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DRAMATURGIA Y NARRATIVA DE LA MEMORIA
BLOG DE IVAN VERA-PINTO SOTO
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29 de Noviembre, 2015    General

El sufrimiento es un engendro parido en nuestra mente

El sufrimiento es un engendro parido en nuestra mente

 

Iván Vera-Pinto Soto

Antropólogo Social

Magíster en Educación Superior

Dramaturgo

 

 

Un día, un hombre que se sentía muy atormentado se interrogó: “¿Por qué las aguas turbulentas aún no terminan por ahogarme definitivamente?...  ¿Por qué los que me detestan no me lapidan finalmente en la plaza principal?.... ¿Por qué los gatos de la noche no son capaces de cerrar de una vez por toda la claraboya que filtra un pequeño haz de luz en mi soledad?... ¿Por qué el cuchillo de mi niñez no solamente me rebanó el dedo, sino también la mano, el corazón y la razón?... ¿Por qué los pasillos lejanos e intrincados no me llevaron remotamente de las manos protectoras?...¿Por qué el pedrusco lanzado a mansalva no destruyó mi cráneo y me sepultó en las calles de tierra?... ¿Por qué el clavo maldito no perforó mi ojo hasta dejarme con la cuenca vacía?...¿Por qué las piedras que me lanzó el Dios furioso no pulverizaron mis uñas y todas mis extremidades?” – Y concluyó – “Es probable que si hubiese ocurrido lo peor habría sido mejor para mí; habría encontrado paz en la oscuridad o en la nueva claridad.”

¡Qué funestos pensamientos!...Pero, a su vez, podemos reconocer qué es muy humano pensar y sentir de esa manera. ¿Para qué nos vamos a privar de rebelar nuestras sensaciones, si ellas existen y viven cada día y cada noche en nosotros? ¿Es que acaso a veces no hemos anidado ideas oscuras en nuestras cabezas? Claro que sí. Ellas persistentemente nos dejan en vigilia. ¡Qué espanto! Frecuentemente tememos decirlas ya que los demás nos pueden juzgar de locos, asesinos, perversos o degenerados. Posiblemente el mejor camino para liberarse de las mismas sea a través de la catarsis. Qué bien hace “vomitar” lo que nos molesta y angustia. Qué bien nos hace exponer libremente nuestros pensamientos negativos, para reconocerlos y tratar de abordarlos, especialmente cuando ellos nos sumergen en el lodazal.  ¿No es algo parecido lo que hace el psiquiatra cuando nos tiene bajo su lente? 

Una vez escuché un comentario de un amigo: “Nací del dolor, me alimenté con el dolor secreto y en el tiempo esa sensación se convirtió en un invisible y maligno manto de sufrimiento, que siquiera los cariños maternos y los sabios consejos lograron apaciguar.” Después, confesó: ¿Lo que digo será cierto o es una simple invención de mi mente fantasiosa e inmadura?”

Sin lugar a dudas, a veces se confunden las fronteras de lo real y lo imaginado. También puede ocurrir una combinación extraña de ambas dimensiones... Bueno, ahora no voy a profundizar sobre eso, ya que es muy complejo y no tiene mayor significado para esta elucubración. Pese a ello, creo que cada cual sabe cómo sabe el vino en su paladar. Para algunos puede tener un gusto profundo y embriagador; para otros, en cambio, puede arder en la boca y convertirse en un veneno para su hígado. Sólo tú, sólo yo, sabemos qué pasa en nuestra mente, qué nos hace mal y qué nos daña por dentro y nos corroe los intestinos. En el fondo, cada cual sabe qué nos hace sufrir, a pesar que en algunas oportunidades no seamos capaces de distinguirlo.

En determinadas personas el sufrimiento puede llegar al extremo de transformarse en una especie de ser malévolo que subrepticiamente se aferra a su alma, incluso esta percepción puede sobrevenir hasta en ocasiones inocentes y puras. Una vez engendrada, aunque quieras arrancarla de tu piel no puedes porque se ha surtido con ella. Ni las lumbreras, alquimistas, gitanos y doctores podrán liberarte de sus cadenas, condicionalmente éstas pasan a formar parte de tu sangre, de tu ADN. Es un peligroso virus que comienza a devorar centímetro a centímetro tus arterias, las hace añicos y termina por esclavizarte entre sus rejas incorpóreas. Penosamente, cuando vives aquello sueles no encontrar ninguna salida. Aparentemente nada te puede curar. Inclusive, aunque te aconsejen que desterrando las causas del pasado te vas a redimir. Por lo demás, sin ser especialista, tengo mis dudas que exclusivamente con ese procedimiento se alcance el alivio definitivo.  Lo cierto, es que a veces es muy fácil  aconsejar cuando se está al otro lado de la vereda. Hay que estar en los zapatos del otro y ser mucho más empático para juzgar o intentar orientar.

Hay momentos que probablemente se atenúa esa sensación hiriente, pero cuando menos lo esperas te vuelve a enterrar su puñal profundamente hasta hacerte perder el juicio. Qué insólito es todo eso, ¿no? Por otro lado, qué débiles somos las personas, ni siquiera tenemos un mínimo de arrojo para contrarrestar a ese látigo que flagela la piel. Hay situaciones en que los miedos, los deseos, las frustraciones y hasta las palabras hirientes que sufriste en la niñez te pueden paralizar y trastocar la mente de por vida.

A su vez, te hallas con la impresión que mientras existas el sufrimiento reinará en ti, porque te das cuenta que no es algo objetivo o real que lo puedas eliminar o exiliar fácilmente de tu territorio. Es más bien una suerte de maleficio que surge desde las sombras y entierra su lanceta venenosa en tu espíritu. Luego, con una velocidad sorprendente, se apodera de todas tus fuerzas y te doblega hasta hacerte caer de rodillas en la desesperación.

Es muy factible que la ciencia defina con cierta exactitud lo qué es el sufrimiento y que los médicos también aconsejen formulas claras para desterrarlo...Pero, ¿por cuánto tiempo el tratamiento mantendrá sus efectos?... Uno sabe en su fuero interno que nada de lo que te aconsejen o te prescriban será contundente, pues a la vuelta de la esquina otra vez el sufrimiento te va envolver en su capa y violará tu moral ingenua, debajo de su oscuro puente.

Acaso el sufrimiento no venga de otro lugar como de vez en cuando se observa, sino que nace en uno y únicamente uno es el responsable de que le hayan crecido garras, dientes filosos y una estampa terrorífica. ¿Qué hacer, entonces?... ¿Dejarme doblegar? ¿Perecer con él? ¿Combatirlo hasta morir en la lucha?... ¿Qué hacer?...

De seguro, en ese estado,  sería mejor dejarse arrastrar por una corriente marina que nos lleve lejos, despojándonos de los deseos y apegos que nos hacen sufrir y nos atormentan. Quizás resulte más beneficioso no ansiar obligatoriamente la felicidad. A veces es mejor no hacer tantos esfuerzos para obtenerla, especialmente cuando uno va remando a contramarea, pues cuando no somos capaces de lograrla sentimos una terrible desilusión. Especular mejor que nada es eterno, ni siquiera el amor, salvo que éste sea verdadero. En cuanto uno apetece algo compulsivamente, uno se expone al desencanto de no conseguirlo. En esa situación el deseo se convierte en una imagen que construimos en nuestra mente, pero que realmente no existe, entonces cuando está muy lejana se convierte en una daga que penetra nuestros sentidos y corazón, trasladándonos al mundo del padecimiento.

Pero qué pasa en otros casos, por ejemplo, cuando hemos perdido algo valioso o un ser entrañable ha fallecido. Por supuesto, también sentimos dolor profundo y si no lo sabemos tratar a partir de nuestra conciencia podría transformarse a larga en un sufrimiento permanente. En ese contexto, todos nuestros comportamientos y entorno comienzan a teñirse con un tinte oscuro. Cuando arribamos a ese trance acostumbramos a perder el sentido de lo que hacemos; todo se vuelve insustancial y una pesadez nubla nuestra visión de las personas y de las cosas que nos rodean. La verdad es que si estamos en ese aprieto es muy poco probable que podamos solucionar nuestros problemas y se generen otros conflictos en nuestras relaciones interpersonales y con el entorno que nos envuelve. Así, será muy factible que caigamos en un callejón sin salida, pues, al final, la angustia es una expresión de mí no aceptación, así que no resolvemos nada.

De ahí, estimo, que es importante conocernos profundamente. Cavilar en nuestras debilidades, limitaciones y problemas que nos aquejan. Por ello es importante tener  la voluntad para cuestionar nuestras presunciones y deseos que están enquistados en nuestros cerebros. Desbloquear las barreras psicológicas que nos impiden crecer y resolver los conflictos personales. Distanciarnos de los problemas e intentar ver la claridad en la espesura del bosque. Eventualmente, de esa manera, podemos lograr nuestro desarrollo personal y ser más asertivo para enfrentar estas vicisitudes, ya que si no le ponemos freno a tiempo pueden llevarnos a un despeñadero fatal. 

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publicado por goliath a las 22:07 · Sin comentarios  ·  Recomendar
 
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