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DRAMATURGIA Y NARRATIVA DE LA MEMORIA
BLOG DE IVAN VERA-PINTO SOTO
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16 de Octubre, 2011    General

OSCUROS SECRETOS DE SANGRE

 

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Oscuros Secretos de Sangre”       

 

Teatro de la Memoria

 

17/10/2011

 

Iván Vera-Pinto Soto

 

 


OSCUROS SECRETOS DE SANGRE

Iván Vera-Pinto Soto

 

"El hombre sano no tortura a otro, por lo general es el torturado el que se convierte en torturador."

 

Carl Jung

 

Personajes:

Enrique

Rossana

Amelia*

Alexandra *

Periodista *

Hombre **

Médico **

Sargento **

 

(Esta obra puede ser representada por dos actores y dos actrices.*Personajes que pueden ser interpretados por la misma actriz. ** Personajes que pueden ser interpretados por el mismo actor).

 

 

 

 “La muerte de perro”

 

 

(Al comenzar la obra se ve a Enrique; es un hombre mayor, tiene la apariencia de un perturbado. Sentado en una silla se limpia escrupulosamente sus manos con un pañuelo de papel. Luego las observa detenidamente. Un cenital lo ilumina exclusivamente a él; el resto del cuarto está totalmente oscuro. Hay una maleta en un rincón, nada más. De fondo, se percibe una obertura operística).

 

ENRIQUE: Las manos deben estar siempre limpias, pulcras e inmaculadas. Sin ninguna suciedad que las contagie y las dañe…

 

(La música de la ópera se distorsiona; se entremezcla con el sonido de una jauría de perros rabiosos y gritos desgarradores de mujeres. Enrique, se levanta de la silla y temeroso se aleja hacia un rincón del cuarto; con sus manos se cubre los oídos)

 

ENRIQUE: (Con voz sufriente) Este cuarto está lleno de voces que aún siguen hablando, a pesar de los muchos años de haber muerto… (Grita) ¡Callen a esas putas!... ¡Calléenlas de una vez por todas!

 

(De pronto, sorprendido y nervioso mira sus manos)

 

ENRIQUE: ¡No puede ser!... ¡Sangre!... ¡Sangre!... ¡No, esto no es real!... ¡Es una horrible pesadilla!... Creo que me estoy volviendo loco…

 

(Los sonidos de perros y mujeres se alejan. Enrique saca presuroso de un bolsillo de su pantalón un pañuelo de papel y se limpia obsesivamente las manos.  Una vez que comprueba que están limpias se serena un poco. Repentinamente, comienza a mirar asustado para todos lados, como si escuchara algo).

 

ENRIQUE: ¿Quién está ahí?...

 

(De una correa que cruza la parte alta de su pecho extrae un arma automática).

 

ENRIQUE: ¡Salga de inmediato o disparo!

 

(Se interna en la oscuridad del cuarto. Resuena una carcajada de una mujer. Se sienten algunos disparos)

 

ENRIQUE: ¡Puta traidora!... ¡Sé que eres tú! (Silencio) ¿Dónde te escondes?... ¡Te ordeno que salgas!...

 

(Reaparece Enrique en el haz de luz. Está muy tenso. Tiene en su mano un velo largo. Habla hacia la oscuridad)

 

ENRIQUE: Siento que tus ojos de piedra siguen mirándome y maldiciéndome, porque sabes que Dios me da la mano y yo río ante Dios…Es increíble, pero hay algo en que nos parecemos. ¿Sabes qué es?...Ambos no perdonamos, aunque seamos cristianos…Uno de los dos debe morir para que haya paz entre nosotros…Ya verás, con tu propio velo voy a estrangularte lentamente para que no me persigas más. Será mi obra más perfecta. El homicidio es mejor que todas las drogas y el aroma de la muerte es el perfume más fino que jamás haya existido.

 

(Guarda el arma en su cartuchera y extiende el velo con sus manos. Se aproxima hacia la oscuridad y se abalanza contra un cuerpo invisible. Comienza ajustar lentamente la prenda como si estrangulara a una persona…Silencio…Ríe con satisfacción…Seguidamente, se oye unos perros que olfatean y jadean muy cerca. El hombre extrae el arma. Se mantiene en silencio y expectante. Los perros se alejan. Enrique se tranquiliza y guarda el arma. Respira profundamente. De improviso, busca con su vista algo. Su mirada se detiene en la maleta. Camina hacia ella; se arrodilla y se aferra a la valija).

 

ENRIQUE: Esos hijos de puta jamás me podrán encontrar… Esta maleta contiene lo único que mueve al mundo y con ella cambiaré mi destino. Estoy seguro que pronto todos volverán a estar de rodillas ante mí…

 

(Ríe. Se escucha el sonido de los perros rabiosos que vuelven acechar. Enrique, súbitamente, entra en pánico e intenta levantar la maleta, pero ésta pesa mucho. Entonces, comienza a arrastrarla sin dirección definida).

 

ENRIQUE: ¡Maldición! No puedo con esta puta maleta; pesa más que mi propia conciencia… Posiblemente me estoy quedando sin fuerza y, lo peor de todo, sin ningún poder…

 

(El sonido de los perros se pierde. Enrique se detiene y se sienta cansado en el piso. Queda un momento expectante. Después siente un fuerte dolor en la cabeza. Pausa. Retoma fuerza y habla con resentimiento)

 

ENRIQUE: ¡Qué diferente era antes mi vida! Todas esas malditas ratas de alcantarillas: políticos, empresarios y dueños de los medios de comunicación se rendían a mis pies cuando les llenaba sus bolsillos con billetes. Por plata los desgraciados eran capaces de lamerme el pene o regalarme las virginales vaginas de sus hijas. En ese tiempo nada se movía en el país sin mi consentimiento y, quizás, lo más insólito nunca tuve que ocupar el sillón presidencial para dominar a la gente. Tal como diría algún “intelectualoide” criollo, eso se llama poder en las sombras.

 

(Vuelve a sentir el dolor en la cabeza. Tambalea su cuerpo y sus piernas pierden fuerza; cae de rodillas al piso. Entra en un estado de inconsciencia. En su desvarío siente un gong que suena fuerte en el espacio. En seguida, aparece una figura fantasmal; es un hombre vestido de uniforme gris y lentes oscuros. Su semblante es amarillo intenso. Este individuo empuja un pequeño carrito de supermercado. Se detiene frente a Enrique y lo mira impertérrito. Con sus dedos hace un chasquido al aire)

 

HOMBRE DE GRIS: Recoge los cadáveres; no me gusta el desorden…

 

(Enrique, se levanta con dificultad y se moviliza mareado hacia un rincón. Desde ese lugar, saca unos huesos, cráneos y otros restos humanos que se encuentran ocultos. Se dirige hacia el hombre y  coloca todo el despojo en el carrito, mientras dice su texto).

 

ENRIQUE: ¡Qué saben de mí esos miedosos y cobardes! No saben nada del influjo del poder y de los años que tuve que invertir para lograr el sitial que alcancé en mi país. Cuando tuve la oportunidad, le demostré al presidente todos los informes secretos que había redactado en cientos de horas de trabajo. Quedó impresionado con los datos que poseía de los hombres y mujeres más prominentes. En ese momento, él no dudó en sumarme a sus filas para tener controlados a todos sus adversarios. Desde ese instante, cayó en mis manos y también logró, en sus veinticinco años de poder, sus triunfos políticos más resonados, como cuando capturamos al dirigente máximo de los terroristas.

 

(El hombre de gris acaricia la cara de Enrique y le besa en la mejilla al más puro estilo gansteril. Luego desaparece de escena. Se siente débil y se apoya con sus manos en una pared. Continúa delirando)

 

ENRIQUE: Ahora me dan vuelta las espaldas y me culpan de todo lo que ocurrió en esa época. ¡Todos son unos maricones!… ¡A la mierda con esos hijos de puta!...No debo echarme a morir. Lo que siento ahora es momentáneo; son trampas mentales que me hacen ver todo oscuro…

 

(Sonríe con sorna. Luego mira sorprendido sus manos. Se sienta con dificultad en la silla. Saca del bolsillo de su pantalón un pañuelo desechable y limpia minuciosamente las manos. Después las mira gustosamente. Retoma fuerza y habla con más seguridad).

 

ENRIQUE: ¡Aún lucen bellas! Nunca tuve manos grandes ni fuertes. Siempre fueron pequeñas y delicadas, casi afeminadas. Y ello por un tiempo me acomplejó, especialmente delante de mis camaradas. A pesar de ello, a una mujer que tuve le gustaban mucho estas diminutas manos. Continuamente tomaba y besaba mis manos. Me decía que eran finas y que su piel se erizaba cuando ansiosamente la manoseaba entera. Le gustaba que la penetrara con ellas en todos sus rincones íntimos; incluso a veces llegaba hasta el orgasmo cuando introducía todos mis dedos en sus húmedas paredes vaginales. ¡Qué ingenua! Nunca se enteró que con estas mismas manos obscenas todos los días degollaba como gallinas a muchos santos cuellos.

 

(Se escucha el aullar siniestro de unos perros. El hombre se pone tenso. A continuación, se oye un grito de una mujer que recibe una descarga eléctrica. Una luz violenta ilumina todo el escenario. El hombre queda petrificado, sin expresión. Se toma la cabeza con sus manos y luego se frota los ojos).

 

ENRIQUE: ¡No, no!…Esto es una alucinación…Esos gritos no son reales; son otro engaño de mi mente…

 

(Vuelve a sentirse la descarga eléctrica y el grito desgarrador de una mujer. El hombre se repliega hacia un rincón, se arrodilla y se protege asustado. En la oscuridad, por detrás de Enrique, aparece una fantasmal joven; viste un camisón, parecido a los que se usan en los hospitales. Su rostro tiene el color de los muertos)

 

ENRIQUE: Anoche soñé con mi cadáver desnudo sobre un gran mesón de cedro. Quizás no estaba muerto, porque podía ver a mi hija que defecaba en su cuarto, y yo sentía un extraño placer al presenciar sus fuertes piernas arqueadas en el aire…

 

(La joven se acerca al hombre y toma sus hombros. Habla de manera extraviada).

 

ROSSANA: Son aproximadamente las 11 de la noche; soy detenida por dos personas que portan armas. Me reducen, me esposan en el suelo; pasan como dos minutos y aparece un jeep Nissan Patrol. Me colocan un capuchón en la cabeza y me llevan hasta un lugar desconocido. Me bajan del vehículo. Me ingresan en una vivienda. No se escucha ningún ruido. Me trasladan a una habitación y me ordenan que me quite la ropa.

 

(La joven se saca el camisón y queda en ropa interior. Su cuerpo luce con moretones y heridas. Enrique comienza a sentir fuertes dolores de cabeza y espasmos en su cuerpo).

 

ROSSANA: Desnuda me dejan así muchas horas. A pesar de la tensión, no me duermo. De pronto, siento que entran al cuarto algunos hombres; hablan suavemente. Uno de ellos me pregunta qué papel jugaba en el movimiento subversivo. Yo no respondo. Alguien me quita el capuchón y una fuerte luz proyectada desde un reflector me da de lleno en la cara y me impide ver a mis captores.

 

(Repentinamente, Enrique, poseído por una fuerza interior se levanta, gira hacia ella y le da un fuerte golpe de puño en el vientre. La muchacha cae violentamente al piso)

 

ROSSANA: (Con voz doliente) De improviso, alguien me propina fuertes golpes con su puño en diferentes partes del cuerpo. A punto de desmayarme y para que no me sigan golpeando, me inculpo.

 

(Enrique da una carcajada de satisfacción)

 

ROSSANA: En ese momento, el desconocido deja de pegarme.

 

(Enrique saca del bolsillo de su saco de vestir unas esposas que coloca en las manos de la joven).

 

ROSSANA: Al rato, me dejan en el sitio esposada de las manos a un caño que cruza el espacio desde el piso al techo. Pasan muchas horas en silencio. Todo está oscuro…

 

(El hombre ahora saca de su vestuario un trapo y venda los ojos de la muchacha)

 

ROSSANA: Inesperadamente entran cuatro hombres cubiertos con pasa montañas. Uno de ellos arroja mi ropa al suelo y me ordena que me vista. Después, otro venda mis ojos y me traslada hacia otro recinto; allí me aplican devastadores golpes de corriente en los genitales, dientes, mucosas, y pezones. Lo único que quieren saber son nombres y nombres…

 

(Otra descarga eléctrica se siente en el ambiente. El cuerpo de la joven se retuerce de dolor y luego queda inerte. El hombre una vez más saca un pañuelo desechable, y se limpia las manos con obsesión. Posteriormente, se inclina hacia la joven y la besa en su rostro y cabeza).

 

ENRIQUE: Eras una linda niña. Mi niña. Te quería mucho. Cuando pequeña, eras la luz de mis ojos, pero, por el contrario, cuando te alejaste de mi lado te convertiste en mi enemiga acérrima; tú sabías perfectamente que ese tipo de ofensa nunca podría perdonar…

 

(El cuerpo de la joven se hace un ovillo. Solloza).

 

ENRIQUE: Aún recuerdo que un día, justo cuando cumplías 15 años, te encontré sollozando en tu habitación. Habías terminado la relación con tu enamorado secreto. Yacías de bruces en tu cama; maldecías de impotencia. Yo entré y sigilosamente me senté en tu lecho, sin decir una sola palabra. Entre las sabanas había una hoja de cuaderno escrita; la tomé y leí sin que te dieras cuenta.  Creo que aún la guardo conmigo.

 

(Enrique saca entre su ropa una hoja de papel y lee).

 

ROSSANA: El cuerpo se transforma en una tela hirsuta, la piel se oscurece y el pelo crece desenfrenadamente. Tus pasos se escuchan lejanos en el interior de mi habitación; mientras en la calle, el ruido cada vez se agiganta para succionar los deseos. Duele el estómago, las piernas y los cortes en la piel. La angustia y la ansiedad emigran al corazón, cerrando su paso en latidos de lágrimas…

 

(El hombre arruga la hoja y la lanza lejos).

 

ENRIQUE: Eras tan delicada y apasionada. Te gustaba la poesía; eras muy idealista. Creías en el amor y, en realidad, el amor nunca ha existido. En todos los espacios y momentos, la gente siempre se ha movido por intereses y deseos, no por amor. Desde que nací, aprendí a sobrevivir en la selva de la vida, y a no dejarme seducir por cursilerías amorosas, ni siquiera con tu madre. Las mujeres son unas “reses” incapaces de entender la importancia de llegar al poder.

 

(Comienza a besar suavemente todo el cuerpo de la joven. Ella comienza a jadear excitada).

 

ENRIQUE: Pero, contigo fue diferente. Eras limpia de cuerpo y mente. Una virgen perfecta. Ese día, te vi tan desvalida. Eras un pequeño gorrión con las alas rotas. Te abracé por la espalda y balbuceé algunas palabras de consuelo. De pronto, giraste tu cuerpo y me abrazaste fuertemente.

 

(Abraza a la muchacha y la besa en el rostro).

 

ENRIQUE: Te besé en tus mejillas y tú respondiste con mayor calidez. Después tus labios tímidamente besaron los míos.

 

(Ella responde los besos del hombre).

 

ENRIQUE: Yo, sin resistencia, dejé que tus besos se multiplicaran por mi cabeza, mejillas y manos. Estaba desconcertado, pero tampoco hice nada para detenerte.

 

(De pronto, Enrique sufre un ataque de ira y se dirige furioso hacia el lugar donde quedó tirado el velo).

 

ENRIQUE: ¿Qué mierda estás pensando?... ¿Crees que soy un monstruo que desea a su propia hija?... Tu mente está llena de odio hacia mí…Sí, la quiero, pero como hija, no como mujer. ¡Perra traidora!... Dejaste que tu amante ultrajara al único que ser que me hizo sentir algo parecido a lo que llaman amor.

 

(Pisotea con sus pies el velo y lo escupe con rabia. A continuación, mira a la muchacha con cierta ternura).

 

ROSSANA: Al tiempo, cuando me dieron de alta en la clínica psiquiátrica, ella prefirió enviarme a vivir a provincia, al hogar de su hermana para que olvidara todo…

 

(Rossana se desvanece suavemente. Enrique se acerca y la abraza sollozando. Silencio breve. De nuevo se siente la jauría de perros; ahora parece que los animales fueran a derribar la puerta de calle. El hombre siente fuertes dolores de cabeza. Se levanta con furia).

 

ENRIQUE: Nunca podrán vencerme, antes prefiero pegarme un tiro en la cabeza.

 

(Enrique saca el arma automática y la coloca en su sien. Gatilla; no sale ningún disparo. Se detiene la jauría. Apagón).

 

“Poder en las sombras”

 

(Se enciende un cenital y se ve a Amelia, una mujer madura; viste traje a rayas de presidiaria. Está sentada en una silla. Al fondo, hay una panorámica donde se proyecta la imagen de una periodista de televisión, interpretada por ella misma).

 

PERIODISTA: La Primera Sala Penal Transitoria de la Corte Suprema dispuso que Amelia Sandoval de Latorre, esposa del ex asesor presidencial Enrique Saimet, deberá abonar en forma solidaria la suma de 50 millones de dólares como reparación civil a favor del Estado, por haber ocultado en cuentas bancarias del extranjero - a su nombre - dinero de procedencia ilícita que obtuvo Saimet por comisiones de venta de armamento durante el régimen dictatorial.

A su vez, el Tribunal Supremo ratificó la condena de cuatro años de prisión suspendida, y sujeta a reglas de conducta contra Sandoval por el delito de complicidad en enriquecimiento ilícito, a raíz del mismo caso, denominado Expediente Madre.

 

AMELIA: De esas cuentas bancarias, no sé nada. Menos sé de la fuga de Enrique con oro fiscal. Aunque estábamos casados, no hacíamos vida marital desde que cometió ese horrible crimen contra mi hija. Reitero, no sé nada de las cuentas en bancos extranjeros ni del paradero de él.

 

(Se apaga la panorámica y unos flashes iluminan todo el ambiente. Amelia se levanta y se dirige a la imaginaria audiencia).

 

AMELIA: Aunque ahora me encuentre entre rejas, créanme, estoy, como muchos ciudadanos de este país, gozosa que hayamos vuelto a la democracia. Si bien puede parecer paradójico, pero yo era una de las más acérrimas críticas de la dictadura. Jamás comulgué con las ideas y las siniestras prácticas de mi marido. Siempre lo aborrecí por sus conductas criminales, y porque destruyó a muchas familias, incluso la propia. Su ambición por el dinero está asociada a su ambición de poder. Su aspiración máxima era controlar la totalidad de la vida política del país. Ese no fue el hombre que amé alguna vez en mi vida.

 

(Se enciende la panorámica y nuevamente se ve a la periodista).

 

PERIODISTA: ¿Cómo era su esposo?

AMELIA: Era un individuo de personalidad gélida y poco comunicativo, inclusive en el ambiente familiar.

PERIODISTA: ¿Recuerda una anécdota que ilustre su personalidad?

AMELIA: Sí. Un ejemplo de ello es cuando su padre falleció, de inmediato preguntó a unos de sus asesores: ¿tú crees que la muerte de este hijo de puta afecte mi carrera?

PERIODISTA: Es de público conocimiento que su marido persiguió y eliminó físicamente a muchos de sus adversarios ¿Qué puede decir al respecto?

AMELIA: La verdad que su mente criminal se extendió incluso a miembros de su propia familia.  Por citar un caso, inició una verdadera campaña de terror contra un primo mío. El no cree en familia ni en amigos. Siempre mostró una falta total de sinceridad con todas las personas. En fin, Enrique Saimet, es un criminal absolutamente inescrupuloso. En diversas oportunidades, dispuso la desaparición de sus enemigos políticos. Es todo lo que puedo declarar para la prensa hablada y escrita presente. Muchas gracias.

 

(Se apaga la panorámica. Amelia se desplaza hacia otra área. Tiene una copa de champagne en la mano. Bebe sin medida. En el aire, se escucha la canción “Cumpleaños Felices”, coreado por un grupo de personas de manera improvisada).

 

AMELIA: Familiares, amigas y amigos: estoy feliz de compartir con ustedes este grato momento en que celebramos un año más del nacimiento de mi amorcito eterno; me refiero, por supuesto, a mi queridísimo marido, Enrique. Ahora quiero que mi hija Rossana le traiga el regalo (baja la voz) Es un reloj suizo de oro… (Sube la voz) Hemos elegido este presente con mucho amor para este hombre que llena nuestras vidas de felicidad ¡Salud!

 

(Amelia aplaude. Luego se desplaza hacia otro sector y, mientras sigue bebiendo, habla con la supuesta hija)

 

AMELIA: Por favor, Rossanita, vas a asfixiar a tu padre con tantos besos. No seas tan melosa. Compórtate niña. ¡Qué van a pensar nuestros amigos!… ¿Por qué no le sirves más champagne a los invitados?...Anda niña… ¡Salud a todos! ...¡Salud!... Y ahora les invito a presenciar los videos de mi queridísimo esposo; les aseguro que van a quedar impresionados. Van a ver a muchas personalidades públicas de todos los ámbitos, desfilando frente a la cámara de mi maridito… (Ríe ebria)… Por favor, maestro, qué corra la cinta número 30.002 (Ríe).

 

(Se oscurece el escenario y en la panorámica se proyecta una escena donde se encuentra Samiet con una mujer, personaje interpretado por la misma Amelia).

 

ENRIQUE: Estimadísima amiga Alexandra. Mire, aquí te tengo unos importantes documentos.

ALEXANDRA: ¿De qué se trata?

ENRIQUE: Es la deuda que tiene su banco con el Estado.

ALEXANDRA: Uhm.

ENRIQUE: ¿Tienes conocimiento?

ALEXANDRA: Más o menos.

ENRIQUE: Acá tengo el expediente que está en el Tribunal Fiscal. Te voy a dar inclusive el número del documento: 571-88. La deuda es 6 mil millones de dólares. Bueno, una vez que resuelva el Tribunal Fiscal, si no paga tu banco le van aplicar todas las penas del infierno.

ALEXANDRA: Lo sé…Con esa resolución la imagen de nuestro banco se va a la ruina.

ENRIQUE: Así es.

ALEXANDRA: ¿Y qué se puede hacer?

ENRIQUE: Buena pregunta.

ALEXANDRA: Amigo, ayúdame, por favor. Estoy en un atolladero. Te aseguro que por tus servicios, el banco te recompensará debidamente ¿Te parece?

ENRIQUE: Me parece.

ALEXANDRA: Entonces, ¿qué harás?

ENRIQUE: Voy a dar la orden al presidente del Tribunal para que detenga la resolución, y el caso se archive a perpetuidad (Ríe)

ALEXANDRA: Gracias, Enrique…Te traeré personalmente nuestro reconocimiento.

ENRIQUE: Con mucho agrado esperaré tu próxima visita.

 

(Enrique besa en la boca a Alexandra. Vuelve la luz normal de escena).

 

AMELIA: Tengo otros videos mejores de mi maridito... ¿No es cierto, amorcito?... Claro que sí. Otros que estás en pelota con tus amantes… No, esos no los puedo mostrar, son muy cochinos… Solamente yo lo veo de noche en mi dormitorio para excitarme y liberar mis calenturas de mujer madura. Bueno… ¡Ya, pues! Cambien esas caras de poto que tienen y sigan divirtiéndose… ¡Salud!

 

(La mujer da otra carcajada y lanza la copa al aire. Apagón).

 

 

 

 

“A puerta cerrada”

 

(Rossana, viste un buzo blanco y está encerrada en una jaula con barrotes. En sus manos tiene una fotografía que observa con dolor. En el piso, hay una muñeca. De repente, en un ataque histérico, la muchacha hace trizas la imagen. Después mira hacia el horizonte y queda absorta. Un cenital color azul la enfoca; el resto está todo oscuro. Se escucha una música suave y sugerente. La joven comienza a contornear su cuerpo de manera sutil y sensual, mientras dice su texto).

 

ROSSANA: Toda mi familia decía que tenía un rostro angelical, y las monjas de mi colegio hablaban que mi semblante era parecido a la de la virgen María (Sonríe con sorna) La verdad es que nadie me conocía. Ni mis padres sabían qué pensaba y qué sentía en realidad… Hacia los tres años de edad, creo que ya sentía atracción por mi padre. Quería que él me bañara, me diera de comer y me llevara al colegio. Al pasar el tiempo, me volví muy cariñosa con él y derrochaba todo un despliegue de mimos y gracias para conquistarle. Recuerdo que cuando llegaba a casa, era a mí a quien primero buscaba para abrazar y besar.  Eso me hacía muy feliz… (Habla con voz de niña) Papito, te quiero mucho, mucho. Abrázame fuerte y dame un besito aquí en mi nariz, aquí en mi oreja, aquí en mis labios…

 

(Se detiene la música y los movimientos de la joven. Ríe. Ahora su voz es normal. Toma la muñeca y comienza a mecerla entre sus brazos)

 

ROSSANA: Luego empecé  a darme cuenta que algún día sería también mujer, por eso me interesaban las muñecas y los bebés.

 

(Besa a la muñeca y la deja con delicadeza en el piso. Saca del bolsillo de su buzo un lápiz labial y comienza de rodillas a pintarse los labios)

 

ROSSANA: Me puse coqueta y me arreglaba para lucir bien. Me encantaban los lazos, los vestidos y todo lo que hacía mi mamá. Mi padre seguía mi infantil juego. Entonces, sin darme cuenta, comencé a enamorarme de mi padre o del hombre. A pesar que era muy rígido en su comportamiento y poco afectivo, yo trataba de conquistarlo. El era incapaz de resistirse a mis encantos y se sentía muy halagado cuando lo adulaba y acariciaba.

 

(Se pone de pie y comienza agitar la cabeza para todas las direcciones. Su pelo se desparrama por toda su cara. Su voz revela resentimiento)

 

ROSSANA: Mi madre no vio con simpatía ni naturalidad esta situación. Se puso celosa e insegura. Desde ese instante mi relación con ella fue distante y fría…Nuestra convivencia se puso peor cuando la descubrí teniendo relaciones con otros hombres.

 

(Su cuerpo se pone tenso y mira con rabia a la muñeca y con su mano comienza a asfixiarla, mientras dice su próximo texto).

 

ROSSANA: Una vez, cuando era adolescente, no soporté escuchar los jadeos y gritos de mi madre cuando mi padre, después de emborracharse con sus amigos en la casa, la tomó con violencia en el baño y la penetró una y otra vez como una puta. Lo que más me dolió es que ella gozó de todo lo que le hizo hasta quedar exhausta en el piso. Me dio asco e ira. Desde ese instante, comencé a reaccionar de manera inconsiderada e insolente, especialmente con ella.

 

(Se extiende en el piso y comienza acariciarse todo el cuerpo con erotismo).

 

ROSSANA: Al poco tiempo, empecé a sentir deseos sexuales por los jóvenes de mi edad. Pero veía que los muchachos que me rodeaban eran muy torpes, inmaduros y débiles. Entonces, mis ojos se dirigieron hacia mi progenitor. El era fuerte, seguro y poderoso en todo lo que hacía. Me atraían sus cambios de personalidad; a veces, era un tirano, de solapada mirada de sádico; en otras ocasiones, se mostraba seductor y vanidoso. Conmigo, se comportaba distinto: relajado y con cierta ternura fría. Pese a ser una niña grande, todavía me gustaba travesear con él.

 

(Se levanta y flexiona las piernas en el aire, simulando estar sentada sobre alguna persona. La joven comienza a acariciarse la zona pélvica. Habla en susurro).

 

ROSSANA: Un día, entre risas y juegos, me senté en sus piernas para que me balanceara. De pronto, sin pensarlo, sentí que un ardor recorría vertiginosamente mi cuerpo. Mientras seguía incesantemente con los movimientos de su pierna, mi calzón comenzó a humedecerse con mi flujo íntimo. Paulatinamente, sentí que mi mente comenzó a dar vueltas y vueltas; surgió un deseo extraño que me tocara el cuerpo.

 

(Con volumen de voz normal)

 

ROSSANA: Me asusté mucho de mis pensamientos libidinosos; entonces, de inmediato bajé abruptamente de sus piernas y corrí a encerrarme en mi pieza. Una vez allí, me auto flagelé rezando numerosos padres nuestros.

 

(Corre agitada por toda la jaula y se lanza de bruces al piso. Reza con desesperación. Transición. Se calma)

 

ROSSANA: Durante muchos días me horroricé de mi comportamiento, porque no lo estaba viendo como un padre… La verdad que eso nunca me había pasado, y me sentía abrumada por lo que me estaba pasando. Todo lo que sentía era muy intenso, confuso y perturbador…

 

(Súbitamente se escucha un ruido de una puerta que se abre. Unos pasos se acercan y la muchacha se mantiene con la cabeza gacha por un instante. Después, mira tranquila hacia el frente. Un hombre vestido de médico la queda mirando inexpresivamente).

 

ROSSANA: Doctor, me siento mejor. Los fantasmas y monstruos ya no están en mi cabeza. Ahora puedo dormir mejor. Los insomnios han desaparecidos y me siento más vital que nunca. Doctor, dígame ¿cuándo me dará el alta?... ¿No sabe?... ¿Más exámenes?.. No entiendo. ¿Para qué?... Le insisto, que me encuentro bien, mucho mejor que antes de llegar aquí.

 

(El hombre de blanco saca del bolsillo de su delantal unas pastillas y se las lanza a la joven. Después se aleja).

 

ROSSANA: Doctor, escúcheme, si gusta vuelva a conversar conmigo… Por favor, no se vaya... ¡No se vaya!... ¡Desgraciado!... ¡Hijo de puta!

 

(Se siente el cerrar de una puerta. La joven se aferra a los barrotes; balbucea algunas palabras ininteligibles y golpea con su puños de manera insistente y desesperada los barrotes. En seguida cae al suelo exhausta. Empieza a delirar)

 

ROSSANA: Una noche soñé que asesinaba a mi madre. Después iba a buscar a mi padre a una casa extraña habitada por otra mujer. Yo estaba insólitamente feliz. Y mi padre, una vez enterado del asesinato, también se alegraba… Apenas desperté, aún somnolienta, me dije: Tu madre te impide vivir el irresistible placer carnal con tu padre. En ese instante, sentí odio por ella… Algo extraño y anárquico rondaba en mi cabeza. Después vino lo peor de mi vida: la violación.

 

(Le da un ataque de ira. Se levanta rápidamente del piso. Habla con mucha rabia)

 

ROSSANA: ¡Mil veces maldigo a ese hijo de puta que marcó para siempre mi vida!… ¡Odio a la madre que lo parió!... ¡Odio a Dios que lo perdonó!...

 

(De pronto, cae a tierra como si hubiera sido empujada por una fuerza invisible. Sus piernas, contra su voluntad, se abren de par en par. Su cuerpo se convulsiona de dolor. Acto seguido, rueda por el piso y queda de boca contra él. Grita de dolor. Al instante, la violencia se detiene y llora. Cubre su rostro con sus manos. Silencio. Se arrastra por el piso al pronunciar los próximos textos)

 

ROSSANA: A partir de esa desgracia, mi existencia se convirtió en un infierno. Deseaba la muerte con toda mi alma y un día decidí hacerlo lentamente. No comía nada. Todos los días sentía náuseas. La comida me provocaba espantosas imágenes: Secreción, sangre, excrementos, escombros, niños violados, torturas y muertos sin sepultar. Cuando digería algún alimento, me dolía todo, hasta el corazón.

 

(Le vienen arcadas y comienza a vomitar hasta quedar agotada. Pausa. Luego trata de recuperarse).

 

ROSSANA: Aunque intentaba no asfixiarme y no vomitar, mi cuerpo lo único que hacía era comer vómitos tras vómitos. Estoy decidida a seguir, hasta tocar fondo para extirpar de mi mente mis perturbadores deseos, y el horror de la violencia más brutal que sufrí.

 

(La joven toma la muñeca. Se sienta con dificultad y queda mirándola un momento. Posteriormente, la empieza a golpear en el piso con furia)

 

ROSSANA: (Grita) ¡Sucia!... ¡Cochina!... ¡Ramera!... ¡Muere!... ¡Muere!...

 

(Se siente en el ambiente una puerta que se abre violentamente y unas carreras de personas que se acercan. La luz en resistencia).

 

“Lujurias amargas”

 

(Amelia baila de manera romántica un bolero con una chaqueta militar. Habla con voz coqueta. Sobre una silla hay un muñeco de trapo)

 

AMELIA: Jorge, ¿te acuerdas cómo empezó nuestra historia?… (Sonríe) ¿Te olvidaste?...Eres un mentiroso. Estoy segura que lo recuerdas…Llegaste el primer día a la casa y me hablaste muy formal. Después de tomar un café en la terraza, me dijiste que eras el oficial encargado de nuestra seguridad. Te comenté que Enrique ya me había hablado de ti y que, también, me había señalado que eras un soldado muy profesional, respetuoso y muy bien preparado para cumplir con su misión… (Sonríe) Creo que no se equivocó para nada…Yo – agregaría - excelentemente dotado…

 

(Ríe. Detiene el baile. Huele amorosamente la chaqueta la deja en la silla. Toma el muñeco. Mientras habla clava con rencor una aguja en el cuerpo del juguete).

 

AMELIA: Yo pasaba un mal momento en mi matrimonio…La verdad que nunca hubo un buen momento con mi esposo. Estaba cansada de su infidelidad…A veces, llegaba al descaro de guardar en la guantera del auto calzones de las putas que conquistaba…Era un hombre frío y era evidente que no sentía ninguna atracción por mí; para ser sincera, por ninguna mujer…Incluso un día le comenté que un oficial me intentó seducir y él ,en vez de disgustarse por la situación, me comentó, sin empacho: es hombre y eso es natural; en seguida, agregó: además, es un camarada de armas. Desde ese momento, me di cuenta que tenía la absoluta libertad para buscar amigos que me complacieran sexualmente… Así, viví muchas historias con diferentes hombres, incluso con amigos de Enrique…

 

(Bota el muñeco al suelo y toma nuevamente la chaqueta militar)

 

AMELIA: Hasta que apareciste tú en mi vida. ¿Te acuerdas esa mañana cuando tomabas desayuno con Enrique?

 

(Sonríe. Se pasa eróticamente la chaqueta por su cuerpo. Se sienta en la silla con una postura de vaquero)

 

AMELIA: Yo entré al comedor con mi bata transparente... Estaba tentadora, ¿no?... (Sonríe excitada) Fue evidente que lo hice intencionalmente, porque desde que te vi con tu cuerpo bien formado - me dije – este bombón es mío…Deseaba que me penetraras salvajemente y que mis carnes ardieran de pasión

 

(Se levanta de la silla y se recuesta en el piso. Abre provocativamente sus piernas y se coloca la chaqueta entre medio de ellas. Habla excitada)

 

AMELIA: Hasta que se presentó la oportunidad; todo ocurrió en esa inolvidable noche de verano. Todo fue placer y más placer; total mi marido no volvería a casa por tres días; estaba en una misión en la frontera. (Ríe muy excitada) Amor, amor mío…Muerde mis senos, clavas tus uñas en mi trasero y mójame con tu semen mis labios ardientes…

 

(Se revuelca en el piso con la chaqueta; la abraza, la besa y jadea. De improviso, corta bruscamente la excitación y se queda en silencio. Comienza a hacer un leve puchero con su boca para después quedar llorando a mares. El llanto histérico se transforma lentamente en ira. Se escucha el ladrar de perros rabiosos. Amelia toma la postura de una perra rabiosa).

 

AMELIA: ¡Hijo de perra!... ¡Fui tu puta!... ¡Conmigo saciaste tu morbo!... ¡Por mí te ascendieron de grado!...Tuviste toda mi confianza y me traicionaste… ¡Nos cagaste la vida!…No te conformaste con poseer mi cuerpo; también lo hiciste perversamente con la niña…Rossana era para mí la nena que siempre desee tener en mi vientre, y tú la sedujiste para cometer todas tus depravaciones… Fuiste su primer torturador. Fue horrible. Sé que la única culpable fui yo… ¡Me siento una desgraciada!... ¡Hijo de la gran puta! …¡Quémate en el infierno!

 

(Un grito desgarrador surge de sus entrañas. Con sus dientes muerde rabiosamente la chaqueta. Apagón).

 

 

 

“Mente siniestra”

 

(Rossana está de pie; tiene la vista vendada. Se le ve débil. Un hombre con un pasamontaña en el rostro está parado en el otro extremo. De improviso, se enciende directo sobre su rostro una luz potente y cruda. De fondo, se escucha una sinfonía dramática).

 

SARGENTO: Así que a la niñita le gusta poner bombas en los mercados, ¿no?

ROSSANA: ¿Qué poeta le gusta poner bombas?...Los poetas a los libros, a las palabras; esas son nuestras armas de lucha.

SARGENTO: En esta profesión todos son culpables hasta que no se pruebe lo contrario. Me lo enseño el coronel Siamet. ¿No te suena familiar ese apellido?

ROSSANA: (Alterada) ¡No, ya lo he repetido en varias de en mis declaraciones: él no es nada mío!

SARGENTO: (Ríe con sorna) Está bien… Como dices que no eres nada del coronel Siamet, entonces tendrás que complacerme en todo lo que te pida…

ROSSANA: Por favor, mi cuerpo no resiste más ultrajes ni humillaciones.

SARGENTO: Para que sepas el dolor aplicado con inteligencia trae beneficios…Créeme, yo no quiero que mis hombres se vuelvan a encargar de ti.

ROSSANA: (Perturbada) ¡No! ¡Basta! ¡Piedad por el amor de Dios!

SARGENTO: Tú sabes que aquí ni Dios te salva. Anda, muéstrame provocativamente tu cuerpo.

ROSSANA: Le ruego, déjeme marchar.

SARGENTO: (Seco) ¡Basta de lloriqueos! (Con ansiedad) Quiero que te masturbes para mí ¡Hazlo!  Me encantaría ver tu vagina hinchadita y mojadita.

ROSSANA: ¡Es un cerdo asqueroso!

 

(El hombre le da una bofetada en la cara a la muchacha)

 

SARGENTO: A muchos hombres nos gusta que incluso nuestras parejas se masturben y gocen de satisfacción, hasta alcanzar el éxtasis.

 

(La joven se coloca a llorar).

 

SARGENTO: ¡Vamos! Yo no te haré daño…Menos a la hija de mi coronel.

ROSSANA: ¡Yo no soy su hija!

SARGENTO: (Ríe) Crees que nosotros somos imbéciles. Tu propio padre nos lo ha dicho.

ROSSANA: ¿Qué dice?

SARGENTO: Por orden de él estás aquí… El me ha dado carta blanca para que te un buen escarmiento… ¡Anda!...No me hagas perder la paciencia. Haz lo que te pido… Te aseguro que todo quedará entre nosotros…

 

(Rossana niega con la cabeza. El hombre saca de su bolsillo una manopla. La joven muy asustada comienza a desvestirse, se quita la parte superior del buzo. Vuelve a llorar).

 

SARGENTO: (Persuasivo) Deja de llorar. No me gusta así. Sonríe un poco y relájate…

ROSSANA: No puedo…

SARGENTO: Sí, puedes. Sigue. Mira, ya me pusiste durito el pene.

 

(Rossana intenta silenciar su llanto con su mano. Pausa. Ahora solloza suavemente. Sin ningún erotismo, se saca el pantalón; queda en ropa interior. El hombre se acerca a la joven y le huele su cuerpo).

 

SARGENTO: Hueles a zorra virgen, a miedo y a muerte…Me gusta tu cuerpo joven… (Irónico) ¿No te gustaría ser modelo para un óleo de una virgen?

ROSSANA: No soy ninguna virgen. La virginidad no vale nada. El hecho que sea virgen o no jamás me hará mejor o peor mujer.

SARGENTO: No me vengas a dar sermones.

ROSSANA: No pretendo hacerlo.

SARGENTO: (Lujurioso) ¡Uuy!...Eres muy rica como hembra… me calientas mucho…Me gustaría saber ¿cómo te lo hicieron la primera vez?...  Dime, ¿te lo metieron por el culo también?

 

(Toma con su mano la vagina de la muchacha. Ella queda inmóvil y llora).

 

ROSSANA: Es un despreciable psicópata.

 

(Le besa el cuello y sus manos las deslizas por las piernas de la joven)

 

SARGENTO: Dime, ¿te dolió mucho cuando te desagarraron el himen?

ROSSANA: ¿Por qué me pregunta inmundicias?

SARGENTO: Simple morbosidad…

ROSSANA: (Con ira) ¡Enfermo de mierda!...

SARGENTO: (Ríe) Anda, putita, cuéntame con lujo de detalles y te aseguró que me provocarás un orgasmo en el acto.

 

(Clava sus manos en el trasero de la joven).

 

ROSSANA: (Con mucho dolor) Es repugnante. ¿Hasta dónde puede llegar una mente desquiciada?

 

(El hombre se mete la mano en su pantalón y comienza a masturbarse)

 

SARGENTO: ¡Qué te cuesta!... (Irónico) ¡Recítame un poema erótico!... Si quieres tómate todo el tiempo del mundo… (Inquisidor) ¡Vamos! ¡Hazme acabar con tu poesía revolucionaria!...

 

(De improviso, el cuerpo de la joven sufre una metamorfosis bestial. Salta por el espacio, como si fuera un animal salvaje. Su voz no es humana)

 

ROSSANA: Odio al mal parido de mi padre. Lo odio tanto a ese infeliz que quisiera ahora mismo matarlo, y saltar sobre su cadáver hasta despedazarlo… Seguramente en unas horas más arrojarán mi cuerpo al río pestilente para que sus aguas lo arrastren muy lejos. Con todo, cada una de mis extremidades se convertirá en piedras duras que vagarán sin destino entre las rocas y el agua torrentosa; golpearán el lecho del estero y provocarán un eco de odio perpetuo.

 

(La joven da un chillido desgarrador. Se corta bruscamente la luz. En la penumbra, se escucha una descarga eléctrica de una máquina y un llanto de una mujer torturada. Vuelve la luz. Rossana está sola y habla secretamente hacia una pared)

 

ROSSANA: Sí, comprendo... La cosa está muy fea… Sí, sé que han detenido a muchos compañeros, y en cualquier momento vendrán por nosotros… Saldré lo antes posible de la ciudad... La verdad que no sé dónde me voy a ir… ¿Qué dices?... ¿Mi padre?...No, jamás pienso pedirle ningún favor…Tú sabes,  él es uno de ellos y en este tema ni a su hija va a perdonar… Valpo”, antes de despedirnos, quiero decirte gracias por todo… Eres el mejor y único amigo que tengo. Nunca me olvido que me ayudaste a salir de mi encierro y mis terribles traumas. Aprendí mucho de ti acerca de la vida y de la realidad de nuestro país. Además, te admiro considerablemente. Gracias…No, “Valpo”, a mí no me tienes nada que agradecer. Lo único que hice fue ser tu amiga y colaborar en tu lucha…Te quiero mucho…Sí, tienes razón, no perdamos tiempo y hagamos lo que tenemos que hacer…. Un abrazo y suerte…

 

(La luz baja y sube un par de veces, de manera repentina; luego se corta de manera total. Cuando se vuelve a encender se ve el cuerpo de Rossana desarticulado en el piso. Se escucha la voz de la joven en off).

 

VOZ: No sé cuánto más resistirá mi cuerpo y mi espíritu. Mis labios están secos… Mis pechos están secos…Mi vagina está seca. Ya no hay orgasmos deseados ni colores. Los ojos dulces no existen más, se quemaron en la llama del dolor. Ya no hay ni siquiera un recuerdo grato. Sequedad, vómitos, ríos, manos, violación, congoja pueblan mi corazón estéril…

 

(La luz disminuye lentamente. Se vuelve a dar la luz; se ve a Rossana vestida con su buzo. Arrodillada en el piso trata de unir los pedazos de la fotografía que rompió al inicio).

 

ROSSANA: No sé cuánto más resistirá mi cuerpo y mi espíritu. Mis labios están secos…Mis pechos están secos… Mi vagina está seca… Ya no hay orgasmos ni colores…Los ojos dulces no existen más, se quemaron en la llama del dolor. Ya no hay ni siquiera un recuerdo grato. Sequedad, vómitos, ríos, manos, violación, congoja pueblan mi corazón estéril…

 

(La luz en resistencia).

 

 “Perro traicionero”

 

(Enrique manipula a una marioneta con forma de perro; el juguete viste una chaqueta militar).

 

ENRIQUE: Capitán Jorge Astorga, quiero encomendarle la misión de cuidar a mi familia. Cada vez que mi esposa e hija deban salir a algún sitio, usted se encargará de trasladarlas y protegerlas. Reitero, por nada despegue su vista de ellas. Será de su responsabilidad todo les pueda ocurrir. Tal vez, lo más importante de esta tarea es mantenerme informado de todo lo que sucede en mi casa. Como usted comprenderá, debo en todos los frentes cuidar mis espaldas. ¿Está claro?...Muy bien; a partir de hoy usted será mi hombre de confianza. No olvide: seguridad y lealtad, es lo que espero de usted. (Transición) ¡Qué idiota fui!... Confié en él, pero el perro traidor me enterró sus colmillos en los testículos. De la misma forma, le hice pagar su brutalidad y traición; ordené cercenar lentamente cada miembro su cuerpo hasta que se desangrará con el máximo dolor.

 

(Enrique le saca la cabeza al muñeco y le da un puntapié)

 

ENRIQUE: La traición no se perdona, en ningún tiempo. Tal como dijo Julio César: Amo la traición, pero odio al traidor.

 

(Saca un pañuelo y se limpia sus manos. Después se acerca a un supuesto espejo para mirarse en él. Saca de su vestimenta unos lentes ópticos y se los coloca. Se observa de frente y perfil).

 

ENRIQUE: Parezco un verdadero intelectual; un doctor, aunque debo reconocer que soy más que un doctor, puesto que la inteligencia militar está por sobre la inteligencia culta.

 

(De su chaqueta extrae un papel y lee a modo de discurso).

 

ENRIQUE: Limpiaremos este país de las ratas. Seguiremos cumpliendo nuestro deber patriótico, mandando al infierno a los que pretenden acabar con la libertad y la democracia de nuestra nación, sin esperar que leyes mariconas le dejen tiempo para multiplicarse…

 

(Se escuchan unos golpes en una puerta).

 

ENRIQUE: (En voz alta) ¿Quién es?…Estoy ocupado…

 

(Se escucha una voz en off).

 

VOZ: Mi coronel, disculpe la molestia; lo necesita con urgencia el señor presidente…

ENRIQUE: Está bien, voy en seguida…

 

(Dobla la hoja y la guarda en su chaqueta con satisfacción. Se vuelve a mirar con vanidad en el espejo).

 

ENRIQUE: (Complaciente) Aún conservo la buena pinta de mis años mozos. (Con desdén) ¡Cómo se derretían las mujeres por mí! ; a muchas les gustaba mi reciedumbre y mi personalidad segura. ¡Taradas! No sabían que únicamente me servían para saciarme sexualmente, nada más.

 

(Se dispone a salir del espacio, pero se detiene al escuchar en el ambiente un sonido extraño. Trata de descubrir de dónde viene el ruido. Repentinamente, desde lo alto del escenario desciende, sostenido por unas cadenas, un gran bloque de concreto que queda suspendido a media altura. Enrique se sorprende; prontamente, se acerca a mirar el bloque. Por un costado de la masa de cemento se percibe levemente parte de una mano femenina. Se escucha de fondo la música de una ópera. El hombre palpa con sus manos el bloque. Silencio. Después habla con un dejo de afecto).

 

ENRIQUE: ¿Dónde estás mi pobre angelito?...¿Por qué tuvo que llevarte el río de los muertos que se extiende siniestramente en el estuario sin orillas?… ¿Por qué elegiste ese destino?...Si para mí eras la única mujer que podías transformarme en otro hombre, en un ser que lograba sentir y emocionarse con tu dulzura y cariño…¿Dónde está tu menudo cuerpo de gorrión?...¿Dónde están tus labios sinceros e impetuosos?...¿Dónde están tus manos transparentes y frágiles?

 

(Se da cuenta de la mano que asoma por el bloque. Al principio se asusta y luego se compadece).

 

ENRIQUE: ¿Por qué tus manos están manchadas y sucias?...Tienes sangre en tu piel amoratada…Te juro que yo no quería que ocurriera nada malo en tu vida…Te adoraba cuando eras pequeña. Muchas veces te dije que eras la luz de mis ojos…Tus manos ahora están frías y pesan…

 

(Se asusta. Se percata que sus manos se han manchado con sangre, y trata de limpiarlas con un pañuelo que saca del bolsillo del pantalón. Otra vez, las revisa y aún las encuentra sucias; de inmediato las restriega con su saco de vestir; después intenta limpiarlas en el piso en forma desesperada).

 

ENRIQUE: Odio ver sangre. Jamás me ensucio las manos con sangre…Mis manos siempre están limpias y pulcras…

 

(Se escucha en off la voz de Rossana; canta el tema infantil “Caballito Blanco”. Enrique se esconde detrás de la masa de concreto y grita enloquecido).

 

ENRIQUE: ¡Nooo! ¡Tu voz me atormenta hasta enloquecer!… ¡No puedo resistir más tu voz martillándome la cabeza! ...¡No me hagas más sufrir!...Si quieres, despedázame en mil partes y arroja mis restos al bosque para que las devoren los lobos hambrientos... Pero no quiero ver más tu fantasmal figura rondando por las noches y lacerando mi conciencia… ¡No cantes!... ¡No quiero verte!... ¡Tú no eres mi niña!... ¡Tú no existes!... ¡Eres un fantasma!... ¡Carajo!... ¡Los fantasmas no existen!...

 

(Sigue el canto. Apagón repentino).

 

 

“Imágenes y escarmiento”

 

(La luz ilumina a Enrique. Este permanece de pie en silencio. Se siente que suena un teléfono. El hombre lo descuelga y habla).

 

ENRIQUE: ¿Sí?... ¿Qué desea Sargento?... ¡Qué bien! Así que detuvieron a otra cúpula de subversivos… ¡Felicitaciones!…Bueno, ahora haga su trabajo, no más… ¿Cómo dice?... ¿Mi hija?... ¿Qué pasa con ella?...No puede ser…Eso debe ser un error… ¿Está seguro?... ¡Mierda!... Usted sabe que esto no debe saberlo nadie. Le ordeno que mantenga la más completa reserva…Así es… ¿Cómo?... Bueno, recuerde que es mi hija…Muchacha estúpida, ¿por qué se metió con esos hijos de puta?…Mire, Martínez, dele un pequeño escarmiento para que se asuste y luego déjela en la calle…Creo que eso bastará para que no se meta más en ninguna huevada…Claro hombre…A veces, a los hijos cuando se tuercen, hay que darle un castigo y después le aseguro que caminan derechito…Sí, hombre, yo lo autorizo…Por supuesto, recuerde que es mi hija; no se le vaya a pasar la mano…De acuerdo…Me informa de inmediato cuando la deje en libertad…

 

(Enrique cuelga el teléfono y se pierde en la oscuridad con las manos atrás. Se enciende en otra área un nuevo cenital. Rossana, viste el mismo buzo blanco. El ambiente está casi vacío; solamente se divisa cuatro fotografías que cuelgan en el espacio).

 

ROSSANA: Desde niña, me gustaba sacar fotos. Esta, por ejemplo, la tomé cuando mi papá me llevó a conocer la playa. Fue un día especial para mí; en la vida había visto el mar. Nunca me imaginé lo inmenso y fuerte que podía ser… (Mira otra foto) Y esta foto es de mi enamorado… Lo nuestro fue un fracaso rotundo. Una vez intentó sobrepasarse conmigo y como yo no le permití llevar a cabo sus pretensiones se alejó de mí…La verdad jamás tuve suerte con los hombres… Yo buscaba un príncipe azul, parecido al de los cuentos de hadas, pero no existían. Entonces me dediqué a escribir poesías románticas… (Mira otra foto) Este es mi cuaderno de poemas…Lo cuidaba como oro…Mis alegrías y lágrimas quedaron registradas en esas hojas amarillas… ¿Dónde estará mi cuaderno? No sé...Tal vez se lo llevaron mis captores…

 

(Comienza a sentirse una tormenta que se aproxima. La muchacha se detiene en otra foto. La observa con curiosidad)

 

ROSSANA: ¿Y esta foto?... ¿No sé quién es esta pareja?... No me acuerdo haberla tomado…No sé por qué me resultan sus rostros familiares… ¿Quiénes serán? …

 

(Se declara la tormenta y las fotos vuelan por los aires. Apagón.)

 

(Nuevamente se da la luz al área de Enrique, quien se pasea con las manos atrás. Entra agitado a escena un hombre de gris).

 

SARGENTO: (Agitado) Permiso, señor coronel.

ENRIQUE: Adelante Martínez… ¿Qué desea?

SARGENTO: Disculpe coronel, pero no sé cómo empezar…

ENRIQUE: Sargento, empiece siempre por el principio.

SARGENTO: Sí, mi coronel.

ENRIQUE: Hable… ¿Qué pasa?

SARGENTO: (Titubea) Es sobre su hija.

ENRIQUE: ¿Qué pasa con ella?... ¿Ya la soltó?

SARGENTO: No, mi coronel.

ENRIQUE: No entiendo, ¿para qué viene?

SARGENTO: Tenemos problemas.

ENRIQUE: Hable de una vez. No le de tanta vuelta.

SARGENTO: Eeeh…Su hija no resistió…

ENRIQUE: ¿Qué no resistió?

SARGENTO: El interrogatorio.

ENRIQUE: (Alarmado) ¿Qué le ocurrió?

SARGENTO: Se nos pasó la mano…No aguantó la “picana”.

ENRIQUE: (Tenso) Por la mierda, ¿qué le pasó?...Habla. ¡Carajo!

SARGENTO: (Temeroso) Se… murió, mi coronel…

ENRIQUE: (Fuera de sí) ¿Se murió?... ¿Qué hiciste hijo de la gran puta?... ¿Qué hiciste con mi hija?

 

(Enrique toma al sargento de la chaqueta y lo lanza con violencia contra una pared)

 

SARGENTO: Perdón, mi coronel; no fue la intención matarla. Hicimos lo que usted nos ordenó: darle un escarmiento.

ENRIQUE: (Desesperado) ¡Y la mataron los muy desgraciados!

 

(Le da un puñetazo en el rostro al capitán, haciéndolo caer al piso. De inmediato lo remata con varias patadas en el cuerpo).

 

ENRIQUE: (Fuera de sí) ¡Ahora vas a ver cabrón de mierda lo que te voy hacer!

 

(Saca del cinturón su arma y le apunta a la cabeza del sargento. Después le mete el arma en la boca. Le golpea con la pistola en la cabeza. Le coloca la pistola en el trasero).

 

ENRIQUE: Aquí mismo te voy a despachar para el infierno, como un perro sarnoso…

SARGENTO: (Lloroso) Por favor, coronel, no me mate…Se lo suplico… ¡No me mate!

ENRIQUE: Debería hacer lo mismo contigo: meterte corriente en el culo, hasta achicharrártelo entero… ¡Hijo de puta!

 

(Le va a disparar, pero se frena. Da un grito salvaje de dolor y rabia. Luego se quiebra y se pone a llorar como un niño).

 

ENRIQUE: ¿Qué hicieron con mi pobre hija?... ¿Qué monstruosidad hice?... ¡Soy un asesino! ¡Un asesino!... ¡Debería matarlos a todos y luego pegarme un tiro yo también!

 

(Vuelve amenazar al capitán con su arma; el hombre tiembla en el piso. Enrique vuelve a arrepentirse de disparar. Trata de componerse).

 

ENRIQUE: ¡No!... ¡No debo quebrarme!… ¡Basta de lloriquear como un crío!... Me dan asco los hombres cobardes… ¡Ponte de pie, cabrón!…Deja de temblar; eres un soldado, igual que yo. Y los militares tenemos cojones y no tememos a la muerte…

 

SARGENTO: (Tembloroso) Coronel, fue mi culpa…Usted tiene todo el derecho a odiarme hasta la muerte…No tengo perdón de Dios…

ENRIQUE: No metas a Dios en esta huevada.

SARGENTO: Sí, mi coronel.

ENRIQUE: ¡Calla el hocico huevón!... ¡Y deja de mearte en los pantalones, maricón!

SARGENTO: Sí, mi coronel.

ENRIQUE: (Calculador) Ahora arregla toda esta cagada que hiciste…Nadie debe saber que mi hija murió aquí y por ordenes de su propio padre…

SARGENTO: ¿Qué quiere que haga?

ENRIQUE: Lo de siempre; borrar las huellas.

SARGENTO: ¿El cemento?

ENRIQUE: (Resignado) Sí, el cemento…

SARGENTO: Como usted ordene, mi coronel.

ENRIQUE: (Con ira) ¡Fuera concha de tu madre!

 

(El sargento sale rápidamente de escena).

 

ENRIQUE: (Con voz apagada) Rossana, te quise mucho, tanto como si hubieses sido hija de mi propia sangre. 

 

(Transición. Después, en una actitud fría, saca de su bolsillo otro pañuelo desechable y se limpia obsesivamente las manos. Apagón).

 

“El triunfo de la jauría”

 

(Enrique se encuentra arrastrando con dificultad la maleta en dirección a la puerta. Su vestimenta está deteriorada y su físico luce enfermo. Se escucha de fondo la obertura de la ópera)

 

ENRIQUE: Aún me queda esta maleta y con ella puedo cambiar mi destino…

 

(Abre con dificultad la maleta y descubre un trozo de bloque de concreto).

 

ENRIQUE: (Muy sorprendido) ¡No puede ser!... ¿Dónde está el oro?... ¿Dónde mierda se metió?... ¿Qué hace esta basura aquí?...Me robaron mi oro los desgraciados… ¡Mierda!

 

(Toma el pedazo de bloque y lo lanza lejos. Se agarra con las dos manos la cabeza y se tira el cabello con desesperación. Corre para abrir la puerta, pero no puede por más que insiste. Busca en su cuerpo el arma automática y no la encuentra. Su desesperación es máxima).

 

ENRIQUE: (Exasperado) ¡Mierda! ¡Quiero salir de aquí! ¡Déjenme salir! ¡Abran la puerta, mierda! ¡Quiero salir!...

 

(Golpea de manera incesante las paredes con puños y pies hasta caer exhausto al piso. Se detiene la música. Seguidamente, se  escucha la jauría de perros rabiosos que se acercan. El hombre se queda inmóvil y expectante. Luego corre e intenta esconderse detrás de la maleta. Enrique entierra su cabeza en la valija y empieza a rezar, de manera ininteligible. De improviso, entre las sombras, aparece la fantasmal figura de Rossana; viste como una adolescente; trae una fotografía en la mano).

 

ROSSANA: No te escondas…Quiero que me respondas con la verdad. ¿Quiénes son estas personas que están en esta fotografía?

 

(Le pasa la imagen a Enrique, éste la toma entre nervioso y sorprendido. El hombre mira la imagen y sus ojos se dilatan de espanto).

 

ENRIQUE: ¿De dónde la sacaste?... Es imposible que la hayas encontrado…

ROSSANA: No me has respondido… ¿Quiénes son?

ENRIQUE: No sé.

ROSSANA: Es muy extraño… ¿Por qué guardabas tan secretamente esta foto?...

ENRIQUE: ¿Qué tiene de malo guardar una foto?

ROSSANA: Explícame, ¿por qué la sonrisa de ella se parece a la mía? ¿Por qué tengo la misma nariz y boca de él?… Responde de una vez: ¿Quiénes son?...

ENRIQUE: Nadie…

 

(Le devuelve la foto a la joven).

 

ROSSANA: ¿Nadie?... ¡Mientes!

ENRIQUE: Tengo un montón de imágenes y recuerdos que más bien te pertenecen a ti.

ROSSANA: (Imperativa) ¿Estas personas tienen algo que ver conmigo?

ENRIQUE: (Habla con dificultad) Cómo explicarlo…Amelia estaba muy ilusionada. Ambos los estábamos… Queríamos tener un niño o niña; lo que fuera. Era importante para nosotros tener un descendiente; ella no podía; siempre abortaba…Es un cuento trágico…

ROSSANA: ¿Un cuento?

ENRIQUE: Sí, un cuento…Verás: El cazador mató a papá zorro y mamá zorra, y se quedó con los zorritos bebés para cuidarlos y para que nunca, nunca sean como sus papás… ¡Ya basta!...Es muy doloroso seguir el relato…

ROSSANA: No soy una niña para que me relates un cuento…Lo tengo todo claro…

ENRIQUE: Comprende, eran nuestros enemigos.

ROSSANA: Y yo soy hija de ellos, ¿no?

 

(Enrique se queda en silencio).

 

ROSSANA: ¿Sabes lo qué eres?... ¡Un asesino!... ¡Una bestia!... Y pensar que alguna vez te quise…

ENRIQUE: (Suplica) Perdóname…Por favor, perdóname

ROSSANA: (Violenta) ¡No hay perdón!... Dime, ¿quién diablo soy?

ENRIQUE: Eres una niña dulce, libre de pecados; una virgen inmaculada…

ROSSANA: ¡No soy una virgen!... Esa es una imagen debilucha que se la lleva las olas del mar… Además, nunca puede ser virgen una mujer que ha sido quebrantada, mortificada y esfumada…

ENRIQUE: Hija…

ROSSANA: (Autoritaria) ¡No me llames hija! …

ENRIQUE: (Abatido) Para mí eres mi hija y  te voy a seguir queriendo, siempre.

ROSSANA: ¡No jodas!... ¿Cuál es mi familia?... ¿En qué puta prisión nací?... ¿Dónde mierda está regada mi sangre de mis antepasados?... Han pasado muchos años y aún no tengo una identidad…

ENRIQUE: Yo te di una familia…

ROSSANA: Esa es “tu familia”, no la mía…Viví toda mi vida envuelta en una terrible mentira… La idea perversa que ustedes tenían era descomponer lo que era una familia, un ideario…

ENRIQUE: Yo pensé darte una mejor vida, pero al final ¿qué hice?: escarnecer lo único bello que existía en mi mundo.

ROSSANA: Cortaste el hilo de la vida de mis padres y luego hiciste lo mismo conmigo.

 

(Enrique queda mudo y tapa con sus manos sus oídos. Cae de rodillas al piso y comienza a desplazarse sin dirección. Se escucha en el espacio el redoble de unos tambores, parecidos al sonido de una batucada. Cambio de luz. El ambiente se torna infernal).

 

ROSSANA: ¡Bestia maldita!...Confiesa, ¿dónde están mis manos de niña?... ¿Dónde está mi cuerpo crucificado?... ¿En qué carnicería fue a parar mi corazón?... ¿En qué vertedero quedaron mis sueños?... ¿En cuál horno se chamuscaron mis deseos?... ¿En qué acantilado quedaron los huesos de mis padres?... ¿En qué mar están sumergido mis sueños?... ¿Quién robó mi historia?... Probablemente, mis poemas se convirtieron en grises cenizas que se los llevó los remolinos del desierto… ¡Oh! ¡Dios!  ¡Tengo la sangre llena de odio!

 

(Se siente una descarga eléctrica en el espacio y unos resplandores rápidos. Se escucha el llanto de un bebé. El hombre cambia de actitud, ahora se le ve inyectado sus ojos en odio).

 

ROSSANA: (Con voz de niña) ¡Quiero a mi mamá!... ¡Quiero a mi mamá!...

ENRIQUE: ¡De una vez por todas hagan callar a esa puta y tráiganme al bebé!

ROSSANA: (Lanza un grito) ¡Mamá!

ENRIQUE: ¡No repitas más esa inmunda palabra!

ROSSANA: Ninguno de ustedes son mis padres.

ENRIQUE: Eres una desgraciada. Si no fuera por mí, hubieras terminado en un zanjón…

 

(La joven cambia su actitud; es otra mujer. Ahora es perversamente provocativa).

 

ROSSANA: Contempla, mi cuerpo está impecable; no tengo sangre… ¿Por qué no dejas que tus manos limpias y pulcras lo manoseen?

ENRIQUE: ¡Calla puta del diablo!...

ROSSANA: Acaricia mis cabellos arrancados a cuajos…Palpa mi piel lívida…

ENRIQUE: ¡Ordeno que arranquen tus senos y se lo den de comer a los perros!

ROSSANA: Succiona mis pechos muertos…Pasa tus pequeñas manos por mi vagina profanada… ¿Acaso no te gusto como mujer?… (Con rabia) ¡Perro bastardo muerde mi vagina!

 

(El hombre siente un fuerte dolor en el pecho. Se escucha lejana una jauría de perros).

 

ENRIQUE: (Llora) ¡Basta! ¡En este mundo ninguno puede ser juez, porque nadie es inocente!

ROSSANA: Fui tu botín de guerra (Le escupe)…Tu llanto cínico quema mis entrañas y desgarra mis venas (Le vuelve a escupir).

ENRIQUE: (Delira) ¡Tú estás muerta!... Tu cuerpo está despedazado en el lecho del río… No puedes hacer nada contra mí. Nadie puede vencerme…Yo soy un héroe; un ser invencible que sólo le falta la luna…

ROSSANA: Estás demente; siempre lo estuviste…Yo no existo para ti…Nada existe, ni siquiera tú poder…Ahora, estás sepultado en tu bunker, en tu propia cárcel…Nadie te va ayudar a salir de este encierro eterno… No tienes derecho ni a la muerte, porque ella es muy bella para ti.

 

(Se siente la jauría de perros rabiosos que están más cerca. Enrique, exasperado, se precipita hacia la puerta e intenta abrirla, pero no puede. Impotente entierra sus uñas en la madera. Un resplandor potente ilumina el ambiente. Acto seguido, un estruendo lejano se siente en el espacio. El hombre, como si hubiera sido alcanzado por una ráfaga eléctrica, comienza a desvanecerse lentamente hasta quedar inerte en el suelo. Un hilo de sangre se desliza por sus manos)

 

ENRIQUE: (Moribundo) ¡Es la inocencia que prepara su triunfo!... ¿Por qué no estaré en su lugar?... Pero no importa que hoy venza, porque nada es eterno…No tengo miedo, porque yo soy el mismo Dios…

 

(El semblante de la joven ahora luce cristalino, sereno y cándido. Con la fotografía pegada a su pecho, mira tranquilamente hacia el cielo y musita “Caballito Blanco”. La jauría de perros es fuerte. La luz en resistencia).

 

 

 

TELON

 

 

 

 

 

 

 

 

Entre invierno y primavera del dos mil once…

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publicado por goliath a las 16:14 · Sin comentarios  ·  Recomendar
 
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