

 

SOLDADO: Yo no entendía mucho el problema. Era muy joven, aunque le confieso que el miedo a morir no me hacía mella.

 

OBRERO: A uno le sobra coraje cuando es joven.

 

SOLDADO: Todavía tengo grabadas en mi mente las imágenes de casas voladas con dinamita;  el bombardeo sin cesar; las mujeres violadas; los hombres masacrados sin misericordia; y los gritos de muerte que resonaban por todas partes.

 

PIANISTA: En la guerra el hombre baja a su oscuro sótano para destapar su Caja de Pandora.

 

OBRERO: Los pueblos de Chile y Perú, en los años de guerra, estaban muy equivocados cuando creyeron que peleaban por la integridad territorial. No existía peligro en aquel momento, sino la ambición excesiva de un grupo de ricachones de ambos países que indispusieron a las masas unas contra otras.

 

SOLDADO: Los generales nos decían que teníamos que pelear por la Patria.

 

OBRERO: ¡Baa!... ¡Me cago en esa Patria inventada por los ricos!... Para mí sólo existe una Patria universal: aquella que cobija a todos los hombres libres.

 

PIANISTA: ¡Esta es la Patria universal!

 

SOLDADO: (Orgulloso) ¡Yo morí por la Patria!

 

OBRERO: Te felicito. Seguramente, los historiadores glorificaron tu muerte en muchos libros.

 

SOLDADO: No, no crea. Nadie se acordó de mí. Mis compañeros me enterraron en un arenal y ahí quedé sepultado, como un “juramentado”, por más de un siglo, con mis principales indumentarias y mi bayoneta.

 

OBRERO: ¡Aah!...Lo conozco…Ese es un antiguo ceremonial fúnebre de los mineros atacameños.

 

SOLDADO: Claro que sí.

 

OBRERO: Compañerito, probablemente después de la guerra a tus generales el gobierno los colmó de medallas; en cambio, a ti, te dejaron botado, lleno de balas.

 

SOLDADO: Nunca pensé que mi cuerpo quedaría olvidado en el desierto… (Pausa)  Yo admiraba a mi ejército. Lo sentía como mi familia, mi escuela y mi porvenir.

 

OBRERO: Ese ejército fue tu escuela del crimen y de los vicios.

 

SOLDADO: No exagere. Usted sabe que en toda guerra pasan muchas brutalidades.

 

OBRERO: La guerra, si no es posible evitarla, sólo debe tener lugar en contra de los explotadores y ladrones.

 

SOLDADO: ¿Qué sabe usted de la guerra? ¿Ha peleado acaso contra algún enemigo?

 

OBRERO: Desde luego, pero en otra guerra.

 

SOLDADO: ¿En cuál?

 

OBRERO: La del pueblo en contra de los capitalistas.

 

SOLDADO: ¿Y cómo fue esa guerra?

 

OBRERO: Verás, cuando joven formé parte de una falange revolucionaria  que estaba dispuesta a morir por la revolución.

 

PIANISTA: Siempre que se llama a una revolución se habla de mí. (Grita) ¡Patria o muerte, venceremos! ¡Tierra o muerte! ¡Hasta la muerte: revolución! (Sonríe) Me han hecho famosa  los revolucionarios.

 

OBRERO: Y al igual que ustedes, también cantábamos cuando íbamos a luchar (Canta)

Trabajador, no más sufrir,
el opresor ha de sucumbir.
Levántate, pueblo leal,
al grito de revolución social

 

SOLDADO: ¿Usted también luchó por un ideal?

 

OBRERO: Por supuesto. Estaba convencido que la libertad existía para los que sabían tomársela.

 

SOLDADO: ¡Qué curioso!. A mí, igualmente, me remachaban la idea que tenía que luchar por la libertad.

 

PIANISTA: ¡Libertad o Muerte!. Es la bandera que muchos han enarbolados para ver a sus pueblos libres y hermanados.

 

OBRERO: Explícame, ¿cómo fue tu última batalla?

 

SOLDADO: Espere, aquí lo tengo todo anotado en mi libreta de campo.

 

(Saca de su chaqueta una vieja libreta. Lee) 

 

SOLDADO: “4 de la mañana, del 13 de enero de 1881. Nuestro ejército avanza sobre Lima. La resistencia defensiva es fiera y el choque de fuerzas se convierte en una batalla campal.”

 

OBRERO: A esa altura creo que ya eras todo un veterano de guerra, porque entiendo que faltaba poco para la arremetida final del conflicto.

 

SOLDADO: (Sigue leyendo) “El humo no nos deja ver nada más que sangre y fuego. Lo único que se escucha es el griterío de 60.000 mil hombres que chocan en Chorrillos.”

 

(Se escuchan resonar unos cañones lejanos. Un cenital ilumina únicamente al joven. Adopta una expresión trastornada. La libreta cae de sus manos y corre hacia el ataúd; de allí saca una bayoneta. Asume la actitud de un soldado en combate. Habla con voz excitada)

 

SOLDADO: A punta de coraje y sangre fría, alcanzamos la victoria, pero el costo fue altísimo. Cerca de 10.000 cadáveres de ambos bandos quedaron esparcidos por el campo de batalla. Entre todos esos cadáveres, estaba el mío, con una estocada de bayoneta en el pecho y un balazo en la cabeza.

 

(Cae de sus manos la bayoneta. Su cuerpo tiembla fuertemente. Cae en un mayor delirio) 

 

SOLDADO: ¡Aay!... Siento un viento frío que agita espadas filosas para cercenar mis huesos  y romper en lágrimas mi corazón... Escucho voces desgarradoras que surgen desde un lago infectado de serpientes venenosas... ¿Me estoy volviendo loco o es un espejismo?

 

(La pianista se levanta; se dirige hacia el joven  y con su manto le cubre el cuerpo)

 

PIANISTA: (Sentenciosa) Es demasiado triste, pero la guerra desnuda y demuestra lo que realmente son los hombres: crueles y malignos seres que me observan con ojos de placer. En esa pugna salvaje, no me pueden desmentir ni negar; por el contrario, me justifican; me invocan y creen en mí. Al borde de su propio precipicio, los hombres son capaces de sacarse sus caretas y mostrar sus verdaderos rostros de reptiles asesinos.

 

(El ruido de los cañones se extingue lentamente. Cambio de luz. Transición.  El soldado vuelve a su estado emocional anterior)

 

OBRERO: ¿Qué edad tenías?

 

SOLDADO: 27 años.

 

OBRERO: ¡Qué lástima; moriste muy “cabro”! … Cuándo será el día que los pobres se den cuenta que son la eterna carne de cañón de todos los países.

 

SOLDADO: Te insisto, combatía por mi Patria.

 

OBRERO: (Se exaspera) ¡Y dale con la misma cancioncita!  (Irónico)  ¡La Patria, la Patria! … ¿Has pensado qué es la Patria?...

 

(El soldado mantiene silencio) 

 

OBRERO: ¿Un territorio, un montón de riquezas, propiedades, gentes, campos, minas…?  Te das cuenta que nada de eso fue tuyo ni mío.

 

SOLDADO: Tienes razón. Nada.

 

OBRERO: Entonces, no es justo que hayas muerto por esa Patria… ¡Pucha!... Si los chilenos que pelearon en Tarapacá, Tacna y Miraflores, hubieran sabido que su sangre la derramaban para realizar crímenes, habrían dejado de lado los rifles y hubieran ido corriendo a abrazar a sus enemigos, seres inocentes como ellos…

 

SOLDADO: Es muy posible.

 

(Se queda pensativo)

 

OBRERO: ¿Qué más te pasó?.

 

SOLDADO: Cuando estaba moribundo, gimiendo como un animal, deseaba regresar a mi casa y contemplar el mar.

 

OBRERO: Se te iba la vida.

 

SOLDADO: De pronto, en los últimos estertores, apareció ella.

 

OBRERO: ¿Quién?

 

PIANISTA: Fui sigilosa a tu encuentro, luciendo mil llamativos colores para darte el beso sepulcral.

 

SOLDADO: Una mujer joven, vestida de blanco que dejaba traslucir su cuerpo desnudo ¡Era hermosa! Su rostro tenía una serena expresión que reflejaba paz y sabiduría.

 

PIANISTA: Gozo de una belleza sepulcral, pero belleza al fin y al cabo. En mí reina la paz, porque he liberado la tristeza y la absurda angustia que viven minuto a minuto los mortales.

 

SOLDADO: Lucía radiante, como una novia. Tenía una belleza especial: misteriosa y pasional.

 

OBRERO: ¿Sabes una cosa?... Así como la describes, se parece mucho al único amor de mi vida…

 

SOLDADO: No me diga.

 

OBRERO: Sí. Tenía un cuerpo de diosa…Además, le gustaba los boleros.

 

PIANISTA: Cuando será el día que la gente se dé cuenta que el bolero es más importante que la Marsellesa o la Internacional y todos esos himnos que cantan algunos para invocarme.

 

(Acompañada por su propio piano, la mujer canta el inicio del bolero “Inolvidable”, de Julio Gutiérrez. El obrero se queda un breve momento absorto en su pensamiento)

 

En la vida hay amores
Que nunca pueden olvidarse
Imborrables momentos
Que siempre guarda el corazón…

(La pianista detiene repentinamente la canción).

 

PIANISTA: Te gusta sufrir.

 

OBRERO: A veces una herida te recuerda que un día amaste con mucha pasión… (Transición. Se dirige al soldado) Pero, por favor, sigue contando sobre esa mujer que se te apareció…

 

SOLDADO: Está bien… Le decía que la mujer que se apareció vestía entera de blanco y llevaba en sus hombros…

 

OBRERO: (Cómico) ¡La guadaña!

 

SOLDADO: (Incomodo) ¡Ya pues! ¡No se me adelante!

 

PIANISTA: (Molesta) Me carga esa visión diabólica que algunos tienen sobre mí. Es falso que yo use guadaña, porque no voy a cosechar las almas de nadie  en este mundo.

 

OBRERO: Disculpa, sigue.

 

SOLDADO: Llevaba un manto largo y blanco.

 

OBRERO: (Sonríe)  Me parece que estabas alucinando.

 

SOLDADO: Era muy real, la vi claramente… Se acercó y me  dijo dulcemente…

 

PIANISTA: Soy tu amiga, porque los verdaderos amigos están en las buenas y las malas.

 

SOLDADO: Vengo para llevarte conmigo…

 

OBRERO: (Ríe burlón) Ya sé quién era: ¡la “pelada”!...

 

SOLDADO: ¿La pelada?

 

PIANISTA: (Enojada) ¡No soy pelada!

 

OBRERO: Sí, pues… Era la pelada, la llorona, la apestosa, la impía, la tiznada, la hedionda; la segadora, la pelona, la dentona; la descarnada, la pálida, la malvada, la muerte, pues, ”ño”…

 

(La pianista mira al obrero enojada)

 

SOLDADO: ¡De acuerdo!. Era ella…Ahí me dio miedo y me puse a rezar suavemente.

 

PIANISTA: Eso es típico de los moribundos cuando están en las últimas; se acuerdan de Dios, los santos y sus madres…

 

SOLDADO: Me habló susurrando al oído…

 

PIANISTA: (Susurra) Soldado, te han mentido. Te dijeron que luchabas por algo y sabes que vas a morir por nada.

 

(Le toma de la mano al joven y lo lleva hacia otra área del escenario)

 

PIANISTA: Presta atención en esas trincheras: las tuyas y las de tus enemigos…Todos esos soldados han muerto por las mismas órdenes, mientras que los señores se reparten el botín.

 

SOLDADO: ¿Estoy muerto?

 

PIANISTA: ¡No! Has venido hasta mí para conocerme, pues sólo quién conoce la verdad sobre la muerte puede comprender la vida.

 

SOLDADO: Me señaló que yo había ido hacia ella para conocerla.

 

OBRERO: (Burlón) ¡Sale!... ¿Quién va querer conocerla?

 

PIANISTA: ¡Otra vez el atrevido! Si supiera que he tenido buenos pretendientes. Los idealistas, poetas y suicidas, en todas las épocas, se han enamorado de mí, porque saben que no soy una flor de un día.

 

(Mira al soldado de manera seductora y le hace un gesto sensual para que se acerque a ella)

 

SOLDADO: No me atrevo acercarme a ti,  porque tienes mala reputación.

 

PIANISTA: Hablan mal de mí, porque no me conocen. Yo soy tan necesaria para toda la gente como el aire que respira; pero ellas me temen, porque aún no logran comprenderme. En cambio, los poetas comprenden que todo carece de valor sin mí. Sin mí, no hay lecciones. Sin la muerte, no hay oscuridad sobre la cual pueda destacar el fulgor del diamante.

 

(La mujer seductora le toma de la mano y lo lleva a la mesa-sarcófago. En medio de caricias sensuales, recuesta al joven de cubito dorsal en el mueble. El joven está temeroso. La luz se concentra en esa área. Ella va hacia el piano y toma un bisturí. Se acerca al hombre, le abre su camisa y  se prepara para hacer una incisión en  su torso)

 

PIANISTA: No tengas miedo. No soy sadomasoquista. ¿No sabes acaso que el origen de todas las miserias del hombre no es la muerte, sino el temor a la muerte?... Mi intensión es conocerte a fondo.

 

SOLDADO: (Con más temor) Tengo miedo.

 

PIANISTA: (Persuasiva) Si no hay nada después de la muerte, nada debes temer. Si la muerte es la puerta de la vida eterna, debieras desearla… (Sigue acariciando el cuerpo del joven) Relájate… Así está bien… Piensa en algo bello.

 

SOLDADO: Un río.

 

PIANISTA: La vida es un río que va a dar al mar y no muere, porque se revitaliza de más energía... Por lo tanto, grabaré con tu sangre sacrificada un río en tu piel.

 

SOLDADO: ¡Espera!... Si me voy contigo, quiero conocerte.

 

PIANISTA: Para ello lo primero que debes hacer es apartar los ojos de las ilusiones del mundo.

 

SOLDADO: ¿Qué quieres decir?

 

PIANISTA: Los hombres son niños que se aferran a sus juguetes y temen perderlos, ya que creen que es lo más importante que poseen… Si quieres conocerme, aparta de ti todo… ¡Mírame!... Dime, ¿qué vez?...

 

(El soldado la mira concentrado)

 

SOLDADO: Estás en mis ojos como camino recorrido, como el deseo que tengo de ver mi tierra después de largos años de combatir en territorios extranjeros… Te veo en toda mi vida…

 

PIANISTA: Tú lo has dicho: Estoy en toda tu vida, desde que eras un feto y luego moriste para ser un niño…

 

SOLDADO: También me acompañaste cuando morí como niño y me transformé  en un joven.

 

PIANISTA: Y más tarde, igualmente, te acompañé cuando te extinguiste como adulto y te convertiste en un  anciano.

 

SOLDADO: Y el día de hoy, cuando estoy al borde de otra muerte, vuelves a estar conmigo, como un fiel amor. Tal vez, todos nos morimos muchas veces durante nuestra vida y no lo sabemos.

 

PIANISTA: Ahora vengo para gestar tu muerte física y asistir al nacimiento de tu otra existencia.

 

SOLDADO: ¿Otra existencia?

 

PIANISTA: Sí. Yo soy una puerta. No soy el final. Viviste una existencia y ahora te vengo a preparar para lo que vivirás después.

 

(Con el bisturí realiza un corte en el cuerpo del soldado. Le saca una bala. El joven no siente dolor. Al instante, la mujer pasa su lengua por la sangre del hombre)

 

SOLDADO: (Alucinado) Veo hombres, mujeres y niños que aparecen y desaparecen, girando en la rueda de la vida. Observo gente que nace, muere y vuelve a nacer…

 

PIANISTA: Nacen más perfectos y libres…

 

SOLDADO: ¿Libres?... Eso es una utopía.

 

PIANISTA: La muerte y la libertad son dos caras de una misma moneda, porque yo termino con tu existencia física, convirtiéndote en un ser infinito, dialéctico y libre.

 

SOLDADO: ¿Quieres decir que tú me haces libre?

 

PIANISTA: Exactamente. Tú has decidido tu partida, por lo tanto eres libre…El verdadero ser sólo es “ser” cuando reconoce su mortalidad y acepta su muerte.  Únicamente cuando se enfrenta a la muerte, el hombre deja su existencia y logra su esencia; así decía mi viejo amigo, Sartre.

 

(La pianista le toma la mano al joven y lo conduce a otra zona. Un cenital ilumina únicamente al soldado. El fondo del escenario se torna de un color azulino. Se escucha en piano una música evocadora. La pianista comienza a ejecutar una danza suave y tierna para hacer dormir a un niño imaginario)

 

SOLDADO: Ahora siento rozar en mi rostro el viento marino…

 

PIANISTA: Es el aliento de la vida y el aliento de la muerte.

 

SOLDADO: En este momento entro a mi casa y me detengo frente al gran espejo de mi madre.

 

PIANISTA: ¡Contémplate en ese espejo!

 

SOLDADO: (Se mira en un imaginario espejo) ¡Qué horror! Tengo una expresión desquiciada… No me puedo ver el cuerpo entero. Sólo distingo pedazos de él. (Se mira las manos) Mis manos están llenas de sangre.

 

(Se limpia desesperadamente las manos en su vestimenta. Concluye abruptamente la música del piano)

 

PIANISTA: Eres un despojo humano que vuelves sin hazañas, sin nombre ni edad. Tienes los ojos en llama y el corazón destrozado por mil esquirlas. Tampoco tienes piernas para llegar al lecho de tu madre.

 

(El soldado sufre un súbito vómito. Pausa. Se recompone. Se vuelve a mirar en el imaginario espejo. Se conmueve. De fondo se escucha el sonido del mar)

 

SOLDADO: Madre, anoche tuve un sueño. Me encontraba frente al mar, cargando a mis espaldas las armas y los pertrechos militares. De improviso, una voz me ordenó que me metiera al agua. Eso me angustió, porque sabía que con todas esas armaduras me ahogaría. Pero no podía eludir la obligación de entrar al mar. Caminé y me interné en las aguas hasta que las olas me cubrieron de cuerpo entero. Estaba muy angustiado; iba a morir. Saqué fuerzas de flaqueza y me dejé hundir, pero, de pronto, mi fusil y todas las cosas que me pesaban se desprendieron de mi cuerpo y pude nadar libre y feliz, hasta volver a la orilla de la playa.

 

PIANISTA: Al liberarte de tus ataduras, el mar muerte se transformó en mar vida. Miles han intentado nadar en ese mar, cuando deberían de comprender que la única manera en que alcanzarán la paz es precisamente dejándose hundir.”

 

(Sujeta el cuerpo del soldado y lo recuesta con suavidad en el suelo) 

 

PIANISTA: Te acuesto en tu tierra soleada, con la ternura de una madre para que tu cuerpo dolido duerma en la suavidad de tu cuna.

 

(Le acaricia la cabeza al joven y al instante le da un beso tierno en sus labios. Se escucha el sonido de un viento suave.)

 

SOLDADO: (Silabea cada palabra) Tu be-so mi-la-gro-sa-mente ci-ca-tri-za mis he-ri-das… A-ho-ra sien-to que  la con-cien-cia se des-va-ne-ce…No quie-ro ce-rrar mis o-jos…

 

PIANISTA: (Silabea cada palabra) No hay na-da que se pue-da ha-cer. Haz da-do el pa-so de-fi-ni-ti-vo… De-ja-te lle-var …

 

SOLDADO: Observo una luz clara que penetra en el fondo de mi pecho. Mi carne se siente aliviada; no pesa; es una pequeña pluma que se eleva al cielo…

 

PIANISTA: Deja que tu espíritu vague hacia los confines de la paz…

 

(La mujer se arrodilla al lado del muchacho y le acaricia con una sutil sensualidad todo su cuerpo. Pausa. Ella se levanta y se aleja con paso ceremonioso hacia el piano. En lontananza se escucha unas olas que revientan sobre las rocas de una playa. El soldado alza lentamente su cuerpo y no pierde de vista el horizonte. Después proyecta a su alrededor y no ve a nadie. Recoge su libreta y bayoneta y las deja con suavidad en su ataúd. Transición. Cambia la luz. Se escucha el retumbar de voces de una multitud que protesta. Un cenital alumbra solamente al obrero)

 

OBRERO: (Discursivo) La gente se rebela contra las injusticias y la explotación de los trabajadores. No nos queda otro remedio que buscar un revolver. Cuanto más rápido mejor. Tenemos que comprarlo, quitarlo o robarlo. La cuestión es estar armado. La revolución social no se va a hacer con serpentinas como en los días de carnaval…

 

(Se extingue el sonido de la multitud. Cambio de luz. El soldado tiene la actitud inicial del diálogo)

 

SOLDADO: ¿Pretendías imponer la justicia con las armas?

 

OBRERO: ¿Tú crees que los capitalistas iban a entregar las tierras y las fábricas, como regalaban sus hijas a los millonarios? Era tonto creer una armonía entre obreros y patrones. Cuando los trabajadores exigían alguna mejora, aparecían “al tiro” soldaditos cargados de rifles y bayonetas, así como tú

 

(Se escucha el graznar ensordecedor de una bandada de cuervos. Los hombres se asustan y corren a esconderse entre medio de los ataúdes)

 

OBRERO: ¡Son los cuervos que presagian la muerte!

 

SOLDADO: ¿Y por qué vamos a temerles ahora?.

 

(Sale de su escondite. Se extingue el sonido de los cuervos)

 

OBRERO: Es cierto, ya no pueden picotear ni rasguñar nuestras caras.

 

(Sale de su escondite)

 

SOLDADO: Ya no pueden desgarrar nuestros cuerpos.

 

OBRERO: Ya no pueden despedazar nuestras imágenes.

 

SOLDADO: Los cuervos son fantasmas malignos.

 

(Pausa. El obrero extrae de su vestimenta una foto antigua y se la muestra al soldado)

 

OBRERO: Mira esta foto…Viví 82 años y tuve tres hijos. No. La verdad que fueron cuatro. Uno, lamentablemente, no lo llegué a conocer…

 

(Se queda en silencio)

 

SOLDADO: (Mira la foto con curiosidad) ¡Bonita familia!... ¡Qué suerte la suya vivir tanto!... ¿De dónde era?

 

OBRERO: Del barrio El Morro, perdón, quiero decir de Iquique.

 

SOLDADO: ¡Aah!. ¡Iquique! Sí, lo conocí. Mi batallón pasó por ese puerto… ¿Y cuándo vivió por allá?

 

OBRERO: A comienzo siglo XX. (Saca de su vestimenta otra foto antigua).Mira, por favor… Aquí estoy con todos mis compañeros de la salitrera “La Perla(Sonríe. Pausa). Fue en esa época, cuando se produjo el gran malestar de la clase trabajadora obrera en  la salitrera “San Lorenzo”. Allí,  la situación  era angustiante. Los industriales hacían lo que querían con los trabajadores. Fíjate que esos badulaques hacían muchos “chanchullos” al quitar  a las mercaderías medidas y pesos en las pulperías. También rebajaban a su antojo los sueldos, y el valor de cambio de la ficha salario. 

 

SOLDADO: ¿Se refiere a los mismos industriales que nosotros defendimos en la Guerra del Pacífico?

 

OBRERO: Los mismos.

 

SOLDADO: ¡No puede ser!

 

OBRERO: En diciembre de 1907, los obreros decidimos bajar a Iquique para reclamar nuestros derechos.

 

PIANISTA: (Canta)

Ahí van quince mil almas

Con rostros curtidos de angustias.

Caminan desde el desierto

Con vientres copados de lamentos.

Bajan los acantilados

Con sueños y hondos pesares.

Quedan encerrados en una trágica escuela

De una santa que no los deja respirar.

De sus ojos brotan promesas inciertas

Que agonizan cuando el dolor los abraza.

El lamento es su ración habitual,

En un mar de histeria y cañones dispuestos a matar.

Intentan ser libres de oscuros presagios;

Mas, sus dolientes vidas tendrán que sacrificar.

Los filosos colmillos de los lobos asesinos,

Devoran la lacerada vida del esclavo de ayer.

¡Puto 21 de diciembre!

Puto ángel del infierno

Puta historia siniestra

Puta puerta cerrada

¿Por qué no dejaste entrar la minúscula luz otoñal?

 

SOLDADO: (Enérgico) ¡Escuchen!: Si no se retiran inmediatamente de la Escuela Santa María y se dirigen al hipódromo, daré la orden para abrir fuego contra todos los sediciosos y revoltosos que se opongan a la autoridad. Está claro, ¿no?... Tienen dos caminos: se retiran o mueren. Creo que a pocas palabras, buenos entendedores.

 

(Se perciben los sones de un clarín. Un breve silencio. Luego surge el eco de unos bombos tribales que suben y bajan de intensidad; se mezcla con gritos de hombres, mujeres y niños. La pianista cambia su capa blanca por un impermeable largo,  de color negro. Se levanta y pronuncia con dramatismo su monólogo. Los dos hombres hacen un coro de sonidos lastimeros y siguen con movimientos corporales quebrados el ritmo de los bombos)

 

PIANISTA: ¡Bestias innumerables a mi alrededor! ¡Inocencias terribles! ¡Mortíferas! ¿Es esto lo que los hombres llaman una noche tranquila? Este gigantesco hormigueo de cópulas silenciosas y de crímenes. Una misma sangre late en nuestras venas ¡Bestias de la noche! Estranguladoras, hermanas mías, me veo una bestia, como ustedes.

 

(Fija la vista hacia el cielo)

 

PIANISTA: ¡Ah! Están aquí

 

(Transición. Toma su manto y lo aferra contra su cuerpo)

 

PIANISTA: Hijos, no tengan miedo. ¡NO!... Todo callará… Bajo mi sombra nada les pasará… ¡Vengan, vengan, ojitos cálidos de recién nacidos! ¡Vengan al vientre de su madre! [10]

 

(Se detiene el canto y también el cuadro plástico de los hombres. Ambos caen sobre la superficie de la mesa-sarcófago, como si hubiesen recibido un disparo en sus cuerpos. Se escucha el sonido de campanas tubulares. La mujer recoge de un rincón un tarro con cal y esparce el material sobre los cuerpos de los personajes. En seguida, comienza arrastrar la mesa, dando círculos por el escenario. Luego, se detiene; va a otro lugar de la escena y toma con sus manos una gran vasija de barro y comienza a lanzar agua por todo el  piso, purificando el espacio. Después se retira hacia el piano)

 

OBRERO: (Nervioso) ¡Compañero, aprovechemos ahora de escapar!... ¡Vamos a la casa del director de la escuela!... ¡Venga!...  

 

(Ambos corren y se meten bajo la mesa-sarcófago)

 

OBRERO: ¡Métase conmigo debajo de este catre!

 

(La pianista deja en algún lugar la vasija de barro. Se vuelve a colocar su capa blanca y vuelve al piano)  

 

 

OBRERO: ¡Echa un vistazo!... Ahí entraron los soldados con bayonetas en mano, atacando a los obreros que se libraron de ser ametrallados. ¡Es horrible! Esos hijos de puta están masacrando a los trabajadores… ¡Ay, qué dolor y qué impotencia más grande!

 

(Se cubre la cara. Pausa. Vuelve a mirar. Habla en voz baja)

 

OBRERO: Parece que ya se fueron los milicos. Han quedado unos cuantos bomberos manguereando y recogiendo cadáveres. Ahora aprovechemos de escapar.

 

(Salen de la mesa y corren hacia otra área. El obrero proyecta su mirada hacia un punto fijo. Se escucha una sirena de barco. A continuación el soldado representa a otro hombre)  

 

OBRERO: Mire, compañero, ahí está el vapor “Victoria”… En ese me iré del país, antes que me maten…

 

SOLDADO: ¿A dónde va?

 

OBRERO: Al Perú.

 

(Se dan un abrazo de despedida. Vuelve a sonar la sirena del barco. El obrero proyecta su vista a otra área)

 

OBRERO: (Admirado) ¡Pero, no es posible!... Aquí, en este mismo barco, viajan los compañeros Briggs, Olea y Sixto Rojas. ¡Qué alegría!... ¡Están mis compañeros vivos!

 

(Adopta la postura de otro militar) 

 

SOLDADO: Así que ustedes son los “cabrones” que tuvieron la “mansa cueva” de salvarse en la escuela. Vamos a ver si tienen la misma suerte ahora. Voy a empezar  a “quintearlos” y al que le toque el número cinco ¡cagó!  Lo mandaré derechito al infierno.

 

(Cuenta una fila de hombres imaginarios)

 

SOLDADO: ¡Ya!  Tú eres el quinto… ¿Cómo te llamas? ¿De qué oficina eres?

 

OBRERO: My name is José Briggs. I am a seaman, my ship is at the bay (Aparte) Briggs, presidente del movimiento, era hijo de británico y sabía hablar muy bien inglés.

 

SOLDADO: ¡Ándate gringo de inmediato a tu buque!

 

(Queda un momento perplejo. Después toma de la solapa al obrero, lo da media vuelta, y le da un puntapié en el trasero. Los personajes vuelven al diálogo anterior)

 

OBRERO: Así se salvó de la muerte.

 

SOLDADO: ¡Eso es tener “cueva”!.

 

OBRERO: “Cueva” y coraje, compañero. Le cuento que a Manuel Aguirre le pasó algo parecido. Cuando se lo llevaron de la escuela, encontró un obrero boliviano muerto; le quitó el poncho y el sombrero de pita, y se lo puso en su cuerpo. Aguirre era de la Región de Arauco y se parecía al cholito.

 

(El soldado vuelve a tomar la actitud de otro militar)

 

SOLDADO: ¡Ajá! Tú eres el número cinco. Dame tu nombre y dime ¿de qué oficina vienes?

 

OBRERO: ¡Yo taitita boliviano, no sabe nada taitita!

 

SOLDADO: ¡Indio “culiado”, ándate “al tiro” donde tu Cónsul!

 

(Vuelven los personajes a la actitud del diálogo anterior)

 

OBRERO: (Ríe) Así salió vivito y coleando…Y yo me fui al Perú. Claro que a diferencia tuya, yo no fui a conquistar nada. Dije adiós a la zona salitrera. Adiós al país desgraciado y me fui expatriado, renegando de la bandera. En Lima me recibieron los obreros peruanos y me ayudaron económicamente.

 

SOLDADO: ¿Y se quedó definitivamente por allá?

 

OBRERO: No, me echaron.

 

SOLDADO: ¿Por qué?

 

OBRERO: Al poco tiempo los amigos del gremio peruano entraron en huelga, y yo fui en apoyo moral de los compañeros. Ahí la policía me metió  preso. 

 

SOLDADO: ¿Le deportaron?

 

OBRERO: Sí. Me embarcaron en otro vapor y me mandaron al Ecuador, después a Panamá. Bueno, la historia es muy larga…

 

SOLDADO: ¿Y algún día regresó a su terruño?

 

OBRERO: Por supuesto. Seguí trabajando, organizando a los obreros; me encerraron muchas veces por mis ideas.

 

SOLDADO: ¿Y alcanzó a realizar todos sus sueños?

 

OBRERO: (Duda) Mmm…Creo que sí…

 

PIANISTA: ¿Por qué no dices la verdad?... ¿Por qué inventas la leyenda de un revolucionario incólume?

 

SOLDADO: ¿Viajó en paz?

 

OBRERO: (Duda)  Tal vez…

 

PIANISTA: No  viajaste en paz…

 

OBRERO: Bueno, a decir  verdad, el viaje fue doloroso.

 

SOLDADO: ¿Qué le ocurrió?

 

OBRERO: El cáncer me carcomió mi estomago… Fue atroz.

 

(La pianista encara al obrero y le habla con voz dura)

 

PIANISTA: No has dicho todo... ¡Sigues siendo un cobarde!... ¿Aún tienes miedo?...

 

OBRERO: En mis 80 años hice todo lo que quería: trabajar, pelear, fornicar, viajar, amar, procrear, comer, tomar, soñar, reír y llorar.

 

PIANISTA: ¡Y traicionar!

 

OBRERO: (Muerde las palabras)  Creo que me faltó algo importante por hacer.

 

SOLDADO: ¿Qué cosa?

 

OBRERO: Tener convicción en el amor.

 

SOLDADO: ¿Tiene algo que ver la mujer del bolero?

 

OBRERO: Exacto.

 

SOLDADO: ¿Quiere contarme qué ocurrió?

 

OBRERO: Es muy doloroso.

 

SOLDADO: ¿Más que el cáncer?

 

OBRERO: Mucho más…

 

SOLDADO: ¿Por qué?…

 

OBRERO: Ella fue la mujer de mis sueños. (Sonríe) Mi “alma gemela”, pero estaba casado…Mi vida era un crucigrama que no sabía cómo resolver.

 

PIANISTA: En un amante no hay risa que no se alterne con llanto.

 

SOLDADO: ¿Y qué pasaba con su esposa?

 

OBRERO: La quería, pero no la amaba.

 

SOLDADO: Tremendo enredo que tenía en su vida... ¿Qué edad tenía?

 

OBRERO: 28 años.

 

SOLDADO: ¿Y la mujer del bolero?.

 

OBRERO: Ella tenía 19 años.

 

SOLDADO: ¿Qué pasaba por su cabeza?

 

OBRERO: Muchas cosas…Sabía que no era calentura la que sentía por esa joven…La amaba, pero me perdía en un mar de dudas y fantasmas… Debo reconocer que fue una tortura vivir tantos años con una mujer que sólo sentía compasión; me enredé en los sentimientos de culpa y no me atreví a dejarla con tres hijos pequeños.

 

PIANISTA: El placer del amor sólo dura un momento, y la pena de amor dura toda una vida.

 

SOLDADO: Quizás, tampoco llegaste amar a la mujer del bolero.

 

OBRERO: Te aseguro que la amé… Hasta hoy la sigo amando…

 

PIANISTA: Cuando dos personas se aman, hay un corazón y un aliento. Cuando se vacía un lado del corazón, se llena el otro. Cuando se agota un aliento, empieza otro.

 

SOLDADO: No me cabe en la cabeza… ¿Cómo un tipo revolucionario, capaz de enfrentarse a los poderosos y a la policía, no tuvo el coraje de asumir su amor?

 

OBRERO: Yo tampoco me entiendo…Fui un cobarde…Cuando mi esposa se enteró de todo, puesto que era comentario diario en la Oficina salitrera, lo único que atiné fue a quedarme mudo; escapé a otro lugar con ella y los “cabros” chicos al hombro.

 

SOLDADO: Me imagino que fue doloroso.

 

OBRERO: Especialmente para mi amante… Además, la dejé embarazada.                                             

 

SOLDADO: Eso fue muy cruel…

 

OBRERO: Fui una bestia.

 

SOLDADO: ¿Y cómo siguió su vida?

 

OBRERO: Después decidí dedicarme de lleno a la vida sindical. Intenté olvidar lo ocurrido, pero, cuando estaba solo, me remordía la conciencia. A veces, deseaba que la muerte me llevara pronto.

 

SOLDADO: (Irónico) Es irónico; tuvo que esperar ochenta y tantos años para que emprendiera su último viaje.

 

OBRERO: No sé si el vivir demasiado fue premio o castigo.

 

PIANISTA: Los hombres literalmente mueren diariamente. Hay personas que ya murieron, antes de la desaparición física. El duelo tarda como la vida misma. En tu caso, la vida fue muerte de una parte de tu ser.

 

OBRERO: Por la experiencia de vida que tengo, creo que si no vamos a ser inmortales, es deseable, por lo menos, que el hombre deje de existir a su debido tiempo, pues la naturaleza tiene un límite para la vida, como para todas las demás cosas.

 

(Se siente un golpe fuerte de una tecla del piano)

 

PIANISTA: ¡Por fin! Cuando llegaste a mi hogar, sentiste que alcanzabas tu utópica Patria universal, donde no existen explotadores ni perezosos, menos estados opresores y actitudes discriminatorias; tampoco los fríos y asfixiantes relojes de la vida. Aquí te diste cuenta que no hay normas establecidas; todo se improvisa. En mi lecho te emborrachaste con mi pasión contenida en cientos de noches secas. Con cada gota de tu febril semen escribiste tu nombre en mis piernas. Trepaste, como un ciempiés, desde mis rodillas hasta mi floresta húmeda, para beber el néctar de mi intimidad. Sin embargo, en todo ese salvaje desenfreno y placer, seguiste evocando a la mujer del bolero; eternizaste el recuerdo de los momentos de amor y locura que viviste con ella en sus sábanas virginales…

 

(Se vuelve a sentir el golpe fuerte de la tecla del piano. El obrero sigue su relato normal)

 

OBRERO: Cuando estaba en el momento de mayor crisis de mi enfermedad, intenté matarme para no sufrir más.

 

PIANISTA: Estabas seguro de que morirías en cualquier momento. Te sentías tan angustiado que decidiste adelantarte.

 

OBRERO: Eternamente esperé la muerte y cuando estaba muy enfermo, más que nunca, quería que ella me cercenara, sin misericordia, mi vínculo con el mundo terrenal.

 

PIANISTA: ¿Te acuerdas? Te tragaste tu anillo y después un clavo; hasta intentaste pegarte un tiro con tu antigua pistola revolucionaria.

 

OBRERO: No quería vivir ni un segundo más… Preguntaba, ¿cuánto tiempo más voy a seguir sufriendo?

 

PIANISTA: ¿Desea que lo ayudemos a morir?

 

(El obrero asiente con su cabeza. La pianista saca de su vestimenta una pistola y le dispara. El hombre aprieta los puños y abre su boca sin emitir sonido. Se escucha un sonido de un monitor médico que indica que se detuvo el ritmo cardiaco)

 

PIANISTA: Ese disparo no fue mío…Lo hizo un francotirador: el hijo que ni siquiera conociste en sepias imágenes.

 

(El cuerpo del hombre se remece y cierra sus ojos. Después vuelve abrirlos. La pianista le vuelve a disparar. Vuelve a escucharse el sonido de un monitor médico que indica que se detuvo el ritmo cardiaco El hombre queda inerte con los ojos abiertos).

 

PIANISTA: Lo lamento, ya no hay remedio. Te mató una bala pérdida…Siempre es muy peligroso estar en medio del fuego cruzado.

 

(La pianista va hacia el piano y vuelve donde el obrero con un estuche de maquillaje. Saca un pequeño envase de rubor y comienza a arreglar rápidamente el rostro del obrero)  

 

PIANISTA: En este momento, comenzarás a sentirte libre y pleno bajo mi reino. Ya no tendrás nada de lo que tenías antes; entonces el dolor ya no tendrá sentido… Pero, antes de llevarte, déjame mejorar tu semblante. (Hace una venia al público) Mi más sentido pésame…Debes verte bien, con una conmovedora juventud. Así te recordarán con un rostro que ha recuperado la paz después de tantos tormentos y remordimientos, aunque más tarde tu cuerpo se descomponga, se haga polvo y vuelva a la tierra.

 

(Termina de maquillarlo y lo mira con satisfacción. El obrero yergue su tronco La pianista canta suavemente el bolero “Inolvidable”. El hombre recobra fuerza y se levanta del piso. Delira)

 

OBRERO: Amor, ¿eres tú?... ¿Sí?...Déjame, como ayer, acariciar tu cuerpo lleno de pasión. Déjame rozar todos los pliegues de tu carne que fueron territorios de mis besos… ¿Te acuerdas que me decías que tus pechos se acomodaban en mis labios y dedos, provocando un estallido de locura incontrolable?...Fuimos dos locos enamorados… ¡Ven a mí!... Amor, vuelve a encender mis sueños más íntimos que tú únicamente conoces… Si me tocas con tus manos, mi cuerpo nuevamente florecerá para tu carne dulce… Estoy contigo para siempre… Caminemos juntos hasta perdernos en desconocidos astros, en donde somos libres y eternos amantes…

 

(La pianista detiene el canto bruscamente y comienza a alejarse. El hombre trata de avanzar hacia ella, pero no puede; una fuerza misteriosa lo sujeta de piso. Cae frustrado, de rodillas)

 

PIANISTA: (En sorna) Poesía, sueños, romanticismo y fantasías. Te amo, pero ya es muy tarde.

 

(Transición. Se escuchan unos disparos y alaridos distantes. El obrero levanta la vista y sigue en su delirio)

 

OBRERO: ¡Ahí está Gutiérrez, pudriéndose en una lanza!... ¡Allá está Espinoza con el pecho abierto por un disparo, estirado en la calle!... ¡Aquí yace un niño de pantalón corto, abrazado con su pelota y tieso como un palo!…

 

PIANISTA: Los amigos y los parientes que ya partieron son los primeros que te vienen acompañar en tu último viaje.

 

OBRERO: ¿Por qué sus cabellos han crecido? ¿Por qué sus uñas son largas como tenazas? ¿Por qué sus bocas inertes tienen un gesto de sufrimiento? …Siento mucha pena… Eran mis compañeros…

 

(Solloza suave. Pausa)

 

PIANISTA: La vida es como una vela romántica que siempre terminamos apagándola con una lágrima.

 

(Un fuerte y rápido resplandor ilumina la escena)

 

OBRERO: (Asombrado)  ¡Qué hermoso resplandor!...Ahí vienen Tito, Emilia y Juan… ¡Qué alegría! 

 

(Alucinado, no pierde de vista la imagen de sus imaginarios compañeros. Se levanta y camina hacia un área. El soldado interpreta a un minero)

 

MINERO: Compañero, cuánto nos alegra que esté con nosotros. Tenemos que salir con la Compañía Artística a recorrer la pampa para conformar los comités de huelga. Tú serás el ilusionista, hombre de fuego y fuerza.

 

(El obrero sonríe y desde su vestimenta extrae una flor de latón)  

 

OBRERO: (Se dirige a los personajes imaginarios) Compañeros: ¿Vamos a empamparnos otra vez?... (Pausa)  ¡Está bien!… ¡Volvamos a recorrer nuestra pampa salitrera!... Vamos a caminar con muchas historias y nostalgias, para que no nos olviden.

 

PIANISTA: Si la gente los recuerda, no morirán nunca. Jesucristo, el “Che” Guevara, John Lennon, Martín Luther King y Salvador Allende están vivos, ya que sus crueles partidas les permitieron transformarse en seres inmortales.

 

(Del piano nace una tenue melodía de fantasía. El obrero, con la flor de latón,  efectúa un  rápido movimiento de magia y los cuerpos de los personajes, a través de un efecto visual, se multiplican en muchas imágenes que se reflejan por todos los rincones de la sala. Los hombres se desplazan libres por el espacio)

 

OBRERO: (Sonríe) Eche un vistazo, compañero. Este es el mejor acto de ilusionismo que he hecho… Fíjese… Ahora estamos errando por todos los rincones.

 

SOLDADO: (Sorprendido) ¡Es maravilloso! Estamos en la intimidad de nuestros hogares…

 

OBRERO: En las plazas, en las escuelas, en los teatros, en los edificios y en todas partes…

 

SOLDADO: Dejamos nuestros cuerpos para renacer en otros, con nuevas fuerzas y nuevos sueños.

 

(El obrero realiza otro movimiento de magia. Se detiene el efecto visual y la música.  Los dos personajes vuelven al diálogo normal)

 

OBRERO: Compañero: Han pasado muchos años; con todo, presiento que nuestros sentimientos e ideales se mantienen vivos.

 

SOLDADO: Las balas ni las bayonetas filosas pudieron arrancar los frutos de nuestras mentes y corazones.

 

PIANISTA: Sus espíritus e ideales serán siempre llamas encendidas, y sus energías serán polvos de estrellas en el firmamento.

 

(Se escucha el sonido de una locomotora de tren que se aproxima)

 

SOLDADO: Amigo, ¿escucha?…

 

(Ambos prestan atención al tren)

 

OBRERO: ¡Ah!...Es el tren del pasado... Seguramente llega con nuevos pasajeros que bajarán en la estación terminal

 

SOLDADO: Me gustaría volver a Chorrillos.

 

OBRERO: ¿Por qué a Chorrillos?

 

SOLDADO: Para abrazar a todos los caídos, de uno y otro bando. Anhelo que nunca más se vuelva a repetir esa tragedia.

 

OBRERO: (Sonríe) Sigues siendo un niño ingenuo. ¿No sabes acaso que para los hombres las guerras son el pan de cada día?…

 

(El soldado se queda mudo)

 

OBRERO: A mi me gustaría volver para sacarme esa espinita de amor que aún me hiere.

 

PIANISTA: Por lo que veo aún no te sientes libre del todo. Los remordimientos te persiguen hasta la muerte.

 

SOLDADO: Aunque nadie lo crea, los muertos también sufrimos… Amigo, pero, ¿no le parece que es un poco tarde?... Perdone que sea franco, pero creo que ahora usted es el ingenuo.

 

OBRERO: Posiblemente tengas razón…A lo mejor nos es posible volver la hoja atrás…

 

(El obrero se queda un instante pensativo)

 

PIANISTA: La Oficina “La Perla” desapareció. Y el amor de tu vida se extinguió, fumando en un balcón de pino Oregón... De sus existencias anteriores,  quedan meras cenizas. Todo es historia.

 

OBRERO: (Nostálgico) El pasado se fue como el agua entre mis dedos, después de haberla sacado de aquella profunda noria pampina…

 

(Se escucha una bocina del tren que anuncia su llegada. El obrero proyecta su vista al espacio; respira profundo)

 

SOLDADO: Amigo…

 

OBRERO: ¿Qué?

 

SOLDADO: Escuche: El sol sale por la mañana; se pone en la tarde, y luego vuelve a salir. La luna llena decrece, pero regresa siempre a su plena redondez. Las estrellas repiten las mismas etapas cada año. El verano y el invierno se van y vuelven puntualmente. Los campos, las flores, los terremotos, todo tiene un movimiento circular, de eterno retorno… ¿Por qué nosotros no podemos volver, tal vez, más fuertes, gloriosos y plenos de espíritus?... ¿Por qué tenemos que resignarnos a la condición de ser tristes sombras que sufren y rememoran su vida anterior?… Ambos sabemos que tenemos la capacidad y la experiencia para comprender el pasado, explicar el presente y saber cómo se gesta el futuro.

 

OBRERO: (Seguro) Eso es idealismo puro. La historia es irreversible. Sigue su curso sin marcha atrás.

 

SOLDADO: Aún así, siempre hay tiempo para empezar de nuevo.

 

OBRERO: Tengo claro que el milagro de existir no se repetirá. Tenemos sólo una vida para cumplir nuestros sueños, sólo unos días y unas noches para ser felices con las personas que amamos y para realizar nuestros ideales. Si pudiera volver a vivir, lo haría cada minuto con intensidad; pondría lo mejor de mí en cada ocasión, y no permitiría que se me escape ninguna posibilidad que la vida me ofreciera.

 

SOLDADO: Quizá, también, sea una candidez pensar que el hombre meramente muere sin apelación, sin transitar ninguna otra instancia, como la que estamos viviendo.

 

PIANISTA: Disculpe que los interrumpa, pero debo ir a visitar algunos hospitales… ¿Quieren acompañarme?...

 

(Por primera vez los dos hombres miran a la pianista)

 

SOLDADO: ¿Acompañarte? (Sonríe irónico)… Por lo menos, yo no…

 

OBRERO: Yo tampoco.

 

SOLDADO: Pero si pudiera volver, me gustaría irradiar en los corazones de los hombres la paz interior que hoy siento.

 

(El soldado mira al obrero interrogante)

 

SOLDADO: Amigo…

 

OBRERO: Dime.

 

SOLDADO: ¿No le gustaría empamparse otra vez?.

 

OBRERO: (Sonríe) Por supuesto. Me gustaría regresar con mi Compañía Artística para recorrer la pampa. Estoy seguro que aún hay mucho que hacer por los trabajadores de mi país.

 

SOLDADO: ¿Y por qué no nos damos una vueltecita?

 

OBRERO: Desde luego…¡Vamos, compañero!.

 

(Los hombres se dirigen hacia una estación de tren virtual. Les sigue detrás la pianista. Los dos suben a un carromato y la mujer en otro diferente. Se escucha el silbato de la máquina que inicia su marcha. De fondo se siente una melodía evocadora interpretada en piano).

 

 

 

 

Telón

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ENTRE ÁNIMAS Y FANTASMAS



 

Personajes

 

Actor

Actriz 1

Actriz 2

 

 

(En esta historia, los tres protagonistas se desdoblan en varios personajes; para ello, usan algunos elementos de vestuario y utilería simbólica. La precaria escenografía está compuesta de dos ataúdes negros y un piano. La apariencia de los protagonistas se enmarca dentro una estética gótica. Al comenzar la acción, todo está oscuro. Se escuchan ruidos extraños. Un cenital ilumina al actor que representa un hombre de pueblo que mira aterrado al vacío).

 

HOMBRE: (Grita) ¡Dios mío!... ¡Ese camión perdió el control!... ¡Nos va chocar!...  ¡Noooo!...

 

(Se escucha el sonido violento del choque de dos camiones. El hombre cae estrepitosamente al piso. Pausa. Se levanta con dificultad y mira a su alrededor)

 

HOMBRE: ¡Qué horrible! Este hombre está completamente destrozado… Le cayó la cabina encima… Y esa muchacha está muy mal herida…

 

(Transición. Su actitud ahora es serena)

 

HOMBRE: Aquella noche enfilamos por lo que era el antiguo camino de Azapa. Nada hacía pensar lo que ocurriría. Yo iba al volante con dos personas más en la cabina; atrás, entre otros pasajeros, iba una joven que subía al santuario de Las Peñas para casarse.

 

(El hombre va hacia un ataúd y extrae una vela y fósforos. Prende la vela y la posa sobre la tapa del mismo ataúd. Se queda un breve instante en una actitud de recogimiento. Luego se levanta e inicia el soliloquio)

 

HOMBRE: Cuenta la leyenda que los fantasmas son los espectros de las personas ya muertas que han dejado asuntos pendientes en el mundo, y por eso no dan paso hacia el más allá. También dicen que los fantasmas  no suelen tener idea de que están muertos, pues al momento mismo de darse cuenta cesan las apariciones y casi todo vuelve a la normalidad.

 

(Por el foro, en penumbra, se desplaza la actriz 1 que emite una voz lastimera. Viste con algunos elementos simbólicos de novia. Unas luces cruzan la escena, dando la sensación de automóviles en la carretera. La actriz 2 representa a una mujer de pueblo)

 

LUGAREÑA: Lo que vi en la noche fue a una joven, vestida toda de blanco… Ahí estaba parada. De repente, apareció un auto y se detuvo para llevarla a Arica, pero ella no se subió…Después vino otro auto y tampoco se subió…y después otro… En este último, la novia subió y se fue. Varias personas por muchos años la han visto. Yo la vi una sola vez no más; me dio miedo y me entré para mi casa.

 

(Vuelven a cruzar las luces de los autos. Una contraluz ilumina la espalda de la novia)

 

NOVIA: Cuando era niña, me quedaba muchas horas en la noche observando el manto estrellado que abrigaba mi ancestral valle. De vez en cuando, veía caer una estrella fugaz y me preguntaba a qué lugar del infinito iría a parar esa verde estela de polvo. Para mí, era un misterio que aún no tenía explicación. En esa época, lo único que hacía era atesorarla en mi corazón, porque pensaba que era el espíritu de alguien que logró dar amor a los suyos. Creo que la vida es así, como una estrella fugaz. Un efímero resplandor que ilumina la totalidad del cielo durante una mínima fracción de segundo, y luego el silencio final.

 

(Se enciende un cenital. El actor representa a un cura y está sentado en una silla. La actriz 1 se dirige hacia él y se arrodilla. Se escucha el sonido distorsionado de la “Marcha Nupcial”)

 

CURA: Hija, ¿por qué vienes a mí?

 

(La novia huele de manera notoria)

 

CURA: ¿Qué te pasa hija?

 

NOVIA: Este confesionario huele a calzón de beata frígida.

 

CURA: Hija, no digas malas palabras…Vamos, te escucho.

 

NOVIA: Padre, debo revelarle un terrible dolor que tengo aquí en mi corazón.

 

CURA: Soy todo oídos.

 

NOVIA: La gente comenta que aparezco en la carretera, y provoco muchos accidentes y muertes de inocentes. 

 

CURA: No, hija, la gente está equivocada. Las tragedias carreteras ocurren porque los conductores son unos imprudentes; andan borrachos; no respetan las señalizaciones; son unos verdaderos asesinos al volante. Hija, por favor, no te culpes de los crímenes de otros.

 

NOVIA: Tal vez la realidad sea como usted dice... Pero, sepa que, a consecuencia de esas muertes, me han inventado una leyenda horrorosa; fantasean que soy la siniestra novia de Azapa. Eso me da mucha pena y rabia, a la vez. Hay, incluso, algunas personas que intentan comunicarse conmigo para solucionar sus problemas terrenales.

 

CURA: El querer comunicarse con los muertos es una práctica ocultista. En realidad es la comunicación directa con el demonio. La Biblia nos dice: “el hombre o la mujer que evocare espíritus de muertos o se entregare a la adivinación, ha de morir; serán apedreados; su sangre será sobre ellos”…

 

NOVIA: Padre, pero hay mucha gente que cree en eso.

 

CURA: Eso es cuento para tontos y gente inculta. Solamente los individuos con taras y deficiencias psicológicas, afectados por depresión, histerias o esquizofrenias, pueden pensar en esas falsas y pretendidas revelaciones que un muerto habla. 

 

NOVIA: Padre, debo decirle que no puedo evitar sentir furia contra aquellos que se aprovechan de mi tragedia y de tantos otros muertos.

 

CURA: Hay gente de mala fe que a los muertos los convierten en fantasmas para lucrarse con la credulidad de las personas. Los fantasmas son un recurso tan viejo como el teatro.

 

NOVIA: Existe una ralea de personajes que ganan buenos dividendos a costa nuestra. Entre ellos están: espiritistas, brujos, directores de películas,  productores de televisión…

 

 

CURA: Eso de brujas y de médium no son temas espirituales. Todos esos individuos son estafadores que le roban a la gente los pocos dineros que tienen. Se valen de la crisis que vive el país; crisis también de fe, de cultura, de principios, de economía, de valores, de trabajo, de todo. Es descabellado ver algunas personas que, en lugar de ir a psicólogos o a la iglesia, prefieren acercarse a brujos y médiums, a gentes sin fe.

 

NOVIA: A mí me parece que todos esos sujetos son unos verdaderos “cafiches” de la muerte.

 

CURA: (Alarmado) Hija, no seas grosera en la iglesia.

 

NOVIA: Perdone, padre… Pero, le confieso que mi ira no es exclusivamente contra ellos…

 

CURA: ¿Cómo?

 

NOVIA: Verá…No sé si sea pecado lo que le voy a decir, pero no lo voy a ocultar…

 

CURA: Dime, con toda confianza, ¿qué más te ocurre?

 

NOVIA: Padre, usted sabe, soy devota de la virgen de Las Peñas; sin embargo, no puedo admitir que Dios haya sido tan cruel conmigo. Tengo un hondo dolor y - perdone mi franqueza - tengo un odio enconado  contra la decisión del Señor.  ¿Por qué me hizo infeliz?

 

CURA: Hija, tienes que entender que fue la voluntad de Dios. Tú terminaste tu labor en la tierra, y el señor te necesitaba más en su reino. No debes sentir rencor por su decisión.

 

NOVIA: (Exasperada) ¡No diga eso! ¡Es falso! ¡Dios es cruel! ¡Jamás pensó en mí y en mi novio! ¡Jamás pensó en el amor!

 

CURA: (Irritado) ¡Blasfema!... ¡La ira de Dios va caer  sobre ti! (  Le da una bofetada en la cara).

 

NOVIA: ¡Mierda!

 

(La mujer solloza. Pausa. Se enciende un cenital y canta el bolero “Nuestro Juramento”, de Julio Jaramillo. La actriz 2 le acompaña en el piano)

 

No puedo verte triste, porque me mata

Tu carita de pena; mi dulce amor,

Me duele tanto el llanto que tú derramas

Que se llena de angustia mi corazón.

 

Yo sufro lo indecible si tú entristeces,

No quiero que la duda te haga llorar,

Hemos jurado amarnos hasta la muerte

Y si los muertos aman,

Después de muertos amarnos más.

 

Si yo muero primero, es tu promesa,

Sobre mi cadáver dejar caer

Todo el llanto que brote de tu tristeza

Y que todos se enteren de tu querer.

 

Si tú mueres primero, yo te prometo,

Escribiré la historia de nuestro amor

Con toda el alma llena de sentimiento;

La escribiré con sangre,

Con tinta sangre del corazón.

 

(La luz en resistencia. Al instante, se escucha el sonido estruendoso de un descarrilamiento de tren. Se enciende un cenital en el área del piano. La actriz 2 luce algún elemento que simbolice a la muerte)

 

MUERTE: Que te llamen para un accidente ferroviario en el desierto más infecundo del planeta es un caso especial para mí. Sé que no es muy agradable ver a las personas desfiguradas entre hierros, pero tenía que estar ahí, porque esa es mi labor. Presenciar un suceso como ése tiene para mí un sabor nostálgico.

 

(Se enciende otro cenital. La actriz 1 representa a una periodista)

 

PERIODISTA: Fuentes policiales consultadas indicaron que, aparentemente, la locomotora número 104, con 30 carros planos y bodegas cargadas de salitre, en el tramo de Montevideo a Estación Central, en una curva muy cerrada y con un declive muy pronunciado, se le cortaron los frenos adquiriendo una velocidad endemoniada que provocó el descarrilamiento del tren y el fallecimiento de todo el personal compuesto por siete personas.

 

(Se enciende otro cenital sobre el actor que representa al ferroviario y se escucha una música suave de velorio)

 

FERROVIARIO: Habitualmente, la vida y la muerte se confunden en un solo silencio de extraña naturaleza. Cuando ya no queda ningún recuerdo, ningún objeto, ni siquiera las estrellas que te acompañaban en las sombras,  en aquel momento descubres que la arena del desierto invade hasta tu último rincón para decirnos que todo acabó… No hay miedo más intenso que la propia existencia sin forma, que el olvido de uno mismo, que la percepción absoluta nos deje sin nombre y sin espacio… ¿Qué quedará de ese camino recorrido si talamos los troncos de los árboles, si apartamos la mirada de la belleza, si ignoramos las ropas que nos han protegido, si lanzamos a la hoguera del tiempo nuestros viejos sueños?.

 

(Se desplaza y observa su ataúd y las mujeres que están alrededor del mismo)

 

FERROVIARIO: Es muy extraño ver su propio velorio. Observar cómo la gente habla de uno cuando ya no existe.

 

(Las dos actrices representan a mujeres que se encuentran en un velorio. Hablan con fingida pena)

 

SEÑORA 1: ¿Qué pasó?

 

SEÑORA 2: No. Nada. Sólo un imprevisto de última hora… Mi tío murió.

 

SEÑORA 1: ¡Qué lata!

 

SEÑORA 2: Sí. Es lamentable... Esta situación no estaba programada.

 

SEÑORA 1: ¡Resignación!

 

SEÑORA 2: Algún día lo volveré a ver.

 

SEÑORA 1: ¡Y era tan bueno!.

 

SEÑORA 2: ¡Era un santo!.

 

FERROVIARIO: (Ríe) Al final no hay muerto malo, aunque en su vida uno haya sido un cabrón.

 

SEÑORA 2: ¡No somos nada!.

 

FERROVIARIO: (Ríe) ¿Qué mierda quieren decir? Parece que a esa mujer le bajó el existencialismo en mi velorio.

 

SEÑORA 1: ¡A todos nos llega el momento, a todos!.

 

FERROVIARIO: (Responde a la mujer) Sí, pues. A todos nos llega la muerte. ¿Acaso te crees el retrato de Dorian Grey?… ¡Qué imbécil!... Pretende ser profeta.

 

SEÑORA 2: ¡Ya está con Dios!.

 

SEÑORA 1: ¡Qué Dios lo acoja en su seno!.

 

FERROVIARIO: ¡Sepan ustedes que yo no estoy con Dios ni con el diablo!. Estoy solo en mi cajón.

 

SEÑORA 2: ¡Pero, es increíble,  se está muriendo gente que no se había muerto nunca!.

 

SEÑORA 1: ¡Al final, no va a quedar ni uno!.

 

SEÑORA 2: ¡Cómo es posible si ayer no más lo vi!...

 

SEÑORA 1: ¡Yo conocía tanto a don Eulogio!

 

FERROVIARIO: ¿Así que usted me conocía mucho, no? … A ver, dígame  ¿qué equipo de fútbol me gustaba?... ¿Cuál era mi canción predilecta? …¿Cuál era mi comida favorita?... ¿Cuál fue mi primer “polvo” que tuve en mi vida?... La verdad que no sabe nada de mí… (Aparte) Metido ahí en el cajón me di cuenta cuáles eran las personas que realmente me querían en serio. Sin duda, eran aquellas que podían acercarse al ataúd y tomarme la mano; sonreírme con una complicidad como si me dijeran “nos veremos pronto”; son los que te acarician las mejillas frías y te miran en silencio, acomodándote, extrañamente,  el cabello. No son esos que dicen “gracias por venir”, como si el velorio fuera un espectáculo. Aún recuerdo mi velatorio. ¡Cómo lloraban!...Parecía que a todos les hubiera dado alergia. Tal vez los culpables de esa reacción fueron esos horribles gladiolos que había al pie de mi ataúd…Los que debían cumplir con sus amistades reían, charlaban, hacían chistes y contaban en secreto chismes de mí... Entre  tanto, mis familiares rezaban o no hacían nada.

 

(La actriz 1 cambia de personaje; ahora es una plañidera. Se arrodilla y golpea el pecho. Llora de manera histriónica. Paralelamente, la actriz 2, adopta  la actitud de otro personaje. Mujer 1 saca de un ataúd una corona y la coloca en el féretro del ferroviario. Después trae una jarra con agua y una flor. Extrae de unos de los ataúdes un frasco de desodorante ambiental y rocía el ambiente. Finalmente, desde un féretro saca un termo y una taza. Sirve café)

 

PLANIDERA: (Reza) ¡Ruega por nosotros!... ¡Ruega por nosotros!..

Dios te salve María, 
llena eres de gracia 
El Señor es contigo, 
bendita tu eres entre todas las mujeres, 
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María Madre de Dios, 
ruega por nosotros pecadores, 
ahora y en la hora de nuestra muerte, 
Amén.

 

(Contornea su cuerpo de la misma manera que una mujer poseída por una fuerza maligna)

 

FERROVIARIO: (Burlón) ¡Qué miedo!... Esta mujer parece que está poseída por el demonio (Ríe)… ¡Dios mío! ¡Se le dan vuelta los ojos!. Parece ánima en pena. Estoy seguro que todos los que están en el velorio van a tener pesadillas esta noche.

 

MUJER 1: Señora, tómese un cafecito que le va a venir bien…

 

(Le ofrece un café  a la actriz 2 que representa a otra mujer. Se lo bebe de un solo sorbo y le da una arcada)

 

FERROVIARIO: ¿Le va a venir bien? ¿Para qué?... para la gastritis. Ese café que sirven es de calcetines.

 

SEÑORA 2: Tenemos que decidir qué epitafio le vamos a colocar en su lápida al querido tío Eulogio.

 

(Saca de un ataúd unas placas escritas y las lee una por una. El ferroviario observa con actitud crítica)

 

SEÑORA 1: A ver qué te parecen estos: “Estoy aquí en contra de mi voluntad”... “Perdónenme que no me levante”… “Ven, cariñito mío. Aquí está tu papi”…”Te espero allá en el cielo, corazón”… “Voy y vuelvo”…”No tengo más que decir”…

 

FERROVIARIO: (Enojado) Son ridículos esos epitafios… Es mejor que diga: “Murió como nació, amando sus trenes”…

 

SEÑORA 2: Se me ocurre que al tío Eulogio, le gustaría que escribieran en su lápida: “Murió como nació, amando sus trenes”… Creo que esa frase está mejor…

 

(Una de las mujeres trae una caja grande. Ambas buscan, entre muchas fotos, una del difunto. Antes de finalizar el diálogo siguiente, colocan la imagen en un portaretrato sobre el ataúd del ferroviario)

 

FERROVIARIO: La patética ceremonia de mi funeral continuó con el llanto de una sobrina menor que estaba ubicada en un rincón del salón. Repentinamente, a la muchacha  le dio un ataque histérico, con hipos, mocos y jadeos, lo que obligó a algunas vecinas a sacarla del lugar y llevarla a reposar a otro sitio. Ahí mismo, le dieron para que bebiera “Agua del Carmen” y la consolaron. Mientras tanto, otras señoras se ocuparon de los parientes más cercanos, contagiados también por la crisis emocional. El ambiente era lacrimógeno; parecía un bar de “mala muerte”.  De pronto, aparecieron unos primos de segundo grado que en mi puta vida los había visto, y comenzaron hablar de sus éxitos en la vida, de sus mujeres y de sus autos… ¿Y el muerto? … La verdad que en ese momento nadie se acordó de mí… Pasé irremediablemente a un tercer plano. Me convertí en casi una mera decoración del lugar… Por lo demás, no tenía ninguna escapatoria, puesto que estaba muerto; así que con paciencia tuve que soportar toda esa morbosa escena, envuelto, además, en esa horrorosa mortaja, con esos tules que no sé de dónde salieron y unas tremendas coronas que equivalían a los egos de quienes las enviaron… Es habitual que al muerto se le encajona, se le acristala, se le tapa, se le camufla con flores y olores. La verdad es que a los muertos no nos interesa cómo son nuestros funerales. Las exequias suntuosas sirven para satisfacer la vanidad de los vivos…Hasta que llegó el momento de cerrar el cajón. ¡Por fin! –Exclamé satisfecho– ¡Se terminó el show!... Rápidamente se desenfundaron los pañuelos, y todos se alejaron para un costado. Por supuesto, igual le tenían algo de miedo al muerto. A la postre, vinieron unos fortachones que cargaron mi cajón, como si pesara menos que una bolsa de palomitas. De ahí, derechito me encaminaron al cementerio…

 

(Las dos mujeres levantan sin dificultad el ataúd y lo trasladan a otra área)

 

FERROVIARIO: Y como es habitual, comenzaron los melodramáticos discursos…

 

SEÑORA 1: (Retórica y llorosa)  El dolor nos rompe el corazón, pero las manos solidarias nos unen. Con las fuerzas de todos unidos, juntemos nuestras voces…

 

(Se quiebra teatralmente. El hombre le tapa con su mano la boca a la mujer)

 

FERROVIARIO: ¡Ya, basta!... ¡Para qué lloran tanto!... Al final, la muerte es algo fácil; la vida es mucho más difícil.

 

(Prende un cigarro. Lo aspira;bota una bocanada de humo y luego lo apaga en el piso. Acto seguido, relajado, pronuncia su discurso)

 

 

FERROVIARIO: Amigas, amigos y queridos familiares: Hoy parto a la eternidad; no tengo otra opción que morir como todos. Mi cuerpo se quedará en ese cajón para siempre. (Pausa) Exijo un minuto más de vida; me niego a realizar todo el proceso, pero,  dolorosamente, mi pasaje es sólo de ida. ¿Es posible que me den un segundo para seguir en la locura del existir y realizar las cosas que se han quedado dormidas en mi tintero? (Pausa)  ¡No!... Entiendo… Ya no se puede reclamar ni tampoco retroceder los minuteros del fatídico reloj. Sería un acto de cobardía de mi parte…Está bien. ¡No importa! Aunque me sentía realizado con mi vida y mi trabajo, acepto que la hora de mi partida llegue de esta manera, avisándome que mi cuerpo quedó aplastado entre los hierros retorcidos de mi querida locomotora, la “negrita”.

Sepan ustedes que  desde chico me gustaron los trenes, pero los de palo, de esos que echan mucho humo y hacen “chucu chucu”… Qué lindo era verlos maniobrar en la playa. ¡Qué lindos tiempos!... Ustedes me dirán que soy un viejo chocho, pero me trae recuerdos hermosos de mi padre, mi abuelo y tantos amigos. Todos nacieron y murieron ferroviarios.

Sé que en pocos días los gusanos invadirán mi nicho, y luego se introducirán en mi carne, devorando pies, piernas, pene, testículos, glúteos, brazos, tórax, labios, lengua, hasta mi próstata cancerosa. Por favor, que nadie me vea así. No abran jamás la ventanita del ataúd. Me parece bien la foto que eligieron; esa por lo menos disimula la crueldad de mi rostro.

Qué ningún desgraciado se atreva a traficar con mis órganos. No quiero que ni siquiera mis hemorroides se lo vayan a vender a un paciente rico y desesperado por seguir viviendo.

Les agradezco a todos la molestia por venir a despedirme. No quiero que sufran, especialmente mi compañera. Cómo me gustaría bañarme otra vez con ella en esa tina de aguas cálidas, y tomar nuestra última copa de vino. Y, por supuesto, ebrios de alegría, hacer el amor hasta al amanecer.

Por favor, devuelvan este ataúd; es muy caro; quedarán endeudados. Es mejor que me hagan otro más sencillo con las tablas de la casa de mi perro muerto.

No quiero misa ni que me santigüe el cura. Nada de formalismos cristianos para morir. Prefiero que toquen mi tango favorito: Pasional.

Quiero que a mi pareja, cuando dejé de existir, la sepulten al lado mío; así, podemos seguir haciendo el amor, revolviéndonos en nuestros ataúdes. Será un encuentro amoroso diferente, con juegos eróticos, necrófilos y vampíricos. No sé si aceptará; en caso contrario, me masturbaré observando su cuerpo helado y rígido. Prometo esperarla y no engañarla con ninguna túnica blanca, aunque se muestre “en pelota” ante mis cuencas vacías. Y cuando esté conmigo, no se les vaya ocurrir a nadie colocar el cajón de un ningún desgraciado a su lado, porque se puede enamorar de ella. ¡Celoso hasta la muerte!... (Ríe)  

 

(Ríe y luego se pone serio. Se toma con la mano la lengua y la boca)

 

FERROVIARIO: Ahora siento que la lengua de la muerte lame mis ínfimos hilillos de saliva, mezcladas con la oscura sangre que desciende de las comisuras de mis labios. Al fin llegó la inminente muerte de mi razón… ¿Después de esto habrá libertad?... ¿Veré a Dios?... No lo sé… Eso es un misterio aún para mí…

A mis amigos y seres queridos sólo me resta decirles algo que creo que es importante: el  tiempo pasa inexorablemente,  pero sólo lo hace sobre lo material, sobre los cuerpos; no dejen que lo sea inexorable dentro de ustedes, sus corazones y en sus mentes.

Creo es mejor que calle, porque si no dirán que hasta muerto hablé demasiado… Como dijo Gardel, no les digo adiós, sino hasta siempre, amigas y amigos…

 

(Aplaude. Se mete en el ataúd y cierra la tapa. Se escucha el estribillo de la “Marcha Fúnebre”. Vuelve abrir la tapa, saca su cabeza y sigue su diálogo)

 

FEROVIARIO: En este momento, escucho el ruido de las herramientas de los albañiles tapando el nicho; les juro que es para morir en el acto. Ahora mi vida, o lo que fue mi vida, se extingue en un cerrar de ojos. Mis esfuerzos por ser alguien en la vida, mis cuarenta años de trabajo en ferrocarriles, mis logros, los días cuidando a mi familia y todo se enterrarán definitivamente en esa oscura bóveda. Después vendrán los abrazos de despedida, las promesas de verse más seguido y las palabras de buena crianza. Mientras tanto, yo me quedo solo. Trataré de acostumbrarme a mi nueva casa.

 

(Proyecta su vista hacia el fondo de la escena)

 

FERROVIARIO: El nicho es realmente feo y muy oscuro. No tiene ninguna ventana para mirar, aunque sea para el patio; pero no puedo reclamar a nadie. Ahí deberé permanecer a perpetuidad… (Mira al cielo) Cayó la noche y los presentes se retiran presurosos y convencidos que están lejos, muy lejos de lo que le pasó a este humilde ferroviario.

 

(La luz en resistencia. Vuelve lentamente la luz. El actor y actriz 2 introducen en el ataúd el cuerpo de la actriz 1 que representa a la novia. La actriz 2 vuelve a caracterizar a la muerte y el actor a un viejo. Cierran la tapa del cajón, pero la novia la abre rápidamente)

 

NOVIA: Esperen. Antes de irme de este mundo, quiero que sepan algunas verdades.

 

MUERTE: Mejor no hables. Todo lo que digas puede ser usado en tu contra.

 

NOVIA: (Decidida) ¡No! Estoy dispuesta a decirlo todo y sin abogado presente.

 

MUERTE: Está bien, si tú lo quieres así. Entonces que quedé todo por escrito, porque las palabras y las promesas de amor se las lleva el río.

 

VIEJO: (Le corrige) El viento.

 

MUERTE: Da lo mismo. El río o el viento se llevan siempre todo. Espera.

 

(Va hacia un ataúd y saca un papel y lápiz. Regresa)

 

MUERTE: Habla. Tomaré nota de tu declaración.

 

NOVIA: Quiero denunciar a todos los negociantes de la muerte.

 

MUERTE: Esa afirmación es muy fuerte. Saldrá en primera plana.

 

NOVIA: No hagas comentarios. Escribe, no más y luego reviso. No quiero que después me saquen de contexto…Sigo… Con la muerte todos ganan: la funeraria, la prensa, la florería, el cementerio y hasta la banda de músicos.

 

VIEJO: Espera, te faltó mencionar a la iglesia. Ella es la que siempre gana la mejor parte, porque nunca te regala ni un padrenuestro.

 

NOVIA: Por favor, no ataques a la iglesia, pues desde que llegaron los españoles, los sacerdotes siempre han sido los que están en las cabeceras de los agonizantes.

 

VIEJO: Era lógico, ya que en esos años la iglesia se quedaba con todos los bienes de los muertitos… ¡No eran nada de tontos los curitas! …Pero no vayamos tan lejos; en nuestros días, cuando alguien se muere, su familia tiene que contratar los servicios de una capilla, pagar al cura por su misa, cancelar la interpretación del coro eclesiástico, hasta pasar su billete para que el alma del difunto no se vaya al purgatorio.

 

MUERTE: Yo tengo mil ojos y mil oídos…Y me enteré que un Arzobispado ofreció un servicio funerario completo que incluía ataúd, velorio, funeral, cremación, y el resguardo de las cenizas dentro de la parroquia más cercana a la casa del difunto. Todo por una módica suma, pagada en cómodas cuotas mensuales ¡Qué gente digo yo! ¡Ni siquiera yo cobro por traérmelo a este mundo!

 

NOVIA: Esas son habladurías de la prensa amarilla. No lo creo… Sigo con mi discurso…Quiero que quedé expresamente establecido en mi declaración que no deseo peleas en mi familia después que me metan al nicho. No tengo nada que dejarles, ni siquiera mi vestido de novia.

 

VIEJO: En eso estoy de acuerdo contigo, porque las “peloteras” por una herencia rara vez se superan.

 

MUERTE: Siempre aparecen viejas rencillas entre hermanos, reclamos de haber sido más o menos querido por la finadita.

 

VIEJO: Hay quienes se quejan porque se preocuparon más del finado, como un modo de ponerle precio a la atención que brindaron.

 

NOVIA: Yo no quiero que eso ocurra, porque yo no tengo que agradecer a nadie por ninguna atención, ni siquiera al enfermero que me trasladó a la morgue. Mi muerte fue súbita. Fue una buena muerte. Nada más.

 

MUERTE: No te preocupes, yo me encargaré personalmente que se cumplan tus últimos deseos. Y – como tú sabes -  a mí nadie me puede discutir.

 

(Le pasa la hoja escrita y un bolígrafo)

 

MUERTE: Toma. Firma ahí.

 

NOVIA: (Trata de leer) No leo bien las letras chicas.

 

MUERTE: Firma, te digo. Y  descansa en paz, de una vez.

 

(Le toma la mano a la novia y la hace firmar).

 

NOVIA: ¡No me cierren la tapa; sufro de claustrofobia!

 

MUERTE: ¡Chau!... ¡Sueña conmigo eternamente!.

 

(El viejo mete la cabeza a la novia casi obligada en el ataúd y la Muerte cierra la tapa)

 

VIEJO: ¡Uuuf! ¡Por fin!

 

MUERTE: ¡Qué alivio!... Ahora tendré que arreglar otra habitación en ala derecha de mi casa.

 

(El hombre mira con tensión a la Muerte. Habla enojado. La mujer responde con la misma energía)

 

VIEJO: Eres muy ladrona te quieres quedar con todo lo de la finada. No te acuerdas que yo fui el que recogió sus brazos y piernas destrozadas.

 

MUERTE: No te olvides que yo fui quien recogió sus vísceras y sus sesos.

 

VIEJO: ¿Y quién mantiene en una botella de alcohol su sexo?... ¡Yo, pues!

 

MUERTE: Pero, yo lavé con el mejor detergente su vestido ensangrentado.

 

VIEJO: Yo fui el que reconocí su cuerpo mutilado.

 

MUERTE: ¿Y quién la va cuidar ahora en el otro lado, ah?

 

VIEJO: Tú tienes una inmensa casa y yo arriendo, ¿cómo nos vamos a repartir lo mismo?

 

MUERTE: ¡Yo no necesito sus bienes! Si quieres te puedes quedar con ellos.

 

VIEJO: ¡Eres una mala hermana!

 

MUERTE: ¡Yo no soy la hermana de nadie!

 

VIEJO: ¡Eres una desgraciada!

 

MUERTE: ¡No sigas o te llevo de las patas!

 

VIEJO: ¡Ándate a la mierda! ¡No te tengo miedo!

 

MUERTE: Está bien. Esta noche vendré por ti.

 

(Los personajes se insultan con gestos groseros. La novia abre la tapa de su ataúd. Se detiene la discusión)

 

NOVIA: Es increíble, pero la gente al salir del cementerio se pelea por el botín. Y, a veces, ni siquiera es millonario, como una guerra por un anillo.

 

(Sigue la pelea del viejo y la muerte. Se dicen palabras ininteligibles. La luz en resistencia. Luego vuelve lentamente la luz normal. En esta nueva escena se encuentran sentados frente a la mesa-sarcófago, el actor que interpreta a un escritor ciego y la novia. La actriz 2 continúa caracterizando el personaje de la Muerte. Observa y pinta la escena en una tela)

 

ESCRITOR: ¿Cómo te llamas?

 

NOVIA: Gloria del Rosario… Me dicen Charito.

 

(La muchacha se acerca al hombre y huele intensamente su boca)

 

ESCRITOR: ¿Qué hueles?.

 

NOVIA: Su boca.

 

ESCRITOR: ¿Qué tiene mi boca?

 

NOVIA: Huele a muerte.

 

ESCRITOR: Perdón, sufro de halitosis.

 

(Saca un frasco de espray pequeño y se rocía la boca)

 

NOVIA: Disculpa, no me di cuenta que usted es ciego.

 

ESCRITOR: No veo, pero no soy ciego…

 

NOVIA: ¡Ah!

 

(No entiende)

 

ESCRITOR: Charito, ¿Cómo eres?

 

NOVIA: Soy joven.

 

ESCRITOR: ¿Edad?

 

NOVIA: 22 años.

 

ESCRITOR: ¿Cómo eres?

 

NOVIA: Ya le dije, señor.

 

FERROVIARIO: Me refiero a tu físico.

 

NOVIA: Soy de piel trigueña, cabello ondulado, oscuro…

 

ESCRITOR: (Interesado)  Sigue…

 

NOVIA: Tengo ojos color aceituna.

 

ESCRITOR: ¿Aceituna? ¿Qué color es ese?

 

NOVIA: Negro brillante, como las aceitunas de mi pueblo.

 

ESCRITOR: Espera. No sigas (Le palpa el rostro) Cabello ondulado, piel suave, ojos color aceituna. Tienes una belleza natural… ¿Por qué has recurrido a mí?

 

NOVIA: Para que me ayude…Es algo muy grave.

 

ESCRITOR: Si estás embarazada, no puedo hacer nada. Yo solamente soy un escritor.

 

NOVIA: Por eso mismo…Vea…Iré directo al grano…Quiero que escriba otra historia de mi muerte.

 

ESCRITOR: No entiendo.

 

NOVIA: Le explico: Los lugareños dicen que soy un fantasma que aparezco en la carretera en búsca de mi novio, y que mi espíritu no descansará hasta estar junto a él. Y –añaden - que si alguien siente mi presencia puede ocurrirle algo muy grave.

 

ESCRITOR: Cuando joven, pensaba que creer en fantasmas era una superstición que se alimentaba de la necesidad de vida eterna, y sublimaba una muerte inaceptable y aborrecible…No obstante, por mis posteriores estudios de literatura, descubrí que esa creencia es muy antigua; por ejemplo, los griegos creían que los que morían violentamente, o los que no habían sido enterrados debidamente, podían volver a la tierra.

 

MUERTE: Perdonen que me entrometa, pero debo decir que el cuerpo tiene energía, mucha energía. Einstein, un amigo muy loco que tengo, me decía que la energía se transporta.

 

ESCRITOR: Eso es cierto. Hoy en día, en el nuevo estado que habito, puedo comprender que cuando morimos nuestra energía puede tomar dos rumbos: quedarse en nuestro cuerpo o salir a otras dimensiones.

 

NOVIA: Según mi religión, el espíritu se va al cielo cuando obramos bien o al infierno cuando somos pecadores.

 

MUERTE: (Sonríe) El único mundo que es real es el mío: el de la muerte; los otros son meras creencias del hombre.

 

ESCRITOR: Muchas culturas antiguas  pensaban que la muerte no era más que un momento de transición entre el estado material y el otro estado posterior, que es estrictamente espiritual y mucho más inmaterial e invisible para el ojo humano. Igualmente, se tenía en cuenta que el ser humano podía cambiar de estado, pero que jamás moriría su conciencia.

 

NOVIA: ¿Es posible que me encuentre en otro estado?

 

ESCRITOR: Por lo que me cuentas, creo que sí. Eres una energía invisible. Según los especialistas en estos temas, la energía adopta diferente nombres, aunque siempre se refiere a la misma esencia espiritual: “Espíritu Santo”, “Alma”, “Soplo Divino”, “Divina Presencia”, “Chi”, “Ki” o “Prahna”. Puede desaparecer la materia, pero la energía siempre continuará con su existencia más allá del soporte físico que ocupó en la vida terrenal.

 

NOVIA: (Sin comprender) ¿Soy acaso una energía invisible?.

 

ESCRITOR: Charito, te reitero, antes la razón me decía: No existen los espectros. Esa es una invención del cine y la literatura. Me repetía: No hay prueba de eso; los videos que hay son un fraude y si vivieran tendrían que someterse a las leyes físicas del universo. Pensaba que eran simplemente mitos y bonitos cuentos para niños, como Santa Claus...

 

NOVIA: ¿Y usted en la anterior vida vio fantasmas?.

 

ESCRITOR: Bueno…Sí…Cuando comencé a perder la vista, mi cerebro  no estaba recibiendo todas las imágenes que antes percibía, y, a veces, veía nuevas imágenes fantásticas o antiguas imágenes almacenadas en mi cabeza y las experimentaba como si fueran reales.

 

NOVIA: No me refiero a esos fantasmas de su vista, sino sobre los cuales habla la gente.

 

ESCRITOR: Te explico: De acuerdo a estudios parasicológicos, en muchos casos, la conciencia de una persona fallecida puede  buscar la forma de permanecer en este mundo material, y así concretar lo que aún tiene por hacer. Quizás, porque tiene la necesidad de descargarse de algo que no puede llevarse, pues tiene la sensación o la seguridad de que no le es propio. Segúna esta teoría, el mal llamado fantasma es la conciencia que no se ha elevado todavía, y no ha salido totalmente de este mundo, permaneciendo tal como si estuviera “entre dos mundos”; es decir el mundo de los espíritus y el mundo terrenal.

 

NOVIA: ¿Eso quiere decir que soy un espíritu que está entre dos mundos?.

 

ESCRITOR: Creo que se dan todas las características de esa tipología.

 

NOVIA: Bueno, si es así, no quiero que la gente me vea como un fantasma que hace daño. No soy una sombra blanquecina que flota en el aire y que aparece en las noches de luna, haciendo ruidos con su voz. Es horrible que me  recuerden de esa manera tan tétrica y burda.

 

ESCRITOR: Comprendo. Pero, ¿qué puedo hacer yo?.

 

NOVIA: Usted como escritor puede estimular la imaginación de los lectores para que piensen  que finalmente encontré a mi amado y vivo feliz, igual que en los cuentos de hadas.

 

ESCRITOR: Eso es imposible…

 

NOVIA: (Se exaspera) ¡Entienda!...No soporto más está desdicha. La gente me ve por todas partes: en un sendero de España, en la Avenida Kennedy de Santiago, en una calle desierta de la Paz, Bolivia, o en algún recodo de la carretera hacia el Valle de Azapa. Claro, me han puesto diferentes nombres. Por favor, señor, quiero descansar en paz. ¡Ayúdeme!...

 

ESCRITOR: Comprende, por favor…Las creencias son pensamientos arraigados en la mente de las personas con una gran fuerza, y gobiernan sus valores y la  forma de ver el mundo.

 

NOVIA: Sí, pero, los escritores pueden influir en las mentes. Usted puede utilizar la fuerza de su arte para transformar la manera de pensar de la gente.

 

ESCRITOR: No se puede transformar las creencias con argumentos lógicos ni fábulas, sino con demostraciones prácticas que reemplacen esas creencias por otras más beneficiosas.

 

NOVIA: (Disgustada) Señor escritor, usted habla muy bonito, pero no me ayuda en nada... ¿Sabe una cosa?

 

ESCRITOR: ¿Qué?

 

NOVIA: ¿Por qué no reconoce que le falta la fuerza mágica de un escritor talentoso?.

 

ESCRITOR: Es mejor que te hagas asesorar por otro especialista. Yo no puedo ayudarte. Lo siento.

 

NOVIA: Yo lo siento mucho más… En todo caso, le dejo mi tarjeta por si cambia de opinión. No tengo duda; algún día nos encontraremos en la carretera, señor escritor.

 

ESCRITOR: Eso no va ser posible. Recuerda que no veo y también estoy muerto.

 

(Le deja una tarjeta. La luz en resistencia. Vuelve la luz. Ahora el actor representa a un joven insano. Imita el sonido de una locomotora)

 

JOVEN: ¡Uuuuuuuuuuuuu!... ¡Tuuuuuu!

 

(Con su voz imita el silbato de un tren. Ríe y habla a un personaje imaginario. Se siente un tren real que se acerca)

 

JOVEN: ¡Tío, tío! ¡Ahí viene el tren!. Lo voy a parar.  Tío, me voy a tirar sobre la línea y no me van a atropellar, porque soy “el máquina”.

 

(Ríe y se estira en el piso. Se siente el sonido de un tren que frena fuertemente)

 

JOVEN: Viste, tío, hice parar al tren. 

 

(Vuelve a reír. Saca de su ropa una locomotora de juguete y muñeco que representa a un hombre vestido de maquinista de tren).

 

JOVEN: Tío, no te enojes. Tú sabes que me gusta jugar a los trenes. Yo soy de la estación de “La Puntilla” y los trenes son mis amigos.

 

(Vuelve a repetir los sonidos del tren)

 

JOVEN: Todos los tíos maquinistas me conocen. Ellos se ríen de mis locuras…

 

(Le habla al muñeco)

 

JOVEN: Tío, ¿estás enojado conmigo? …Tío, ¿me quieres?… ¡Sí! Sé que me quieres… Tío, no estés tan callado. ¿Cuéntame, por qué te gustaron los trenes?

 

(Manipula el muñeco e imita la voz del ferroviario)

 

FERROVIARIO: No sé exactamente por qué motivo en mí nació ese amor por los trenes. Pero un día sentí una atracción muy grande y me propuse ser un maquinista

 

JOVEN: Eso quiero ser yo también.

 

FERROVIARIO: En 1914, cuando tenía 30 años de edad, entré a trabajar a la Empresa de Ferrocarril Salitrero. El primer día me convertí en un “carruncho”.

 

JOVEN: ¿Carruncho?

 

FERROVIARIO: Sí, un obrero que pone rieles y durmientes. Le llamaban durmientes, porque sobre esta madera descansan los trenes; éstas eran cargadas al hombro por varios obreros y se les ponía unos clavos inmensos a fuerza de machos. Después me mandaron a limpiar las máquinas con guaipe y diluyente. Así estuve seis meses.

 

JOVEN: ¿Y cómo llegaste a ser maquinista, tío?

 

FERROVIARIO: Espera hombre, no te apures. Después me pusieron a trabajar como fogonero o ayudante del maquinista. Mi trabajo consistía en echar carbón, revisar en la sala de maquinas cómo estaba el aceite, el combustible y el agua.

 

JOVEN: ¿Y tu máquina hacía “chucu-chucu”?

 

(Juega con la locomotora de juguete).

 

FERROVIARIO: Sí, mi máquina hacía “chucu-chucu”. (Ríe) Yo me sentía orgulloso de ser un "tiznado"…

 

JOVEN: ¿Qué es un tiznado, tío?.

 

FERROVIARIO: Un tiznado era un ferroviario que andaba lleno de manchas de carbón.

 

JOVEN: (Alegre) ¡Quiero ser un tiznado, tío!

 

FERROVIARIO: Entonces te pintaré la cara con carbón.

 

(Saca del bolsillo de su pantalón un pedazo de carbón y se pinta la cara. Ríe muy feliz)

 

JOVEN: ¡Soy un tiznado!... ¡Soy un tiznado!...

 

FERROVIARIO: Te cuento que muchas veces estos viejitos se quedaban con los carbones sobrantes y los vendían o regalaban en casas, restaurantes y hasta prostíbulos. La plata que sacaban les servía para comprar una Pilsen o una garrafa de vino.

 

JOVEN: Tío, convídame una Pilsen, tengo sed.

 

FERROVIARIO: No, tú no puedes tomar… Bueno, déjame terminar el cuento.

 

JOVEN: Sigue, tío.

 

FERROVIARIO: Después de algunos años de trabajo y estudios, me ascendieron a maquinista.

 

JOVEN: Tío, yo también quiero ser maquinista y manejar la locomotora así como tú.

 

(Imita sonidos de tren. Después detiene el tren)

 

JOVEN: ¡Tío, tío! Se me echó a perder la locomotora.

 

FERROVIARIO: Espera, te la voy arreglar.

 

(El muñeco hace algunos movimientos para arreglar el tren)

 

FERROVIARIO: Si quieres ser maquinista, tienes que saber todo de la “negrita”

 

JOVEN: ¿La negrita?

 

FERROVIARIO: Sí, pues, a la máquina hay que tratarla como mujer… ¡Ah!... Y cuando conduzcas a la “negrita”,  tienes que tener  siempre mucho cuidado. No olvides que la vía debe estar despejada.

 

JOVEN. Sí, tío. Tío, mira… hay gente que está cruzando la vía.

 

(Sigue jugando con el tren)

 

FERROVIARIO: ¡Toca la bocina!

 

(El muchacho hace el sonido de una bocina)

 

JOVEN: ¡Tuuuuuuuu!

 

FERROVIARIO: ¡Aprieta la palanca! ¡Aprieta el freno!

 

JOVEN: ¿Cuál, tío?... ¡Chuta!... ¡Oh!.. Tío, atropellé a un montón de gente.

 

(La locomotora se descarrila. El joven imita gritos de dolor de gentes. Se asusta)

 

FERROVIARIO: (Alarmado) Muchacho, tremenda embarrada que hiciste. Vez que es difícil ser maquinista.

 

(Joven solloza)

 

FERROVIARIO: Querido “Máquina”, tranquilo, por favor… En este trabajo siempre hay accidentes. Muchos de mis compañeros murieron en el tren, especialmente los palanqueros que trabajaban soltando los carros.

 

JOVEN: Tío, ¿usted atropelló a gente, así como yo?

 

FERROVIARIO: Sí. Tuve varios accidentes. Fueron terribles. Cuando me ocurrieron, no podía dormir muchas noches… Me sentía por largo tiempo con un sentimiento de culpa, sin ánimo para trabajar y muy nervioso…Los maquinistas vivimos con la muerte.

 

(El joven vuelve a tomar la locomotora y la hace andar)

 

JOVEN: ¡Tío, mire!... Mi tren camina derechito por la línea. Nada lo para… ¡Corre veloz!

 

FERROVIARIO: Sí. Es un gusano de luz, que arroja chispas y una inmensa columna de humo.

 

(Imita sonidos de tren. Acelera los movimientos)  

 

JOVEN: ¡Vamos trencito, corre rápido, como un rayo!… ¡Corre!... Trencito... Sigue, tenemos que llegar a la estación… ¡Cuidado!... Trencito no vayas a chocar… ¡Para!... ¡Trencito no puedo dejarte trencito!... ¡Nunca!... Estoy contigo  hasta la muerte… Si tú mueres; también muero… ¡Noooo!... ¡Dios, santo!... ¡Ayayay!...

 

(La locomotora choca con un obstáculo y el joven cae con su juguete. Gritos de dolor. Finalmente, se levanta con dificultad. Observa triste al muñeco caído en un rincón. El actor representa a los dos personajes, sin la participación del muñeco)

 

FERROVIARIO: A las 8 horas y 3 minutos, la neblina cubrió la máquina misteriosamente; después, se escucharon desgarradores gritos de sus tripulantes que desesperadamente golpeaban sus herramientas sobre los hierros para ahuyentar los malos espíritus, pero todo fue en vano; la muerte se había tragado a la “negrita”…

 

JOVEN: Tío, dime, ¿querías tanto a tu “negrita” para qué te mataras con ella?... Yo deseaba que nunca te murieras… Lo poco que me queda de ti es un abrazo de despedida… Me gustaría que volvieras a tu vieja estación, aunque sea por un momento... Tío, te quiero mucho…

 

(Lloriquea como un niño. Breve silencio. Finalmente, se sienta en el piso y sigue jugando con su locomotora. La luz en resistencia. Se vuelve a dar la luz y la actriz 2 interpreta a una psiquiatra. La actriz 1 actúa como novia)

 

PSIQUIATRA: Estimada Charito… ¡Qué gusto verte!... ¿Cómo estás?...

 

NOVIA: (Seca) Mal.

 

PSIQUIATRA: Por favor, recuéstate en el diván.

 

(La novia se recuesta en la mesa-sarcófago. Comienza a oler profundamente)

 

PSIQUIATRA: ¿Qué hueles?

 

NOVIA: Este diván huele a sexo…

 

PSIQUIATRA: ¡Aah! Sí... Acabo de hacer el amor con un paciente. Es parte de una terapia…Tú eres mujer y me entiendes; tanto tiempo sin pareja…

 

NOVIA: No me interesa su terapia erótica…Doctora, quiero que me ayude a resolver mi problema…

 

PSIQUIATRA: Toma.

 

(Le pasa un frasco de medicamento)

 

NOVIA: No. Le agradezco. Los medicamentos me estriñen y sufro de hemorroides.

 

PSIQUIATRA: Entonces, puedo aplicarte shocks eléctricos…

 

NOVIA: No. Gracias. Me pondrán los pelos en punta, como si estuviera saliendo fuego de mi cabeza.

 

PSIQUIATRA: Desde luego. No es adecuado para tu look de lugareña nortina.

 

NOVIA: Doctora, ya le he comentado en otras sesiones que tengo una terrible frustración…

 

PSIQUIATRA: ¿Por no haberte casado antes de morir?

 

NOVIA: Doctora, recuerde que ese tema, aunque con sufrimiento,  ya lo superé.

 

PSIQUIATRA: Disculpa, lo había olvidado. Es mi estrés laboral.

 

NOVIA: Lo que me provoca mucho dolor es que la gente piense que soy la causante de las muertes de inocentes.

 

PSIQUIATRA: Entonces, tendré que aplicar otra terapia: la regresión.

 

NOVIA: ¿Qué es eso?

 

PSIQUIATRA: Te lo explicaré en palabras sencillas para que me entiendas. Una regresión es conocer el pasado del paciente para mejorar su futuro. Es comprender al sujeto en su modo de actuar y buscar su estabilidad.

 

NOVIA: No entiendo.

 

PSIQUIATRA: Charito, con esta técnica vamos a volver al mismo momento en que te ocurrió el trauma. Tú misma vas a descubrir la verdad y te explicarás por qué la gente inventó tu leyenda.

 

NOVIA: ¿Es posible regresar al pasado de mi vida?

 

PSIQUIATRA: Indudable…Ahora relájate y mira fijamente este objeto hipnótico. Respira profundo por la nariz; aguante el aire y exhala lentamente por tu boca… Una segunda vez, respira más profundo, detén el aire y suéltalo por la boca… así... despacio…Descansa…Cierra tus ojos y descansa.

 

(Coloca cerca de los ojos de la novia un pequeño fémur que está sostenido por una cadenita. Lo mueve como un péndulo, con un suave vaivén. Se escucha una música de relajación. La novia cierra los ojos y al poco momento queda en trances).

 

PSIQUIATRA: Vamos a regresar en el tiempo y vas a recordar tu niñez… ¿Qué vez?

 

NOVIA: Me veo caminando en un poblado artesanal pequeño y hermoso. Hay  artesanías, esculturas de piedra, madera y metales. Son reproducciones arqueológicas, ocarinas y cerámicas.

 

PSIQUIATRA: ¿Qué edad tienes?

 

NOVIA: 18 años.

 

PSIQUIATRA: ¿Qué más vez?

 

NOVIA: Veo el cerro “Sombrero”. Hay muchos geoglifos. También observo muchas casas de madera, apoyadas en grandes piedras; están encaramadas en el lado de una colina. Ahí está mi casa. También distingo a mi familia; mis padres están felices y yo canto el bolero “El Juramento”.

 

PSIQUIATRA: Bien. Sigue describiéndome lo que aparece en tu caminar.

 

NOVIA: Estoy rezando en una capilla…Ahora, entra al santuario una procesión con la imagen de la Virgen del Rosario de Las Peñas. Hay una multitud de gente que reza con devoción… Unos enamorados se besan a escondidas… La gente habla; dice que la virgen crece cada año un centímetro, y que al principio era del tamaño de una paloma. 

 

PSIQUIATRA: Dime, ¿hay algo en esos años que te impida desarrollar todas tus cualidades y alcanzar tu felicidad?.

 

NOVIA: Un camión.

 

PSIQUIATRA: ¿Un camión?

 

NOVIA: Sí.

 

PSIQUIATRA: Está bien. Ya me explicarás lo del camión… Ahora dime, ¿qué año es?

 

NOVIA: 1956; octubre, para ser más precisa.

 

PSIQUIATRA: Muy bien. Fíjate bien, ¿cómo estás vestida?.

 

NOVIA: De falda oscura y una blusa floreada… Llevo puesto un chaleco de lana de alpaca.

 

PSIQUIATRA: ¿Qué más llevas?

 

NOVIA: Una maleta.

 

PSIQUIATRA: Recuerdas, ¿qué llevas en la maleta?.

 

NOVIA: Me parece un vestido de novia.

 

PIANISTA: ¿Por qué llevas ese vestido?

 

NOVIA: Me voy a casar en el Santuario Nuestra Señora del Rosario de las Peñas.

 

PSIQUIATRA: ¿Cómo te sientes en ese momento?

 

NOVIA: Feliz… Me espera mi novio.

 

PSIQUIATRA: ¿Qué edad tienes ahora?

 

NOVIA: 22 años.

 

PSIQUIATRA: Bueno…Ahora vamos a ver el origen de tu leyenda…Volvamos al camión… ¿Subes a él?

 

NOVIA. Sí.

 

PSIQUIATRA: ¿A dónde te diriges?

 

NOVIA: A Livilcar, en el Valle de Azapa para casarme.

 

PSIQUIATRA: Bien… ¿Qué hora es?

 

NOVIA: Es de madrugada.

 

PSIQUIATRA: ¿Qué más ves?

 

NOVIA: El camino está muy oscuro… Estoy sentada sobre un tablón, en la parte trasera del camión…Ahora estamos descendiendo por un difícil sendero, entre piedras, riachuelos y quebradas.

 

PSIQUIATRA: ¿Qué pasa en ti en ese momento?

 

NOVIA: Me siento muy ansiosa. Quiero llegar luego para encontrarme con mi novio y resolver los últimos detalles de la boda.

 

PSIQUIATRA: Bien…Ahora, vas a ir al momento cuando ocurre el suceso que te está afectando tu psiquis y que te ha dejado suspendida entre la vida y la muerte…Un, dos y tres…Llegas al instante de la tragedia… ¿Qué ves?

 

NOVIA: Un camión militar se nos viene encima… ¡Nos va chocar!… (Grita) ¡Noooo! …Siento que mi cuerpo sale disparado por los aires y caigo sobre unas rocas. Mi cabeza recibe un fuerte impacto y se destroza. (Grita) ¡Aaaay!...En un segundo pasa una película por mi mente; veo a mi familia, mi novio, la boda, a todos… Ahora reina la oscuridad. No recuerdo nada más…

 

(Se altera; llora y su cuerpo se retuerce) 

 

PSIQUIATRA: Calma, contrólate... Charito, cuando moriste, tu espíritu hizo un viaje a otra dimensión. No estabas vestida de novia…Debes comprender que lo que la gente habla es una historia inventada. No es lo que exactamente sucedió. Y para que la gente no vuelva a repetir que aún estás en tu tierra, debes extinguirte de sus mentes…

 

NOVIA: ¿Cómo?

 

PSIQUIATRA: Haciendo una acción beneficiosa….

 

NOVIA: No comprendo.

 

PSIQUIATRA: Tú eres para la gente – como dicen los Aymaras – una condenada.

 

NOVIA: ¿Condenada?

 

PSIQUIATRA: Tu muerte trágica te convirtió – de acuerdo a las creencias de tu pueblo –en un ser maligno. Te repito, si haces algo beneficioso puedes transformarte para esa gente en una animita que te venerarán por siempre…Bien, voy a contar hasta tres y diré la palabra esmeralda, y estarás totalmente afuera. Vamos…Un, dos y tres… ¡Esmeralda!

 

(La luz en resistencia. Vuelve la luz. La actriz 1 y el actor representan a ancianos. Ambos están arrodillados; prenden velas y colocan flores alrededor de los ataúdes. Rezan silenciosamente y se persignan. La actriz 2 interpreta  la Muerte. Se escuchan ladridos de perros cercanos)

 

ANCIANA: Charito, sé que tienes una nueva vida. No sé si sufres o eres feliz en el otro mundo, pero, sé que vives.

 

MUERTE: (Canta)

Caminante no hagas ruido,
Baja el tono de tu voz
Que Charito no se ha ido,
Solamente se ha dormido
En los brazos del Señor.

 

(Se da luz del cenital al hombre)

 

ANCIANO: Milagroso Eulogio, tú eres el único que puedes comunicarme con Dios. Sé que el Todopoderoso está muy cerca de ti.

 

MUERTE: (Canta)

Caminante no hagas ruido,
Baja el tono de tu voz
Que Eulogio no se ha ido
Solamente se ha dormido
En los brazos del Señor.

 

(Se da la luz del cenital a la mujer)

 

ANCIANA: Charito, vengo a ti, a rezarte por primera vez. Sé que estas flores no se secarán ni las velas se apagarán, mientras la justicia no castigue a los culpables... Tú me entiendes…

 

(Se da la luz del cenital a al hombre)

 

ANCIANO: Eulogio, tengo fe en tus poderes y sé que escuchas mis plegarias. Por eso, te prendo esta velita para que cumplas con mis ruegos.

 

(Se da la luz del cenital a la mujer)

 

NOVIA: Charito, mi hija estaba embarazada cuando la tomaron detenida. La mataron y la hicieron desaparecer, quién sabe dónde. Lo único que te pido es que me guíes hacia su cuerpo para darle cristiana sepultura.

 

(Se da la luz del cenital al hombre)

 

ANCIANO: Eulogio, recurro a ti, porque siento que sólo tú das sentido a mi vida, y también a mi cercana muerte… Eres la reafirmación que mi vida no depende del diagnóstico de un médico que me declara incurable. Sé que tú puedes provocar el milagro de sanarme y liberarme del dolor.

 

(Se da la luz del cenital a la mujer)

 

ANCIANA: No descansaré en mi vida hasta que pueda tocar con mis manos lo que queda de mi niña... La perdí muchos años y aún nadie ha podido decirme acerca de su paradero… Mientras tanto sus asesinos viven tranquilos con sus hijos y nietos… Charito, esos hombres visten uniformes, igual que aquellos que te cegaron la vida.

 

(Luz en resistencia. Vuelve la luz. La actriz 2 interpreta en piano una alegre Murga. El actor y la actriz 1 sacan rápidamente de algún sitio unas máscaras grandes, tipo cabezones, que se colocan en sus cabezas, con expresiones de muerte. Se oscurece el escenario y la única luz que existe es la que proviene de la lámpara con velas que está sostenida desde el techo. Esta escena es lúdica y festiva)

 

ACTOR:                     

Quiero cantarte, amiga,

Muerte incomprendida

Tú que llevas polvo

En tus venas encendidas.

 

ACTRIZ 1:                            

Tú que abres caminos,

Los caminos del misterio

Nos regalas vida,

Y ahora me siento dueño. 

ACTOR:

Madre generosa

Estás siempre presente

Qué sería de mí,

Condenado a vivir por siempre.

ACTRIZ 1:

No me dejes solo

Como un árbol sin raíces

Porque sería inútil

Vivir sin hojas ni frutos felices.

AMBOS:

Pero ¿Por qué nos llevaste?

¿Por qué a nosotros?

Tuvo que haber un motivo

Tuvo que haber una razón

¿Qué?

(Pausa. Esperan respuesta)

¡Ah!

Por nuestros pecados.

¿Cuáles son?

¿Qué hicimos?

¿Cuál fue el error?

Si amar con tanta entrega es un pecado

Si no puedes ver a un hombre apasionado

Te diremos una sola cosa

¡Llévanos, llévanos, llévanos, llévanos!

Pero nunca te ha dolido este costado

(Se toman con sus manos el corazón)

¡Llévanos, llévanos, Llévanos, llévanos!

¡No!

Mejor llévate al flojo y al explotador.

Que no trabajan ni saben de amor

¡Llévalos, llévalos, llévalos, llévalos!

.

 

 (La luz en resistencia. La música se mantiene por un momento. Se vuelve a dar la luz. Se encuentran la actriz 1 y el actor frente a una laguna virtual. La actriz 1 representa, a la vez, a una anciana, a su hija. El actor adopta la actitud del ferroviario. La Muerte interpreta en piano “Claro de Luna”, de Ludwig van Beethoven. La luz es tenue y de color azul. La actriz 1 ingresa a la acequia. Un cenital la ilumina sólo a ella)

 

HIJA: (Huele) Madre, aquí todo huele a podredumbre, a estiércol, a sangre coagulada, y a vísceras descompuestas. Escucho gritos e insultos; uno  de los tipos me levanta el antifaz. Yo estoy desnuda y atada. Me acerca el pene, mientras los demás me amenazan: “te vamos a pasar uno por uno, hija de puta”. Ahora golpean mi vientre de cuatro meses de embarazo, con sus puños enguantados…Yo prefiero una violación; la sentiría como algo más humano y comprensible que la tortura.

 

(Su cuerpo se retuerce como si recibiera una descarga eléctrica en todo su cuerpo y cae desmayada. Se escucha en off una risa burlona. La actriz estirada en el piso habla con una voz irreconocible)

 

HIJA: ¿Una risa?… ¡No!... Es una mueca para dar miedo de dolor o de rabia. No es risa…Prefiero morir, antes que vivir con este cuerpo, porque los perros aprendieron a asesinar y las perras a vengar…

 

(El cenital alumbra únicamente al ferroviario)

 

FERROVIARIO: (Furioso) ¡Cabro de porquería! …¡Te he dicho mil veces que no hagas huevadas!… ¿Qué es lo quieres? …¿Qué me echen de ferrocarriles?... ¡Maldita sea!... Esa estúpida manía que tienes de tirarte a la línea del tren…Uno de estos días va pasar la máquina por encima de tu cuerpo, y ahí vas a quedar hecho una mierda… ¡Esta es la herencia que me dejó mi hermana!…He tenido que criarte, alimentarte y además aguantar todas tus locuras…

 

(El cenital ilumina a la madre)

 

ANCIANA: Hija, al despertar en aquella madrugada por los ruidos de los camiones y las presurosas botas militares, vi, por última vez, tu silueta reluciente en el umbral de nuestro hogar. Lucías bella e indefensa como el primer día de vida… Tus jóvenes labios se encresparon con una mueca de dolor… No lloraste… No suplicaste…Acallaste los gritos de tus raptores con el intenso fulgor de tus ojos... Aún resuenan en mis oídos tus palabras: Madre te amo… Luego apagaste tus ojos y congelaste tu sonrisa infantil... Tu imagen se la llevó el viento helado que penetró como si fuera una lanza traidora en mi corazón… ¡Cómo siento tu ausencia! ¡Cómo me invade el invierno! ¡Cómo el mundo parece tan vacío y sombrío!… ¡Cómo me faltas, y cómo te añoro! ¡Cómo en las sombra y en la luz te recuerdo y gimo!

 

(La mujer hace un movimiento con sus brazos, como si levantara desde las aguas a una persona. Una luz fuerte ilumina a la mujer. Su rostro resplandece de alegría)

 

ANCIANA: Hija, en este momento percibo que la brisa juega con mis cabellos; pienso que es el cariño de tu manos en ellos…Por fin, llegan  a acuerdo todas las potencias infernales y celestiales, y te devuelven a tu colmena de sueños y amor.

 

(Cambio de luz. La mujer sale del lago y se dirige hacia un ataúd que aún permanece con la vela encendida; se arrodilla y reza brevemente. Termina la música de piano. Luego, se levanta y adopta las actitudes de tres mujeres distintas)

 

DEVOTA 1: Charito, animita milagrosa; mil gracias por el favor concedido…De ningún modo olvidaré tu bondad. Mientras tenga vida, vendré todos los viernes a prenderte una velita.

 

(Saca de sus vestimentas una foto que deposita a los pies del ataúd)

 

DEVOTA 2: Charito, mi santita…Aquí te dejo un regalito. Es la imagen de la Virgen del Carmen; a través de sus ojos siempre te veré a ti.

 

DEVOTA 3: (Lee una carta)  ¡Hola, Charito!.  Aquí estoy con mi esposo y dos de mis 11 nietos. Ellos - hace meses - que no vienen a verte, porque estaban viviendo en otra ciudad. Te traigo agua; nos es mucha, pero alcanza para regar las plantas. Ayúdame Charito, A conservar mi trabajo, y yo siempre vendré a visitarte hasta el día que Dios me recoja y deje esta vida.

 

(El actor ingresa a la laguna. Imágenes fantasmales surgen en el entorno)

 

FERROVIARIO: Cuando me ocurrió la desgracia, sentí que mi cuerpo explotó en millones de partículas incandescentes y una energía tan fuerte como mi locomotora se remontó libremente por unas vías oxidadas, hacia una montaña pintarrajeada de colores verde, amarillo, azul y rojo… Miré hacia adelante y, justo enfrente, en lo negro, se iluminó un rostro de una mujer soñada. La imagen fue momentánea; tras los ruidos ensordecedores de hierros que se retorcían, empecé a separarme de ella…

 

(Aparece al frente del hombre, la pianista que extiende sus manos para abrazarlo, pero no lo alcanza. La imagen de la mujer se diluye, como un fantasma)

 

FERROVIARIO: Al instante, en un túnel iluminado por una luz resplandeciente, observé a todos a quienes quería... También te divisé a ti, sobrino; más exaltado que nunca.  Estabas con tu trencito reluciente, flotando en la “camanchaca”… Rápidamente, te vi escondido como un ratoncito en las bodegas de los trenes muertos y vacíos… Después, acompañabas a mis viejos compañeros a jugar dominó eternamente…Al rato, te distinguí en la vieja casa de humos y pitazos, de carbones y penurias… (Sonríe) Le tirabas el pelo al mundo. Te reías de las viejas costumbres y revolucionabas el orden de toda la vecindad… (Transición) Sobrino, si en tu mundo puedes escucharme, quiero decirte que me perdones por lo rudo que fui contigo.


           
(En el fondo del escenario, se ve una sombra resplandeciente de un muchacho que juega con un tren de juguete)

 

FERROVIARIO: (Sonríe) Veo que aún esperas que regrese en mi “negrita”… Abre los ojos… Despierta de tu sueño eterno…Aquí estoy nublado por el humo de mi vieja locomotora…He vuelto… ¡Acércate!… Aquí está tu tío…No tengas miedo…No te voy a regañar… Vine para entregarte un regalo. Sé que te va a gustar…

 

(Se saca el sombrero de maquinista y lo deja caer suavemente a las aguas)

 

FERROVIARIO: Toma, este sombrero de ferroviario es mi humilde equipaje de amor jamás olvidado…Regresé, también, para decirte algo importante que nunca me atreví a expresarte… (Pausa) ¡Te quiero!... ¡Sí!... ¡Te quiero!.

 

(El hombre sale del agua y adopta la actitud del joven insano. Se coloca la gorra y saca de su ropa el tren de juguete)

 

JOVEN: Tío, tú eras bueno, pero un poco cascarrabias…Igual, te quise mucho…

 

(Da un beso a un personaje imaginario)

 

JOVEN: Tío, donde te encuentres, quiero darte las gracias. Me gusta mucho este sombrero de maquinista que me regalaste. (Contento) Ahora, me siento maquinista… (Orgulloso) ¡Soy maquinista!...Tío, voy recorrer el mundo con tu “negrita”… Llevaré en tu tren a todos los niños, los viejos, las mujeres, los enfermos, y a los muchachos como yo…Todas las estaciones volverán a llenarse de gente: con sus canastas y maletas repletas de cosas lindas.

 

(Ríe gozoso. Vuelve a desdoblar personajes)

 

FERROVIARIO: ¿Listo para partir?

 

JOVEN: Sí, tío.

 

FERROVIARIO: ¡Échale más carbón a la negrita!

 

(Se siente el sonido de un tren que va a partir. El mismo actor realiza movimientos imaginarios de echar carbón a la locomotora)

 

FERROVIARIO: ¡Déjala que respire!

 

(Se escucha el sonido del vapor que sale de máquina)

 

FERROVIARIO: ¡Dale un pitazo!

 

(Se escucha sonar el pito del tren)

 

FERROVIARIO: ¡Aguarda!

 

JOVEN: Todo bien, tío... La línea está despejada…

 

FERROVIARIO: ¡Avanti, negrita!

 

JOVEN: ¡Avanti!

 

FERROVIARIO: Seremos dos “tiznados” locos y libres, dispuestos a conquistar el desierto... ¡Avanti!... ¡Avanti!...

 

(Se escucha la locomotora partir de la estación. Los personajes están dichosos. La luz en resistencia. Transición. Se escucha en off un ruido ensordecedor e indescriptible. Gritos llenan el espacio. El escenario se ilumina con una luz etérea. La actriz 1 y el actor yacen en el suelo. Una luz incandescente ilumina momentáneamente a los dos cuerpos. Se levantan y observan confundidos el espacio.  La actriz 2 se aproxima hacia el piano y toma dos copas de arcilla que están sobre el instrumento musical. Les invita a beber a los dos personajes. Beben calmadamente e ingresan a un estado de trance. La actriz 2, mientras desarrolla su texto, danza por el espacio con movimientos sutiles).

 

ACTRIZ 2: Beban Ayahuasca, la soga del alma que nos lleva al mundo de los espíritus. Saboreen y develen el misterio de la vida y de la muerte. Sueñen despiertos y aprendan a conocer su nueva dimensión, no con el cerebro sino con el corazón… (Voz de ritual) ¡Oh Madre Ayahuasca!, espíritu de todos los espíritus; te ruego que les muestres a estos seres el camino de ida y el de vuelta; el camino de la tierra al cielo y el del cielo a la tierra; lo que esté abajo, ponlo arriba; lo que crean que está adentro vuélvelo afuera; lo que piensen que es importante, haz que lo desestimen y aquello por lo que no dan nada, lo vuelvan sagrado… ¡Ayahuasca!... ¡Ayahuasca! …Llévalos a volar al infinito.

 

(La actriz 1 se coloca sobre su cabeza la toca de novia y el hombre el gorro de ferroviario. Se desplazan en círculos lentos por el tablado. Debe dar la sensación que  ambos flotan en el aire. Se escucha una música de frecuencia muy baja. Vuelve a surgir el efecto de luz incandescente que cruza sorpresivamente los cuerpos)

 

ACTOR: El agua se evapora de mí; todo se hace quebradizo; debo oler mal. Mi piel se va apretando sobre mis huesos; debo tener un aspecto tétrico. Nunca adelgace tan rápido; el pantalón me queda flojo ya; me resigno y cedo al olvido. Las uñas y el pelo siguen creciendo. Me pregunto ¿cuál será el punto exacto donde termina la vida y comienza la muerte?[11]

 

ACTRIZ 1: La muerte nos acaba de alcanzar y nuestros cuerpos se agotan de vida. Este es el instante crucial en donde nuestra existencia llega a su fin, es el que tratamos de capturar en su huída. La luz de la vida nos atraviesa y nos deja inertes. Estamos en un lugar eterno, etéreo y volátil.

 

ACTOR: Volvemos a un espacio incierto; casi onírico. El cuerpo flota ingrávido en el vacío. Puede ser un lugar previo a la vida, o podemos estar en un lugar donde desaparecemos al fin; un lugar casi cósmico.

 

(Un cenital proyecta una luz roja; es un mar de sangre relumbrante que invade lentamente todo el escenario. Dos cordeles invisibles caen del techo; los dos actores se sostienen de ellos y son tirados hacia cielo. Apagón repentino. Silencio total)

 

 

 

TELON

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Iquique, verano 2011

 

 

 

 

 

 

 

 

(Lengüeta portada)

 

Iván Vera-Pinto Soto.

 

A la altura de su vida (56 años), escribir obras de teatro se ha convertido para este teatrista y pedagogo iquiqueño en un oficio pasional, el cual le es imposible postergar exclusivamente para los tiempos de ocio y los espacios de repentinas inspiraciones. Desde el año 2007 en adelante, sus obras (hoy día van por una decena), enmarcadas en el llamado Teatro de la Memoria, se han sucedido una tras otras, sin descanso ni letargos.

Es un creador que – en la misma línea de Jorge Díaz - no se considera dramaturgo ni escritor, porque siente que esos patrimoniales títulos son propios de seres talentosos. Por el contrario, él es un personaje retraído y deliberadamente alejado del coloquio social y la presuntuosidad artística. Vive simplemente preocupado de trabajar en la soledad de su “bunker” y en el proceso escénico de sus representaciones; sin la preocupación de ser reconocido socialmente ni menos para satisfacer la demanda de textos dramáticos de su propio equipo, al que dirige desde hace 32 años (Teatro Expresión). 

Sus piezas escénicas constantemente apelan a la memoria, a la historia local, a los conflictos sociales, a los protagonistas de hechos históricos que han sido olvidados intencionadamente por las letras oficiales, pero que, sin embargo, subyacen en el imaginario colectivo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(Lengüeta contraportada)

 

Otras obras publicadas por el autor:

 

·        “Coruña, la Ira de los Vientos”, 2007.

·        “Bolero de Sangre”, 2008.

·        “El Último Cuplé del Emperador”, 2008.

·        “La Siniestra Historia del Señor De Lara”, 2009.

·        “Testimonios del Teatro Expresión: 30 años de pasión”, 2009.

·        “La Pasión del Sastre”, 2009

·        “Llegó con tres heridas”, 2010.

·        “Delirio”, 2010.

·        “El Despertar”, 2010.

 



[1] GÓNGORA, Mario. 2003. Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX. Editorial Universitaria. Santiago de Chile, pág. 63.

 

[2] VITALES, Luis. 2000.  “Intervenciones militares y  poder  fáctico en  la  política chilena (de 1830 al 2.000)”. Consultado el 3 de agosto del 2007.En  http://mazinger.sisib.uchile.cl/repositorio/lb/filosofia_y_humanidades/vitale/obras/sys/bchi/j.pdf, Visitado el 4 de febrero del 2010. 

[3] BENGOA, José. 2000. Historia del pueblo mapuche. Siglo XIX y XX. Editorial Lom. Santiago de Chile; VITALES, Luis. 2000.  “Intervenciones militares y  poder  fáctico en  la  política chilena (de 1830 al 2.000)”, pp. 18-21.

[4] DEVES, Eduardo. 2002.  Los Que Van a Morir te Saludan.  Editorial LOM. Santiago, Chile, pág.192.

 

[5] González, Sergio 2007. Ofrenda de una masacre, claves e indicios históricos de la emancipación pampina de 1907. Editorial, Lom. Santiago, Chile.

 

[6] FOERSTER, Rolf. 1993. Introducción a la religiosidad mapuche. Editorial Universitaria. Santiago de Chile; BENGOA, José. 2000. Historia del pueblo mapuche. Siglo XIX y XX. Editorial Lom. Santiago de Chile.

[7] BLOCH, Ernest. 2004. El principio de la Esperanza. Vol. I. Editorial Trotta. Madrid. España; MARCUSE, Herbert. 1970. “La ideología de la muerte”. En Ensayo sobre política y cultura. Ediciones Ariel. España, pp. 183- 204; DERRIDA, Jacques. 2006. Dar la muerte. Ediciones Paidos. Barcelona; ELIAS, Norbert. 2009. La soledad de los moribundos. FCE. México; LEVINAS, Emmanuel. 2008. Dios, la muerte y el tiempo. Edición Cátedra. Madrid.

[8] WESTHEIM, Paul. 2005. La calavera. FCE. México; LOMNITZ, Claudio. 2006. Idea de la muerte en México. F.C.E. México; PAZ, Octavio. 2006. El laberinto de la soledad. Posdata. Vuelta a el laberinto de la soledad. FCE. México.

 

 

[9] MARCUSE, Herbert. 1970. “La ideología de la muerte”. En Ensayo sobre política y cultura. Ediciones Ariel. España, pp. 225.

 

[10] Soliloquio de Fedra

[11] Arturo Accio – “Poesías Negras”

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