MEMORIAS DE UN SALTIMBANQUI
Iván Vera-Pinto
Soto
Con enorme
satisfacción recibí de manos del teatrista Guillermo Ward la obra “Vida, pasión
y muerte de un saltimbanqui”, la cual se adscribe a la línea de rescate y
revalorización de la memoria del teatro local. En esta nueva propuesta. el
artífice esgrime acertadamente la técnica del collage, basada en una
recopilación de crónicas de prensa y entrevistas, con la cual construye algunos
pasajes importantes de la vida de quien fuera una de las figuras teatrales más
reconocidas de Iquique del siglo XX; ciertamente me refiero a Guillermo “Willy”
Zegarra.
A partir de las
disímiles percepciones y opiniones que entregan algunas personas que estuvieron
ligadas a este ser excepcionalmente empático y generoso; el autor devela una
sorprendente biografía, salpicada por un sinnúmero de aventuras, peripecias,
anécdotas, fantasías, pasión, sueños y amor.
Este meritorio
aporte literario es indiscutiblemente un emotivo y particular tributo de Ward a
ese buen hombre de pelo cano, sonrisa ancha, apariencia excéntrica y mirada
pícara que a muchos iquiqueños cautivó y que, sin ninguna ambición, logró
convertirse en el “tambor mayor” del arte local.
Sin temor a
equivocarme, la figura de don “Willy” se adscribe a lo que se denomina “mito
urbano”, es decir a esa historia supuestamente verdadera, casi teatral, que se propaga
de boca en boca. Y que, por lo general, resulta entretenida, a veces rozando en
lo increíble, y que nadie puede explicar cómo nació. Al respecto, Sergio
González explica que don “Willy” “recién cobra importancia a su regreso a
Iquique, después de su vuelta de Venezuela, no antes, y se construye un
personaje, se reconstruye a sí mismo”. Fue así que por medio de sus relatos y
de algunos pampinos antiguos, se comenzó a redescubrir a uno de los íconos del
teatro pampino.
Otro aspecto
que tal vez contribuyó a la formación de esta leyenda es su vida personal, colmada
de aventuras y galanterías, inclusive hasta los últimos días de su existencia.
Bernardo Guerrero comenta: “su vida cotidiana era una puesta en escena. En él
se mezcla alegremente la persona con el personaje. El resto lo puso el público,
como en toda obra de teatro”.
Pero no se crea
que don “Willy” era una simple máscara; por el contrario, María Isabel Villalobos lo recuerda como “Un
hombre niño quizás, que vio la vida como un escenario, que siempre jugó a ser
él mismo…”
Personalmente
creo que la apreciable herencia que nos dejó y que nos obliga a poner en valor,
es su inmensa generosidad. Su filosofía de vida consistía en darlo todo por el
otro, darlo todo por el teatro, darlo todo por un ideal y darlo todo por un
sueño imposible. Este noble ejemplo vivirá por siempre en nuestra memoria
emotiva y en el imaginario popular.
Acertadamente
Ward afirma que esta historia debe contarse, “más allá de la anécdota, del
personaje, del mito, de la caricatura, porque es la memoria de un hombre que
fue persona, actor, público y escenario”.Es la fábula de don “Willy”, un hombre
inmensamente apasionado que sembró trigo
en su tierra, esperanzado en cosechar dichas y buenos recuerdos. Y aunque haya
enrumbado vuelo con su mágico carrusel a otros escenarios, creo que siempre nos
estará alentando con su extraordinario espíritu humanista.